La historia de Anderssen Morales, el líder de las víctimas LGBT de la guerra

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Vivió dos desplazamientos y la desaparición de dos hermanos, además de la discriminación por su orientación sexual. Hoy trabaja en la Mesa Nacional de Víctimas para mostrar las afectaciones de esta población en el conflicto armado.

Anderssen Morales es un líder de la comunidad de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (LGBT) que poco le gusta la celebración del orgullo de esta diversidad, llena de carnavales y festín. Y no es que no crea que sea necesaria la conmemoración, pues considera importante la reivindicación de sus derechos; sino porque todo el tiempo se pregunta en el cómo y el por qué. Cada junio prefiere salir con sus pancartas a las calles a reclamarle al Estado y a la sociedad un lugar visible, un espacio digno para la comunidad que representa y, particularmente, a quienes dentro de ella han vivido el conflicto armado: “Nos sentimos solos y solas, ¿qué hay que celebrar?”.

Anderssen ha sido, en varios periodos, coordinador de la Mesa Distrital de Víctimas. Aunque representa a la comunidad LGBT, dice que su deber es apoyar todas las causas, porque la guerra fue una. Aunque siempre tiene claro que su papel es mostrar cómo fueron afectadas las personas con diferentes orientaciones e identidades sexuales en el conflicto armado y cómo hoy, después del Acuerdo de Paz, siguen siendo vulneradas.

A Anderssen David Morales la guerra lo ha acompañado siempre. A sus 34 años ha tenido que lidiar con dos desplazamientos de su natal Tolima a Bogotá por amenazas de la extinta guerrilla de las Farc y los paramilitares, y la desaparición de tres de sus doce hermanos. A uno, dice la gente, lo asesinaron en medio de su huida para evitar el reclutamiento. A los otros dos no los volvió a ver, después de que los paramilitares llegaran a su pueblo, Ataco (Tolima). Algunos advierten que los mataron y otros, que cayeron al río en medio de la persecución.

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La primera vez que llegó a Bogotá fue después de una toma guerrillera. La situación era insostenible. Su familia, al igual que otras decenas más, fue estigmatizada de auspiciar a la guerrilla. Muy cerca de Ataco queda Marquetalia, donde nacieron y fue permanente la presencia de las Farc. “No era nuestra culpa que llegaran los camiones a abastecer el pueblo y justo llegaba la guerrilla. Se llevaban todo y dejaban al resto sin comida. El Ejército nos decía que nosotros hacíamos parte, pero eso no era cierto”, cuenta Anderssen.

La capital, como sucede la mayoría de las veces con las víctimas, fue hostil: “Nos tocaba dormir en la calle esperando las ayudas”. Encontrar trabajo y una vivienda digna también fue difícil, así que después de tanto remar contracorriente, decidieron volver al Tolima. Anderssen asegura que para ese momento pensaban que la situación ya estaba mejor.

Pero en 2008 aún la violencia y la presencia de las Farc era permanente. Ya no estaban solo en las zonas rurales, sino también en los pequeños centros poblados con la etiqueta de milicianos. Aún así, decidieron quedarse y, junto con otros campesinos, emprender un proyecto de piscicultura. Consiguieron ayudas y el negocio estaba casi listo. El Estado les ayudaría con un gran monto para arrancar. “Los papeles llegaron al pueblo, y varios se enteraron, entre ellos, los milicianos. Nos pidieron que les diéramos 80 de los 120 millones que recaudamos varios. Imposible seguir así. Nos empezaron a amenazar y nos tocó volver a irnos”, relata Anderssen.

La segunda estadía en Bogotá fue más fácil. O quizá, advierte, llegaron con más fuerzas. Se dieron cuenta de que no eran los únicos desplazados del departamento y que todos, todos, necesitaban exigir una respuesta del Estado. Fue así como se organizaron en la Asociación Nacional de Víctimas de Desplazamiento del Tolima. En ese momento, Anderssen se acercó al liderazgo social y entendió la importancia de una colectividad. Su cara era cada vez más visible y sus ansias de mejorar la calidad de vida de sus coterráneos aumentaron.

Aunque Anderssen ha tendido la mano a quien ha podido, hubo un caso que le removió las entrañas y le mostró que se sentía más cómodo en la lucha LGBT: un amigo suyo del barrio era maltratado por su familia lejana por el hecho de ser homosexual. Estaba solo en la capital y la única opción que tenía era trabajar con un tío en una panadería, donde ni siquiera le pagaban un sueldo: “Lo animé a irse a de ahí. Le pedí a mi mamá que le abriéramos las puertas de la casa y lo dejáramos estar con nosotros. No podía seguir siendo maltratado y menos por quien es. Se aprovechaban y eso me daba mucha rabia. Ella aceptó”.

