Yo estuve en el Congreso después de 34 años en la guerrilla

Griselda Lobo, conocida en la guerra como Sandra Ramírez”, relata su experiencia en el Congreso de la República. Nunca se imagino que tendría que ser testigo de la mermelada o el "lobby" de las multinacionales en el Congreso. A pesar de esto, dice que es positivo que ella y los ocho miembros de la FARC estén en el Capitolio, porque han podido romper estigmas que tenían varios políticos hacia los excombatientes. 

Sandra Ramírez es una de los nuevo integrantes del creado partido político de las Farc que están en el Congreso / Gustavo Torrijos

Podría resumir mi nueva vida en el Congreso diciendo que estoy en este nuevo espacio que buscamos desde hace años. Ha sido un camino lleno de dificultades, pero estamos aquí para luchar con la única arma que tenemos hoy, que es la palabra. Ha sido un cambio rotundo, porque en los campamentos limpiábamos las hojas de los árboles y hoy limpiamos el escritorio de papeles. Ha sido estrellarse con lo que uno veía desde allá en la selva pero que ahora lo ve desde muy de cerca, como las arbitrariedades que pasan en los debates, cuando no nos dan la palabra o se aprueban las leyes sin discusiones, con un ‘pupitrazo’ o cuando se abre la discusión por una proposición y la cierran muy rápido.

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También se estrella uno con la mermelada. Por ejemplo, cuando nos citaron a todos el domingo 16 de diciembre, el presidente puso un avión en Cartagena que hizo escala en Santa Marta y Barranquilla y puso un avión en Medellín, y otro en el sur del país para recoger a los congresistas para que vinieran a votar los proyectos. Los senadores han sido elegidos para que legislen no para que se les pague por aprobar una ley. También estamos aterrados de ver el lobby que hacen las multinacionales en el Congreso, eso yo no lo había visto ni por televisión. Y uno los ve aquí haciendo lobby para favorecer sus intereses, eso es impresionante.

Pero ha sido positivo porque hemos hecho relacionamiento con mucha gente y hemos podido mirarnos a los ojos y reconocernos. Se está rompiendo el estigma de que éramos malos, que brotaba maldad por nuestros poros. Lo más difícil para mí ha sido ubicarme en ese laberinto que es el edificio del Congreso; todavía me pierdo. Hay muchas puertas que conducen a muchos lugares, no me he aprendido esa estructura interna. En la selva no me perdía, pero aquí sí. La selva es maravillosa, ella te orienta, los ríos te llevan a lo que buscas, aquí es otra cosa.

Me ha dado duro estrellarme con la individualidad que reina en la ciudad. Añoro el amor por lo colectivo, uno aquí no sabe quién está al lado, en la oficina, en el apartamento donde vivo. Y el tráfico de Bogotá es pesado, los tiempos en la selva eran nuestros, aquí los tiempos son de la gran ciudad.

Llegar al Congreso me ha significado una gran responsabilidad con la gente del común, pero sobre todo con los compañeros que pusieron un grano de arena para lograr el acuerdo, combatientes y no combatientes. Tuvimos que superar muchas dificultades para posesionarnos, mucha tramitología a la que no estábamos acostumbrados, había que ir a muchas oficinas. Sacar las tarjetas del banco fue traumático, no las sabíamos usar, pero encontramos algo hermoso: los funcionarios del Congreso. Ellos se habían hecho muchas preguntas sobre cómo éramos nosotros, cómo los íbamos a tratar y la gran sorpresa fue encontrarse con que éramos gente del común. Encontramos en ellos un trato amable, nos ayudaron a resolver los trámites, nos enseñaron cómo movernos aquí.

Aun así, hemos pagado primiparadas. Una vez estaba en Comisión Sexta, muy concentrada leyendo un proyecto de ley y pedí la palabra para opinar y resulta que ese no estaba en el orden del día. Me confundí y los mismos senadores me hicieron caer en cuenta del error. Fue terrible (risas). También nos ha pasado con las proposiciones. Intentamos pasar una, pero todo salió mal porque no sabíamos cómo era. A nosotros nos dieron un seminario en la Universidad Nacional antes de llegar aquí, pero eso se aprende es aquí en el Congreso. Pero ya sé cómo hacerlo. Presentamos 42 proposiciones para el proyecto Tics y todas pasaron, habrá que esperar que pasa porque aplazaron el debate.

