Una época entre el miedo y la valentía

En Medellín todo era tan normal...

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Donde quedaba el edificio Mónaco de Pablo Escobar se inauguró Inflexión, el primer parque en honor a las víctimas de la violencia. Con motivo de ese evento, el director de El Espectador escribió este texto, que rescata la memoria de la capital antioqueña y del periódico fundado allí y perseguido por el narcoterrorismo.

A Medellín la empecé a conocer, y a querer, de manera muy normal. Once o doce años tendría cuando en la piscina de un hotel de paso en La Pintada terminé haciendo nuevos amigos que a los pocos meses me alojaban en su casa del barrio Prado, durante las semanas que duraron los Juegos Centroamericanos y del Caribe en la ciudad. (Lea más sobre el parte Inflexión).

Ahí estuve con ellos en la tribuna oriental norte del Atanasio Girardot, aprendiendo de rebeldía paisa, que también era normal, con una rechifla interminable, mientras el presidente Alfonso López Michelsen intentaba, sin suerte, comenzar su discurso de inauguración de los juegos. Después regresé muchas veces a Medellín.

Alguna vez recuerdo que me hospedé en el propio hotel Nutibara, en un centro menos hosco que ahora, antes de subir hasta San Pedro de los Milagros en busca de los primeros pasos de don Fidel Cano Gutiérrez, el fundador de El Espectador. Allí, en la casa donde nació, a un costado de la plaza principal, por lo que recuerdo, funcionaba un colegio donde una joven, amable y lúcida rectora nos mostró los pocos recuerdos de don Fidel que se conservaban en el pueblo.

Me gustaba pasar en Medellín mis vacaciones desde entonces, arrimado en hogares de amigos o familiares ya lejanos. Era como sentirse en casa. No he encontrado en ninguna parte del mundo, en los ya muchos años posteriores, una hospitalidad similar. A donde uno llegaba, sin conocer a nadie, lo hacían sentir un viejo amigo. Todo era fácil, todo era normal.

Me sorprendía mucho, y era grato, que en toda reunión había una guitarra que rotaba por muchas manos listas a rasgar notas y cantar, más que nada boleros y baladas. Todo entremezclado con conversaciones de la vida, de literatura, de política, confrontaciones ideológicas profundas sobre la Iglesia, la educación o las fuerzas militares.

De la violencia también se hablaba, claro, siempre la violencia. No fue toda la Medellín que experimenté en esos años de vacaciones repetidas en la ciudad, lo sé. Eran vivencias de clases acomodadas. Pero esas personas que me iba topando por aquí y por allá eran en esencia trabajadoras, decentes, sofisticadas intelectualmente, preocupadas por el país y sus gentes…

Era todo normal, muy normal. En una de las últimas vacaciones que pasé en Medellín, sin embargo, la normalidad comenzó a transformarse. En la madrugada, como era costumbre, bajo la puerta de la casa de los amigos donde me estaba quedando se deslizó El Colombiano, y en su primera página me llamó la atención un aviso cuyo encabezado decía en letras mayúsculas: “RECOMPENSA”. “La familia Ochoa Vásquez”, se leía después y ese apellido poco me decía entonces, “informa que no está dispuesta a negociar con los secuestradores del M-19 que mantienen cautiva a la señora Martha Nieves Ochoa de Yepes. Que no pagará dinero por su rescate y que por el contrario ofrece la suma de 25 millones de pesos a cualquier ciudadano que suministre informes sobre su paradero. Los informes pueden darse al teléfono 305151 y se garantiza absoluta reserva”.

No era un aviso normal. Mucho menos que volviera a aparecer en la primera página del mismo diario al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… Por esos días subimos La Loma, como era costumbre también, hasta la casa campestre de algún amigo de los amigos. La guitarra y el aguardiente seguían presentes, pero la conversación era diferente, no lucía natural. Ya no hablaban de la vida, ni de literatura, ni discutían sobre ideas políticas duras.

Esta vez el aviso aquel era motivo de discordia. Unos, que sí sabían quiénes eran los Ochoa Vásquez, se declaraban indignados con ese aviso omnipresente y aceptado sin reticencias. Otros, que les importaba poco quiénes eran los Ochoa, excusaban el atrevimiento con el drama humano del secuestro de un familiar. Unos más, que también sabían quiénes eran los Ochoa, daban cátedra sobre para qué sirven el dinero y el poder, ni más faltaba. Algunos más rebeldes intuían lo que se anunciaba detrás de aquel aviso: ¿dónde ha quedado el Estado? Es la justicia por mano propia, la supresión de las instituciones por el dinero, es, más o menos, lo que recuerdo que decían.

Más que gente normal en una discusión diferente, lo que recuerdo haber percibido fue una nueva normalidad en formación. Ya no se trataba de visiones diferentes sobre problemas comunes, ni ideologías fuertes irreconciliables (por las que se habían matado también, eso no hay que olvidarlo), sino una radical división frente a preguntas éticas fundamentales y, a la vez, una suerte de relativización de las mismas.

No fueron tan divertidas esas vacaciones en Medellín. Ya sobre El Espectador empezaban las presiones por advertir la amenaza que para el país representaba la emergencia del poder corruptor y violento del narcotráfico. La normalidad de un periódico y unos periodistas investigando y opinando parecía molestar de nuevas maneras a los poderosos. En Bogotá, los viejos lucían inquietos y esa normalidad en transformación que había sentido en Medellín contrastaba con la decisión de ir hasta el final en la denuncia que escuchaba de ellos.