No negocia ningún caso de maltrato ni de vulnerabilidad. Cuando Anderssen le contó a su familia que era homosexual tuvo que enfrentarse a muchas discusiones y distanciamientos dolorosos. Su madre, por ejemplo, no le habló durante tres meses, aún cuando, dice, “era el consentido”. Anderssen entendió que ella era una mujer de campo, tradicional, conservadora y que necesitaba su tiempo para asimilarlo. Eso sí, nunca pensó negar su orientación para una posible aceptación. Por eso, desde ese momento, se comprometió con la lucha contra la discriminación.

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Sin esperarlo ni aspirarlo, le propusieron ser parte de la Mesa Distrital de Víctimas. Esta vez no para liderar procesos desde un enfoque territorial, sino desde la comunidad LGBT. Él, a pesar de las miradas de sus compañeros y compañeras del Tolima, se inscribió. Al poco tiempo fue la votación en la Personería y asegura que cuando menos lo pensó era un representante. “Con el tiempo creo que me gané la admiración de la gente. Se dieron cuenta que ser homosexual no me limitaba en mis capacidades. Parece algo obvio, pero a las maricas nos toca así, hasta explicarles eso a los demás”, cuenta entre risas.

Y con esa misma actitud encantadora, pero no por eso menos fuerte, se tomó varios espacios y puso sobre la mesa las afectaciones de su comunidad en la guerra. De acuerdo con el Registro Único de Víctimas, en Colombia hay al menos 1.818 víctimas LGBT que han tenido que vivir desplazamientos, amenazas, delitos contra la libertad y la integridad sexual, homicidios, actos terroristas, atentados, combates u hostigamientos, pérdidas de bienes muebles o inmuebles, torturas, desapariciones forzadas y secuestros.

“Y a eso hay que agregarle la estigmatización y el rechazo de la sociedad y de la familia. Sobre todo en las zonas rurales echaban a la gente porque, por ejemplo, los paramilitares y los guerrilleros decían que en los pueblos no se iban a aceptar maricas”, agrega Anderssen. Y lo sabe muy bien porque su hermano menor fue desplazado por las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) por ser también homosexual.

Las personas LGBT, concuerda la Corporación Caribe Afirmativo en su informe Nosotras Resistimos, “son víctimas de formas diferenciadas de violencia en razón de su orientación sexual, identidad de género y/o expresión de género diversa en la cotidianidad. Sin embargo, en el conflicto armado estas violencias se exacerbaron. Los actores armados legales e ilegales no solo les dieron formas particularmente crueles y degradantes; también las perpetraron de manera sistemática”.

Todas esas violencias fueron silenciadas “por las armas, la normalización y la profunda irreflexión social sobre el tema”. Por eso ahora las víctimas, como Andersson, exigen que las escuchen, las reparen y la sociedad se comprometa a la no repetición, pues aún sufren victimizaciones.

Los discursos de Anderssen siempre han estado encaminados a resaltar a la población víctima LGBT que, expresa, sigue siendo la más excluida dentro de los censos, subsidios y políticas públicas del país. Actualmente, es representante nacional en la Mesa Nacional de Participación Efectiva de Víctimas por el enfoque LGBTI y su trabajo está encaminado a que el Gobierno Nacional implemente el decreto 762 de 2018, en el que adopta la política pública para la garantía de los derechos de las personas LGBT: “Llevamos dos años sin plan de acción que nos ayuden a ejecutar acciones, programas y proyectos a favor de nuestra población. Hasta ahora no nos hemos sentidos incluidos”. También lucha para que las personas se reconozcan a sí mismas como LGBT sin temor a repercusiones.

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Sabe que no es fácil y que la discriminación está en cada paso que da: “La vemos todos los días, hasta en las autoridades que deberían protegernos sólo nos agreden. Mire lo que pasó con las chicas de la Red Comunitaria Trans. La Policía las golpeó y les dispararon en sus implantes. Nos siguen viendo como seres inferiores”. De hecho, resalta que las afectaciones incrementan cuando son víctimas del conflicto: “La sociedad se va encima suyo si es LGBT, pero la situación es peor cuando es LGBT, víctima y, además, es negro o indígena”.

Dice que les cierran las puertas por el estigma de haber vivido la guerra. Dice que aún hay quienes rechazan por sentir, tener gustos y amar diferente. Dice que hay desconocimiento y por eso temor y agresividad: “La gente ni siquiera sabe las diferencias entre género, identidad o orientación. Nos falta educarnos en el respeto”. Dice que hoy la mayoría de las víctimas del conflicto que pertenecen a la población LGBT no cuentan con trabajos estables, viviendas, proyectos de vida, garantías de seguridad ni una reparación de acuerdo con las horrores que vivieron.

Por estas denuncias, como miles de líderes en el país, ha sido amenazado. El último hostigamiento sucedió justo antes de la pandemia. Tuvo que desplazarse de una localidad a otra por seguridad. Advierte que las amenazas, incluso estando en Bogotá, son frecuentes y cree que se debe a que incomoda y denuncia las arbitrariedades en contra de la población LGBT. A pesar de esta situación dice que continuará con su labor y, aunque no puede salir a la calle por culpa de la pandemia, defenderá desde los espacios virtuales el espacio que esta población merece.

 

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