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Una experiencia muy buena ha sido el tener que buscar aliados en los debates. Ya nos buscan para apoyar proyectos de otros, nosotros los estudiamos y los discutimos. Otros movimientos nos han apoyado a la bancada Farc en dos proyectos de ley: el trato penal diferencial para pequeños cultivadores de coca y las circunscripciones especiales para la paz. Con la bancada alternativa radicamos 12 proyectos de ley.

 

Ya me relaciono con otros senadores, así logré el apoyo de 28 compañeros para hacer el acto de reconciliación el Día Internacional de los Derechos Humanos, porque nosotros no queremos que se polarice el debate, nosotros queremos es debatir ideas. Hicimos la proposición y se aprobó. La oficina de Protocolo nos ayudó mucho. Bertha Fríes, víctima del Club El Nogal hizo una exposición que escucharon 82 senadores y luego hicimos el acto de entregar unas maticas a los senadores, nos acompañaron Cuba y MAPP-OEA. Hubo personas que no quisieron recibirla como Paola Holguín y Carlos Felipe Mejía. El senador Álvaro Uribe fue muy amable y la recibió bien, incluso me tuvo que recibir la de Paola Holguín. Otros senadores lo hicieron con displicencia porque no aceptan nada de nosotros.

En general, con todos los congresistas nos relacionamos bien, excepto con los del Centro Democrático. Incluso el Partido Mira y el Colombia Justa Libres se han acercado a saludarnos, hablamos, a pesar de que tenemos serias diferencias, con ellos hay un trato cordial. Del Centro Democrático ha bajado un poco la agresividad, pero todavía recibimos agresiones de Paola Holguín y Carlos Felipe Mejía. Debo decir que el senador Uribe es muy decente, siempre que nos encontramos nos saluda bien. Muchos de sus compañeros nos han tratado de asesinos, violadores de niños, violadores de mujeres, narcotraficantes.

Me sorprende la idea de país que tienen en el Congreso, la mayoría no conoce la Colombia profunda, esa donde nunca llegó el Estado. Por mi parte he ampliado el conocimiento de Colombia desde su burocracia, desde su ineficiencia. Mi balance es positivo porque nos abrimos a otros sectores, logramos reconocernos como una fuerza importante, mantenemos nuestros principios revolucionarios, con la disciplina que nos ha caracterizado desde siempre.

Lo más curioso es que algunas senadoras se han acercado a preguntarme detalles de mi vida guerrillera y del camarada Manuel (Marulanda). He conversado mucho con Nora María García, del Partido Conservador. Ella me pregunta cómo vivía en la selva, qué comía, cómo dormía, cómo eran las marchas, cómo convivía con las serpientes y otros animales de la selva. Yo le contaba de los bombardeos, de cómo me orientaba en la selva. Les he dicho que la ciudad es más peligrosa que la selva.

Otro reto ha sido el tema de la vestimenta. Ese ha sido todo un aprendizaje, pero consulto por internet y con mis asesores. Todas las noches me gasto unos minutos viendo qué me pongo. Tengo una hermana que es modista y ella me hace la ropa y me ayuda a combinar los colores. ¿Los tacones? Esa es una prueba superada. ¡Ya hasta puedo correr con ellos!

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Tengo una linda nieta (hija de Rigo), pero de mi hijo Alberto Cruz Lobo, (conocido en la guerra como Enrique Marulanda), no sé nada desde que se fue del espacio (Mesetas, Meta). No se ha comunicado conmigo y eso me deja una sensación de tristeza, porque no me esperaba eso. Me pregunto por qué lo hizo, seguramente me hizo falta conversar más con él sobre las dificultades del proceso, debí estar más cerca.