“Los jóvenes no ven futuro en el mundo que dejamos”: John Paul Lederach

Una visión de este académico y experto en procesos de negociación y participación de la sociedad civil en la resolución de conflictos sobre el momento de convulsión social que vive el país.

John Paul Lederach es uno de los conferencistas principales del XII Congreso Mundial de Medicación y Cultura de Paz. Cristian Garavito

El académico y experto en procesos de negociación y participación de la sociedad civil en la resolución de conflictos, John Paul Lederach, visita con cierta frecuencia el país, pero esta semana coincidió con el paro nacional de este 4 de diciembre. Su cercanía y conocimiento de los procesos ciudadanos en Colombia le permitieron dar su visión sobre lo ocurre en estos momentos de convulsión social.   

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¿Cómo observa la situación de Colombia en este momento de movilización ciudadana y de intentos del gobierno por establecer conversaciones con diversos sectores de la sociedad?

Tengo entendido que se crearon algunos espacios y empiezan a definirse las mesas. Me imagino que sobre la marcha veremos que esos procesos logren una dinámica constructiva. A nivel mundial hay bastantes movimientos ciudadanos, con contextos y por motivos distintos, pero hay unas características comunes y desafiantes. Son agrupaciones de personas que tienen frustraciones que son distintas, pero tienen a veces uno o dos temas en los que coinciden. Eso significa un reto para definirlos dentro de los modelos típicos de representación que conocemos, van a tener grandes retos para organizarse.

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¿Cómo organizar esa masa tan diversa de grupos e intereses?

Erica Chenoweth y Maria Stephan, autoras de “Por qué funciona la resistencia civil” (Why Civil Resistance Works: The Strategic Logic of Nonviolent Conflict), las más citadas de los que estudian estos fenómenos, señalan que hay que diferenciar entre la capacidad de movilizar y la capacidad de organizar. Organizar un conjunto de grupos es un desafío para determinar cuál es el modelo que puede representar las distintas perspectivas que se agrupan, con quién quieren hablar y sobre qué. Son los procesos típicos de la prenegociación, en los que deben darse dos cosas: una es tener claridad sobre el tipo de proceso, el marco y la agenda. Y, segundo, se debe hacer una preparación psicoemocional para entender lo que significa que yo tendré que sentarme con la persona que siento que me causa daño o que percibo como mi enemigo.

¿Y el tema de la representatividad?

Ese siempre ha sido un tema complicado y más en movilizaciones sociales tan amplias. Es lo que llamaría la fragilidad del modelo de representación. ¿Quién representa a quién? Esto significa que se deben construir nuevos modelos. En mi opinión, los modelos históricos de mediación y negociación no pueden depender de antiguos paradigmas de diálogo, tendrán que buscar algo más creativo que haga frente a esto que surge como una frustración política, social, económica y que se traduce en buscar cómo mejorar la vida, decir que hay cosas que no van bien. Debe haber un diálogo que implique acciones que cambien las cosas que son las fuentes del malestar social general.

¿Cómo entender esa amalgama de jóvenes y de personas tan diversas que salieron a unirse a un paro convocado inicialmente por centrales obreras?

Este momento revela varias cosas: el punto principal es que la opción de los jóvenes no es violenta y eso lo comparten muchos sectores. Esta opción se dio porque el acuerdo de paz abrió espacios de participación sin violencia, siempre hay casos aislados de provocación o de vandalismo, pero son una minoría. Hay una segunda revelación: la participación significa tener voz. Revisemos las cifras del plebiscito: a favor votó un 49% y un 50 % en contra. Es una diferencia marginal, pero casi dos tercios del país no votó, lo que nos indica que hubo una apatía en ese momento, la gente no tenía clara la importancia del acuerdo de paz y no participó. Ahora, en 2019, creo que hemos pasado de la apatía al apetito. El apetito de la gente que quiere participar y decir “esto no va bien y hay que cambiarlo, la vida se puede mejorar”.

