¿Por qué es tan difícil negociar con el Eln? Claves para entender a esa guerrilla

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La más reciente investigación del Cinep describe a esa insurgencia como una federación de distintos proyectos armados, contraria a la estructura centralizada y jerarquizada de las Farc. La fórmula de negociación de tierras y curules no funcionará con el Eln, pues en cada territorio tiene reclamos diferentes.

En los días siguientes al atentado con un carro bomba a la Escuela de Cadetes General Santander, en Bogotá, el 17 de enero de 2019, miembros de la delegación negociadora de paz del Eln salieron en medios de comunicación y afirmaron que no tenían ninguna información del ataque. Sin embargo, pocos días después, terminaron por reivindicar esa acción cuando se supo que en efecto había sido planeada y ejecutada por el Frente de Guerra Oriental de esa guerrilla, el Domingo Laín. Así, el Comando Central (Coce), que llevaba años avanzando en la negociación con el Estado colombiano, reconoció la autoría del hecho – en el que no participó – que enterró esos diálogos y que los ha mantenido muertos hasta hoy.

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Desde 1991, el Ejército de Liberación Nacional ha tenido acercamientos para avanzar en diálogos de paz con todos los gobiernos. Sin embargo, con ninguno de ellos ha logrado alcanzar un pacto, aunque en la administración de Juan Manuel Santos alcanzó a tener una mesa formal de negociación que sesionó en Quito (Ecuador). ¿Por qué es tan difícil negociar con el Eln? Esa es la pregunta que intenta resolver una investigación realizada por el equipo de Conflicto y Paz del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), Programa por la Paz, que recorrió las entrañas de la historia y la actualidad de esa insurgencia para ofrecer una nueva mirada del Eln, alejada de las posturas que hablan de “divisiones internas” en esa guerrilla insistiendo en verla a través del lente con el que se vio a las Farc, como una estructura jerarquizada y centralizada.

Por el contrario, el libro, que se lanzará este jueves, sustenta la idea del Eln como una guerrilla federada, con estructuras o, como los llama la investigación, “emprendimientos armados autónomos” que tuvieron sus propias lógicas de conformación y que generan tensiones dentro de la agrupación nacional. Y precisamente el atentado a la Escuela de Cadetes en Bogotá se asoma como el caso perfecto para ejemplificar el funcionamiento de esa confederación de proyectos armados.

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Según plantea el libro, ese atentado habría estado orientado a enviar un mensaje más hacia adentro de la insurgencia, que hacia afuera. “Ese acto inconsulto de un frente es legítimo porque implica lo que ellos llaman ‘debate en caliente’, en el que una estructura interviene militarmente para sentar su posición; el Eln con una exigua mayoría aceptó negociar, pero como no hay un mecanismo claro de dirección y que exprese la diversidad regional de cada frente, el Oriental decide tomar una acción para romper el consenso y mostrar su diferencia. Los negociadores en La Habana no tenían absolutamente ninguna información; les tocó ponerse a averiguar si realmente había sido el Eln o no y luego les tocó reivindicar el atentado como parte del Eln; les toca tragarse sapos y mantener la imagen unificada”, explica Fernán González, coordinador de la investigación.

Ello se explica por las consecuencias que tiene hasta hoy la forma en la que el Eln inició su proceso de recomposición, tras una época en la que el mando lo ejerció, única y exclusivamente, Fabio Vásquez Castaño, fundador retirado en Cuba y quien murió en diciembre de 2019. Para recomponer el camino en que él lideró esa guerrilla de forma autoritaria y evitar la concentración de poder, Manuel “el Cura” Pérez y Nicolás Rodríguez Bautista o “Gabino” lideraron un proceso de federalización de la guerrilla y decidieron que el mando debía ser colegiado y democratizado. Llegaron a tal punto, como deja ver una cita incluida en el libro, que se llegó a votar hasta el número de botones que debía tener la camisa del uniforme.

Pero ese proceso de expansión federalizada fue muy distinto a lo que ocurrió con la expansión de las Farc. “Las Farc cuando se empezaron a desdoblar lo hacían desde el centro, es decir, por un mandato directo del Secretariado, de acuerdo a los planes estratégicos; comisiones que iban a los territorios con recursos de la organización, con armas y con hombres. El Eln hacía todo lo contrario: la cúpula nacional reorganizó esos proyectos que estaban desarticulados e integró otros que se identificaban con el Eln: proyectos armados que se desarrollan al margen de la organización, pero adscritos en términos ideológicos”, explica Andrés Aponte, uno de los investigadores del libro. Y agrega: “Como cada frente se constituyó por sí mismo, no gracias a los recursos de la organización, tiene la posibilidad de asumir posturas discrecionales frente a las instancias de coordinación nacional”.

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La receta de tierras y curules no funciona con el Eln

La fórmula que funcionó en la negociación con las Farc, en la que se otorgaron curules para la dirigencia nacional de la guerrilla y la reforma rural integral para el campesinado no se puede replicar con el Eln. En el caso de las antiguas Farc se aplicó pues el nicho de esa guerrilla fueron los campesinos colonos, cuyo reclamo era por la formalización y la titulación de la tierra, y luego los campesinos cocaleros, punto que también fue incluido en el Acuerdo.

