Un premio a la gestión y al emprendimiento de las mujeres víctimas de la guerra

La organización de Naciones Unidas Women Together entregó su premio anual a Asodamas de Colombia, las gestoras sociales que han logrado diez espacios para la capacitación y el emprendimiento de más de 8.500 mujeres víctimas del conflicto.

Mujeres indígenas, afros y campesinas, víctimas del conflicto, se capacitan y emprenden en la Casa Social de la Mujer. / Juan Carlos Escobar - Asodamas.

Hace diez años, Martha Alonso se fue a recorrer el departamento del Vichada en compañía de monseñor José Alberto Rozo. Llegó hablándoles a las mujeres y estuvo dos años trabajando fuertemente con ellas. Les contó de la importancia de sus labores, del machismo, de la violencia y de cómo no tenían que aguantarla. Y pasó lo que iba a pasar en ese momento. Las monjas viajaron hasta Bogotá para decirle que a la Orinoquía no volviera, porque la iban a matar.

Ese fue el inicio de la Asociación de Damas de Colombia, una organización que integra a las primeras damas o gestoras sociales de los municipios y departamentos del país, y que desde su inicio trabaja con la población más vulnerable, especialmente con mujeres. Este 23 de mayo, después de 10 años de gestión y de implementar el proyecto Casa social de la mujer, ganaron el premio que otorga la organización Women Together.

Este premio es un reconocimiento a la “construcción de un lugar para la promoción en los diversos territorios del país, del empoderamiento, el emprendimiento y la igualdad de género” en las casas sociales para las mujeres. ¿Pero qué son esos espacios y qué sucede allí?

Un espacio para que las mujeres estén seguras

Las mujeres en la guerra sufrieron todo. La violencia pasó por sus cuerpos, sus hijos y esposos fueron asesinados, reclutados o desaparecidos, y tuvieron que asumir la jefatura de su hogar. Pero también por fuera del conflicto han sido y son vulneradas, sufren violencia física, verbal, sexual y económica. Todo esto han encontrado las gestoras sociales adscritas a Asodamas, y por esto pusieron en marcha un plan que las ayudara a empoderarse. Esto incluye atención psicosocial, fortalecimiento de derechos, apoyo para denunciar abusos y capacitación para producción y emprendimiento.

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Martha Alonso, directora nacional de Asodamas, explica que las casas son “espacios físicos de 450 metros cuadrados que cuentan con unos espacios pensados para el empoderamiento y para el emprendimiento productivo de nuestras mujeres de base, o sea del territorio, especialmente mujeres rurales”. Estos espacios son auditorios, aulas de emprendimiento con unidades productivas y aulas para recibir capacitación. Y todo depende del territorio. Por ejemplo, en el alto Putumayo las mujeres, principalmente indígenas son tejedoras, entonces la dotación es fundamentalmente para el trabajo con telares y chaquiras. Hoy tienen casas en los departamentos de Cundinamarca, Tolima, Guaviare, Putumayo, Vaupés y Cauca.

¿Cómo lo lograron? Jimena Toro, presidenta de Asodamas y gestora social del Valle, explica que, como las primeras damas no son ordenadoras de gasto, todos los recursos los consiguen ellas. Para las casas, por ejemplo, el lote lo dona el municipio, y los materiales los consiguen por medio de la empresa privada y otras organizaciones. Sin embargo, “no solamente es hacer la parte de infraestructura, sino dinamizar el progreso de ellas, el emprendimiento. Asodamas consigue esos recursos para que las mujeres de base emprendan una labor, se sostengan y tengan una mejor calidad de vida. Es ese empoderamiento de las mujeres para que ellas salgan adelante”, aclara Toro. La calidad de vida también pasa por el problema de la violencia. En las casas, las mujeres se sienten rodeadas, hablan entre ellas, lloran, cuentan lo que les sucede, reciben atención de una psicóloga y, si es necesario, son acompañadas en el proceso de denuncia de la violencia ante las autoridades.

 
Una mujer indígena Nukak asiste a la Casa Social de la Mujer.
Juan Carlos Escobar

Las 10 casas sociales de las mujeres han beneficiado a más de 8.500 mujeres en el país, quienes son víctimas del conflicto, vulneradas y de estratos 1 y 2, aunque, aclaran, la casa está abierta para todas las mujeres.

No restarles tiempo, sino sumarles independencia

Con Asodamas también trabajan más de 300 organizaciones de mujeres de todo el territorio nacional, aunque en sus ciudades no haya Casa Social de la Mujer. Una de ellas es María Luisa Mosquera, una mujer chocoana que habita Quibdó y tiene una asociación llamada Los Perseverantes. Son principalmente mujeres que se unieron para sacar adelante la producción de pollos, peces y harina de plátano popocho.

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Mosquera también es víctima del conflicto. En los años 90 se desempeñaba como docente en el corregimiento de Puerto Conto, jurisdicción de Bojayá, y tuvo que desplazarse a Quibdó porque los armados iban a reclutar a su hijo adolescente. Así, tuvo que asumir lo que significa llegar a un nuevo espacio, dejar su profesión y criar sus hijos. ¿Cómo se hace para que asistir a reuniones y capacitaciones no se vuelva una carga más en la vida de las mujeres?

Mosquera viaja a cada capacitación a la que puede ir, intercambia experiencias con otras mujeres de Colombia y, con las mujeres de su organización, replica lo que ha aprendido. Sin embargo, para otras mujeres que tienen hijos pequeños lo pensaban dos veces para salir de sus hogares, y les tocaba solo dedicarse al cuidado. Es por esto por lo que las casas sociales de las mujeres tienen espacios para niños y, sobre todo, están enfocadas en la producción.

“Ahí las mujeres emprenden y generan recursos para lograr autonomía económica, que consideramos que es uno de los factores fundamentales para que la mujer pueda aislarse de la violencia especialmente familiar”, dice Alonso. 

Este reconocimiento es también al trabajo de las gestoras sociales, que sin capital asignado logran transformar vidas. Es un premio a las mujeres que tejen, confeccionan, cultivan, hacen minería y, sobre todo, dan el paso difícil y valiente para desligarse de la violencia, acercarse a la independencia y reconocerse como ejes transformadores de su territorio.

 

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