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¿Cómo debería reaccionar el gobierno ante este escenario?

Yo veo bastante esperanza: hay una opción no violenta. Este afán de participación demanda del mundo político una forma de integrar que quizás en el pasado no ha tenido, este momento no permitirá hacer la política de siempre. Para muchos sectores esto se remonta a cuestiones que son cotidianas, de sobrevivencia. Pocas veces podemos observar lo que se ve en Colombia, aquí las exigencias son concretas, tienen que ver con educación, con el salario, tiene mucho que ver con la sencilla idea de que una vida digna vale la pena.

¿Este proceso obedeció a que sin las Farc armadas produciendo hechos violentos, la gente pudo salir a protestar por los problemas más cotidianos?

Yo creo que el acuerdo de paz despertó al gigante: la apatía. El acuerdo les dijo a los ciudadanos que sí se puede hacer algo y depende de ustedes, no solo del gobierno. Mucho del acuerdo tiene que ver con la participación política y eso suscitó la idea de que puede crearse un país distinto. No hay duda de que esa expectativa se despierta por el Acuerdo, que además contiene varias disposiciones concretas sobre la protección a la protesta social y las garantías de diálogo.

¿Usted cree, como muchos, que esto que pasa en Colombia es producto del contagio de lo que sucede en Chile o Bolivia?

Puede que se contagie, pero el virus sale de abajo hacia arriba. Es cierto que la gente se comunica, pero la raíz de ese virus no es lo que pasó en otros países, es lo que está pasando aquí. La frustración es porque los modelos de política no han correspondido a las necesidades diarias de la gente. De ahí sale la queja.

¿Qué pasa con los jóvenes latinoamericanos?

En Colombia los jóvenes representan una tercera parte de la población y se sienten excluidos de los procesos de toma de decisiones; no ven futuro en lo que nosotros les hemos dejado. Su queja es: “oye viejo, asume la responsabilidad de una vez y escúchanos”. Es un porcentaje importante que se radicaliza mucho porque tiene poco acceso, por ejemplo, a la educación. Y no es solo el acceso al aula, es jugar con la sobrevivencia diaria del estudiante.

¿Qué hacer entonces?

No debe haber organización, proceso ni panel donde estén por lo menos la mitad de mujeres y la otra mitad gente joven menor de 30 años. Si uno ve las innovaciones tecnológicas, artísticas, sociales, en gran parte se forjan cuando la gente entre está entre 25 y 35, es una riqueza enorme.

¿Cómo romper el círculo vicioso en el que los líderes del paro dicen que el diálogo que propone el gobierno es estéril y del gobierno que dice que no negociará, sino que explicará sus políticas?

Hay que revisar el modelo antiguo de la forma de representación en la mesa, pueda que siga, pero tiene que complementarse con nuevas fórmulas de interacción. Es la capacidad de circular la información de manera constante y más cuando hay agendas tan distintas. Y no se trata solo de hacerlo en redes sociales, estoy hablando de circularla de manera física, con conversaciones cara a cara. Hay que tejer algo que no existe. Lo más difícil cuando todo está polarizado es humanizar, es escuchar para entender, buscar juntos las propuestas que mejoren lo que hay. En la bulla, creamos demonios, oímos para defendemos, no para entender al otro; demandamos, pero no construimos conjuntamente. Hay que construir relatos para crear confianza, y la confianza viene del comportamiento y la acción no de las palabras ni de las promesas.

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Un mensaje final para estos momentos de convulsión.

Veo un momento de esperanza, creo que el simple hecho de pasar de la apatía al apetito de participar es bueno para el futuro del país. El gran desafío es cómo crear el mecanismo de participación que canalice esa energía en formas que permitan la no repetición de la violencia y que permitan acciones concretas que mejoren la calidad de vida.

  

 

 

 

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Gloria Castrillón / @Glocastri

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“Los jóvenes no ven futuro en el mundo que dejamos”: John Paul Lederach

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