El declive del uribismo y de las Farc en Caquetá

¿Cómo se materializa lo pactado en los textos de La Habana? Este es el caso de Caquetá, antigua retaguardia guerrillera y reciente bastión uribista. Mirada al posacuerdo.

La FARC no recogió toda la votación de organizaciones campesinas en las pasadas  elecciones regionales.
La FARC no recogió toda la votación de organizaciones campesinas en las pasadas elecciones regionales.AFP

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Las elecciones locales del pasado mes de octubre son las primeras de alcaldes y gobernadores después de la firma del Acuerdo. El resultado más visible en Caquetá fue la derrota del uribismo. El Centro Democrático perdió las dos alcaldías que tenía y que correspondían a los dos municipios más grandes del departamento: Florencia y San Vicente del Caguán. Además de esas dos alcaldías, los candidatos presidenciales del uribismo habían salido victoriosos en Caquetá desde 2002 y su representante a la Cámara había triunfado en 2018. Todo esto le ha valido a Caquetá ser considerado un departamento uribista.

Sin embargo, la experiencia en San Vicente del Caguán no parece contar con mucho arraigo. El triunfo del uribismo en la Alcaldía de San Vicente en 2015 no fue holgado. De hecho, tuvo menor votación que los sectores de izquierda sumados, y su votación al Concejo no alcanzó un 3 % ante una mayoría del Polo Democrático, que obtuvo el 20 % de los votos.

En las elecciones del pasado octubre, el candidato uribista a la Alcaldía sacó un 20 % y fue derrotado por una coalición entre el Partido Liberal, la ASI, la U y Cambio Radical, que obtuvo casi el 60 % de los votos. Además, la lista del Centro Democrático al Concejo obtuvo apenas 1.075, por detrás de las listas de los liberales, el Partido de la U, el Partido Verde, el Polo y Cambio Radical. ¿A dónde se fue el uribismo en San Vicente? 

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Cicery y Gasca: ¿poderes del posacuerdo?

En Florencia, el uribismo también disminuyó su votación al Concejo y perdió la Alcaldía, derrotado por el candidato de los verdes, Luis Antonio Ruiz Cicery. En sus campañas anteriores, este obtuvo una alta votación en sectores rurales con antecedentes de organización campesina, como Cartagena y Montañita. También había recibido el apoyo de la Unión Patriótica y el Partido Comunista, y tenía un discurso favorable a los Acuerdos de La Habana. Además de la izquierda, Cicery había pactado acuerdos con Arnulfo Gasca, un ganadero de origen conservador. ¿Puede considerarse a Cicery como un poder político del posacuerdo?

Junto a Cicery, la otra novedad fue el triunfo de Arnulfo Gasca a la Gobernación. Gasca es un ganadero rico que consolidó su fortuna en las épocas de mayor violencia y auge del narcotráfico en Caquetá y que se ve cercano al pueblo. Gasca aglutina a los sectores más diversos del espectro político: pertenece al Partido Conservador y nunca ha tenido un conflicto público con la FARC; en municipios como Montañita, de trayectoria de organización campesina de izquierda, obtuvo casi el 70 % de la votación y triunfó en San Vicente del Caguán, un municipio tradicionalmente liberal. Gasca sostiene que siempre ha apoyado la paz, porque Caquetá ha sido víctima del flagelo de la guerra por muchos años. En las últimas elecciones aglutinó a la izquierda y a la derecha.

Este se podría entender, al igual que Cicery, como una figura del posacuerdo. Sin embargo, lo paradójico del asunto es que el primer aval que Arnulfo Gasca pidió para estas elecciones, y que no obtuvo, fue el del uribismo. ¿Pudo haber ganado el uribismo la Gobernación de Caquetá? ¿Pudo haber ganado Gasca la Gobernación de Caquetá con el aval del Centro Democrático? ¿Se hubiera ratificado que Caquetá era uribista? ¿Qué significa que una región sea uribista o no? ¿Es posible que el uribismo sea un elemento más de la política tradicional con el añadido de un discurso contrainsurgente y que ya que la insurgencia no está, las aguas vuelvan al redil y lo que sigue operando sea el juego político tradicional?

La experiencia de la FARC en el posacuerdo

Las elecciones también confirman el lugar actual de la FARC. En Caquetá hay territorios con una histórica trayectoria de organización campesina que coincidieron con tener una fuerte presencia de las Farc durante muchas décadas. Sin embargo, ahora que hay votaciones y que la FARC puede participar de forma legal, la votación de izquierda se quedó en partidos como el Polo Democrático, que no hizo alianzas con este partido.

La histórica organización campesina en Montañita dio para que sectores de izquierda tuvieran varias listas y no fueran minoría. La independencia entre la lista de la FARC, la del Polo y la de Colombia Humana-Up da cuenta de lo simplista que fue en su momento atribuir la organización campesina en Montañita a una presencia de las Farc en el territorio. Las redes que se asumía que tenía las Farc previamente tienen que volver a ser construidas ahora en un nuevo escenario sin conflicto armado. Por su parte, la organización campesina de Montañita logró poner en la Asamblea Departamental a un líder de sustitución de cultivos ilícitos, Balvino Polo, que trabaja por la implementación del Acuerdo de Paz y que se presentó por el Polo Democrático. 

En contraste con Montañita, donde la izquierda sigue disputando el poder local, en San Vicente del Caguán el fin del conflicto armado con las Farc ha coincidido paradójicamente con el declive del poder de la izquierda. No solo la FARC tuvo solo 211 votos al Concejo, sino el Polo ha estado en declive en las últimas elecciones. 
Si bien el Acuerdo de La Habana aún no ha sido llevado a cabo totalmente, los efectos más inmediatos: la dejación de armas de las Farc y el fin de la guerra contrainsurgente ya parecen dejar dos resultados a simple vista paradójicos: la pérdida de poder de la FARC y del uribismo. Aunque, como decía Juan Fernando Cristo en una conferencia, “en la política no hay cadáveres”, ambas fuerzas políticas deben reconstruirse en un escenario de paz si quieren sobrevivir.

*Estudiante del doctorado en historia en la Freie Universität de Berlin y analista de Razón Pública.

Esta publicación es posible gracias a una alianza entre El Espectador y Razón Pública. Lea el artículo original aquí. 

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Alejandra Ciro*

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