Las siguientes vacaciones creo que fueron las últimas que pasé en serio en Medellín. Hospedado en una hermosa casa de amigos en las montañas de El Poblado, todavía boscosas y llenas de quebradas cristalinas bajando por sus laderas, una noche de repente el cielo se iluminó como si hubiera amanecido. “Ah, el estadio. El mafioso tiene invitados”, dijo alguno de los anfitriones. En pocos minutos salimos a “novelear” por la transversal Superior, aún en construcción, hasta una entrada ampulosa donde, al lado y a la vista, sí había un estadio pequeño de fútbol con unos reflectores que ya quisiera tener entonces el Atanasio.

En Medellín ya nada era normal, y a la vez todo parecía muy normal. Esta vez la noche bohemia en alguna casita rural se había transformado. El dueño contaba con ilusión que un nuevo rico, de esos que comenzaban a reproducirse, se había enamorado del terreno del vecino y este se lo había vendido en una suma astronómica. La belleza de mujeres como Lina María, un amor platónico apenas epistolar que también me alentaba entonces a ir a Medellín, no era el patrón natural de las siempre hermosas paisas, sino que comenzaba a asomar las formas postizas en busca de una pretendida perfección. Alucinamiento con la novedad y admiración al dinero y su poder comenzaban a permearlo todo.

No volví a Medellín por un buen tiempo. La nueva normalidad no me pareció divertida. Antes bien, mi relación en adelante con Medellín se comenzó a tornar agresiva. Ya por entonces don Guillermo Cano, el tío querido y admirado, había plantado en sus escritos las advertencias sobre la amenaza que representaba este poder oscuro que emergía en el país y a la mayoría le parecía normal, a lo sumo exótico. Don Guillermo había cortado también, con simple olfato periodístico como única arma, el camino triunfante que llevaba Pablo Escobar en la política, cuando desempolvó de los archivos de El Espectador, y republicó, una vieja historia de vinculación clara del entonces congresista Escobar con un cargamento de drogas ilícitas, y luego encontró, y publicó, que el expediente había desaparecido y los agentes que habían detenido a Escobar estaban muertos.

Escobar tuvo que renunciar a su curul en el Congreso de la República, perdió su inmunidad parlamentaria y se fue a la clandestinidad para siempre. Nunca se lo perdonó a Guillermo Cano ni a El Espectador. Siempre había sido normal que a un periodista independiente se le atacara e intentara silenciar mediante leyes de prensa, asfixia económica o excomuniones, como lo vivió El Espectador desde su propio nacimiento allí en una casucha de la calle del Codo en el centro de Medellín. Ahora, empero, empezaba a ser normal que el silenciamiento llegara en forma de asesinato. Las noticias desde Medellín siguieron siendo crueles.

A Guillermo Cano Isaza lo asesinaron los jefes del cartel de Medellín, pero la ciudad decente que quedaba y se mantenía erguida quiso honrar la memoria de uno de sus hijos más valiosos, que lo es. Sin embargo, el busto elaborado por el maestro Rodrigo Arenas Betancourt, que se ubicó en el parque Bolívar para celebrar la vida de Guillermo Cano, fue dinamitado el 4 de mayo de 1987. El maestro Arenas lo reconstruyó indignado y se colocó de nuevo en el mismo sitio, pero en diciembre de ese mismo año volvió a ser destruido con una fuerte carga explosiva.

Al “doctor” no le bastaba la muerte física como venganza. La normalización de un país arrinconado por el poder pasajero, pero intimidante, de la violencia, y otro anhelante de ese poder producto del enriquecimiento descomunal y rápido a cualquier costo destrozó lo que nos permitía ser una comunidad. En lo personal, mi relación con Medellín fue una de desamor en esos años. Las historias que me llegaban desde la ciudad en que pasé años tan felices no eran más las alegres o retadoras intelectualmente que tanto me atraían. Ahora eran cuentos sombríos de opulencia o de muerte.

La ciudad donde nació El Espectador ahora estaba prohibida para él. A la quema de sus ediciones, publicaciones de panfletos atacando su credibilidad y discursos públicos difamando sus investigaciones siguió una persecución implacable. La mañana del 10 de octubre de 1989 asesinaron en el lapso de un par de horas a Miguel Soler, gerente de circulación, y Martha Luz López, gerente administrativa del periódico en Medellín. Después, en abril de 1990, Hernando Tavera, quien había llegado a mantener la operación funcionando, también fue asesinado y El Espectador tuvo que abandonar la circulación en la ciudad. Las oficinas se cerraron y el equipo periodístico, encabezado por Carlos Mario Correa, continuó trabajando en la clandestinidad.

Era la normalidad de entonces: los bandidos a sus anchas y los trabajadores honestos y transparentes en la clandestinidad. Pero así, en la clandestinidad, estuvo siempre durante esos años oscuros esa otra Medellín que no se atrevía, o no dejaban, asomar. La de Carlos Mario y la de tantos otros que siguieron creyendo en los principios de siempre, en la normalidad real y no la impuesta por el poder, y sobrevivieron… La de ese grupo que, por ejemplo, cuando El Espectador se vio obligado a abandonar la circulación en Antioquia, sacaba fotocopias del Magazín Dominical que les mandaban por correo y sin referencia alguna desde Bogotá y luego las repartían masivamente, pero a escondidas, por toda la ciudad.

Esa es, claro, la ciudad que te enamora y te conquista. Los destrozos de esa época todavía se sienten en la sociedad, en el país entero, en Medellín también. Pero las flores siguen brotando entre la maleza y la van cubriendo. Debemos seguir trabajando para controlar esa maleza y que lo que siempre fue tan normal vuelva a la normalidad de siempre. 

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