Pero en el Eln, cada frente en cada región representa a poblaciones distintas y por ende tiene distintas demandas y reivindicaciones, más territorializadas. Tal vez el único reclamo transversal a nivel nacional sería el discurso de nacionalización de los recursos naturales. En el resto de regiones hay distintos reclamos que encajan en el discurso general del Eln: el pueblo, visto de forma homogénea, en contraposición al Estado, que representa la oligarquía. “El discurso es tan amplio que cabe casi cualquier cosa mientras esté en contra del establecimiento. Es una bandera para que cada grupo se pueda matricular sin demasiados compromisos, porque todos están en contra del sistema en una mirada muy abstracta pero cada uno de los grupos con diferentes intereses y problemas”, sostiene Fernán González.

Por eso, el libro combina la mirada histórica del Eln con la revisión territorial de los cinco casos más representativos de esa guerrilla: el sur de Bolívar, Catatumbo, Chocó, Cauca-Nariño y Arauca, una lectura que, en palabras de Socorro Ramírez, quien prologó la obra, no es usual en los estudios sobre esa insurgencia.

Distintos Eln según la región

En el sur de Bolívar el libro muestra una guerrilla que perdió su histórico bastión militar y pasó de ser “un actor estructurante” de la sociedad local a un actor armado marginal en lo militar con algún grado de influencia política y la capacidad de regular solamente las economías del oro y de la coca. Ello porque durante los noventa endureció sus controles a la vida política y la extracción de recursos, hasta que los pobladores empezaron a percibir esta insurgencia como un obstáculo para la integración territorial y política de esta subregión.

Arauca es el caso de éxito de la guerrilla. Allí, incluso, la insurgencia ayudó a construir el Estado y cuando se empezaron a formar las veredas, los corregimientos, las organizaciones sociales, se hizo de la mano del Eln. En esta zona la insurgencia es mucho más, dice el texto, que un actor estructurante del territorio social, económica y políticamente y con una importante capacidad militar. Allí no solo recoge impuestos sobre actividades ilegales sino también sobre las legales: el comercio, las obras públicas, la ganadería. Está incrustado en el poder local. Tan es así, que la obra hace referencia a esta estructura como “el sol de Oriente”, que viene ocupando un papel predominante dentro del grupo, desbalanceando el federalismo de distintos proyectos armados.

En Catatumbo el Eln no está solo y si bien es un actor determinante en el territorio, que se impuso en la guerra con el Epl tras la salida de las Farc, que maneja el negocio de la coca y que tiene incidencia en los procesos organizativos y las economías territoriales, su dominio sigue siendo cuestionado por otros actores. Es el caso de las Agc, que han ido cobrando mayor fuerza en la zona y que hoy amenazan el dominio eleno en esta zona de Norte de Santander.

En el Cauca y Nariño, los autores dibujan un Eln “fantasmagórico”: marginal en lo militar, pero con influencia en los procesos organizativos y fuertes impactos sociales. Su trabajo en la zona se remite más al trabajo de masas que a cualquier otra actividad.

Y en Chocó, la obra presenta una guerrilla que fue marginal durante la época en que las Farc y los paramilitares se disputaron a sangre y fuego la región, pero que desde la salida de las Farc adquirió relevancia por su vinculación con las economías del oro, la coca y la extracción maderera. Por ello, su crecimiento no se dio en función de consolidar una base social, sino bajo la pretensión de monopolizar una economía, que lo hace funcionar más como un ejército de ocupación con poca conexión con los pobladores. “Se ha convertido en una estructura importante dentro del Eln y, como tal, significativa al momento de hablar sobre el tema de la paz”, dice el libro. No en vano el frente Occidental tuvo un papel fundamental en el desarrollo de las últimas negociaciones, pues realmente fue el actor ausente de ese proceso, pese a que desde el Chocó se movilizaron para que se sentara a la mesa.

Asambleas regionales, el camino de la negociación

¿Cómo se negocia con una guerrilla federalizada como el Eln? Como cada uno de sus frentes responde a distintas reivindicaciones según el territorio, de igual forma tiene que hacerlo una eventual negociación, sostienen los autores.

“Tiene que tener un enfoque diferenciado regionalmente. Habría que ver una especie de asambleas regionales para ver qué significa el Eln en cada región y a qué responde. Sería una negociación nacional que busque el desarme, que incluya el tema de los recursos naturales, pero sabiendo que en cada región hay que ofrecer cosas diferentes”, sostiene Fernán González.

Ello cobra sentido, además, porque, en palabras de Andrés Aponte, el Eln se ve a sí mismo como un intermediario entre el Estado y la sociedad civil organizada, más no como quien representa los intereses de esos sectores. Por eso, la negociación tendría que tener espacios para la concertación social que nutran la agenda de la mesa.

Ahora bien, advierte Socorro Ramírez, hay sectores del Eln que se oponen a la negociación, pero habrá que sentarse aun así con aquellos que están de acuerdo con la salida negociada. Según ella, será inevitable la fragmentación de esa insurgencia cuando se sienten a la mesa. “Si se va a esperar hasta que todos estén de acuerdo, se seguirá prolongando y todos los intereses que juegan y que cada vez tienen mayor presión, van a hacer imposible una negociación. Lo importante es que esa sigla salga como proyecto, así queden reductos”, dijo la analista. Además, añadió un elemento que no desarrolla por completo el libro y es el carácter binacional que ha adquirido el Eln con Venezuela, “lo cual muestra un imperativo cada vez más contundente y es que sin apoyo desde Venezuela un proceso de negociación no será posible”.

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