Mi encuentro dominical con “Sandra Ramírez”: relato de Gloria Arias Nieto

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La médica y columnista de El Espectador cuenta por qué invitó a la exguerrillera y hoy senadora a su casa y cómo vivió una tarde con quien alguna vez pensó que era una enemiga. Sin saberlo, ellas vivieron su propio proceso de reconciliación.

Comienzo este relato con la imagen de una mujer que llegó un domingo en la tarde a mi casa, con un ramo de rosas rojas en las manos. Las rosas que le recordaban el cultivo de flores que tenía su abuela en alguna vereda santandereana.

Durante más de cincuenta años, lo que ella representaba había tenido en jaque al país. Y estaba ahí, “menuda como el viento”, como diría Serrat. De alguna manera ese domingo nos cuestionaban a las dos cincuenta años de paradigmas construidos con razones que en su momento parecían irrefutables.

Las amenazas de secuestro y de otras violencias externas fueron un tema reiterativo en mi casa paterna. A mi papá lo sentenciaron las guerrillas de turno, los extraditables y hasta un oscuro sector de la policía. Exactamente el día que cumplí catorce años, nos informaron que habían encontrado listados con nuestros nombres, horarios, rutas y fotografías en el allanamiento a una célula guerrillera. Es difícil olvidar ese día en que tuve que recibir, en las instalaciones del DAS, un mamotreto de manual para prevenir un secuestro.

En mi primer mundo, los insurgentes eran los malos. Por su culpa mi familia y yo vivíamos en la zozobra y en la angustia permanente. Ellos eran los malos. Ese era un axioma no negociable. Y punto. Pero a todo punto le aparece una coma; el sol y la sombra se mueven, y en un pedacito de cristal caben todos los colores, duelos y caminos; un haz de luz.

Griselda Lobo era una niña campesina; tuvo 16 hermanos, el olor de la guayaba atado a su infancia, y la responsabilidad de ordeñar quince vacas, subir hasta la carretera las cantinas de leche y reunir algún dinero para su mamá enferma.

A los primeros cuadernos y pupitres siguieron años de deserción escolar forzada. Un día, la guerrilla llegó a su casa, con una mujer comandante que les daba órdenes a los hombres, y ellos le obedecían. Griselda tenía 17 años y decidió irse con ellos, a escondidas, porque su papá —que había sufrido la violencia partidista— jamás lo habría permitido.

Griselda adoptó el nombre de Sandra Ramírez. Hizo prácticas de enfermería y un tiempo después, allá en El Palmar, en un campo de entrenamiento ideológico y militar de las Farc, conoció a quien sería su amor y compañero por 24 años, uno de los hombres más buscados de Colombia: Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo, su “Viejo”, que murió no tan viejo el 26 de marzo de 2008, a las 6:20 de la tarde.

Y la veo ahí, con el ramo de rosas; sé que su memoria y la mía nunca podrán ser ni remotamente parecidas. Pero una cosa es la memoria y otra el horizonte.

Mientras yo veía en televisión los bombardeos a Casa Verde, ella recogía a sus camaradas desintegrados por los bombazos del Ejército. Nosotros vimos en los periódicos las cadenas y las alambradas del horror con las que encerraron y torturaron a políticos, civiles, militares y policías. Ellos tenían las llaves. Y así pasamos más de medio siglo… Y solo en un país tan inimaginable como el nuestro un plebiscito le pregunta a la gente si quiere la paz, y la mayoría dice que no.

Comenzamos a hablar y ese domingo nos contaríamos media vida. Le había propuesto que nos reuniéramos para escribir “a cuatro manos” la columna de la semana siguiente en El Espectador, y dar un mensaje de corazón: para lograr la paz es posible y necesario que aun las personas más distintas, las que tienen más cosas en desacuerdo, se den permiso de construir puntos de encuentro. Nos saludamos con un abrazo espontáneo como si hubiéramos tenido muchos abrazos pendientes.

Comprendimos que, más allá de tantas décadas de persecuciones, selvas y abismos, ella y yo somos, hoy por hoy, un par de mujeres dispuestas a trabajar por convicción, por un país que gire alrededor de la vida.

Fueron más de cuatro horas de conversación, al final de las cuales me quedé con la sensación de que había descubierto a un ser humano y no a una enemiga.

“Ni tú ni yo nos dimos cuenta, pero lo que hicimos ese día fue un acto de reconciliación”, me dijo Sandra hace poco. “Tú me recibiste como si hubiéramos sido amigas desde siempre, y eso me reafirmó mi compromiso con el Acuerdo… esa semilla que en las manos de Defendamos la Paz empieza a germinar como un tesoro”.

La columna salió publicada en este diario justo hace un año. “Por un país distinto”, la titulamos. Después del ejercicio de escribir ese texto, nos encontraríamos en otros escenarios gracias a nuestra coincidencia en Defendamos la Paz, como el día que conmemoramos el tercer aniversario de la firma del Acuerdo del Teatro Colón en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR), de Aguabonita, en Caquetá.

El pasado 20 de julio la senadora Griselda Lobo fue elegida segunda vicepresidenta del Congreso. A partir del proceso de paz el país está cambiando, y ella y sus 13.000 compañeros en vías de reincorporación saben y sienten que nunca volverán a una guerra.

Este texto es para mí un viaje a la verdad interior. Necesitamos que de lado y lado se digan más verdades de las que se han dicho; verdades completas y genuinas, para que dejemos de ser un país fragmentado, lleno de orillas, heridas y enfrentamientos.

Necesitamos reconocernos distinto y distintos; como somos, y sin hostilidad; sumar pasos reales, sencillos y tangibles. “Estamos en la misma barca y ya empezamos a remar en la misma dirección”, me dice Griselda.

Hoy, 26 de julio, convocados por Defendamos la Paz y en compañía de plataformas y movimientos dispuestos a lograr una Colombia libre de violencia, alzamos la voz y las palabras: el silencio no es una opción. Para tejer confianza y tener país, empecemos por estar vivos.

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