Parte III

¿Cómo fue el regreso de los paramilitares a El Tigre en Putumayo?

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A través del relato en primera persona de varias mujeres de este corregimiento del sur del país, se narra la incursión paramilitar de la década de los 90 y la guerra con las Farc, que tenía arraigo en varios territorios del Putumayo.

“Nosotras y El Tigre: Una historia de selva y guerra en cinco actos” son relatos sobre el conflicto armado en la inspección de El Tigre, en Valle de Guamuez (Putumayo) construidos a partir de los testimonios de mujeres sobrevivientes de violencia sexual y de la guerra. La escritora Ana Karina Delgado recogió sus relatos para este proyecto. Colombia2020 reproduce tres de estas historias. Esta es la tercera:

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Después de la masacre del 99, pasó el tiempo. Yo no sé si los demás mirarían, en esa época mi casita era de tablita y entre los palos yo en la noche veía que echaban unas bengalas que alumbran en el cielo. De pronto, digo yo, era esa gente que ya estaba por aquí. Eran muchos los comentarios que se oían, y nosotros en El Tigre otra vez estábamos como sordos.

Pero al final se llegó el maldito día en que volvieron. Llegaron y golpearon las puertas como a las cuatro de la mañana. Uno está enseñado a dormir en mera ropa interior y yo, como lavo ropa ajena, cogí lo primero que encontré: un pantalón y una camisa de un señor, sin brasier ni nada, porque había que salir ya mismo. Al parque nos llevaron y toditos teníamos que ir, amontonaditos estábamos todos ahí. Eso fue en el 2001, nadie olvida esas fechas. Ese señor que mandaba a los paramilitares dijo que el que tuviera armas hiciera el favor de entregarlas, y que el que algo debiera, que era mejor que fuera hablando. Dijeron que ellos llegaban al Tigre a limpiar el pueblo de gente mala… ¡Pa’ ver que los malos eran ellos! Ahí fue que ya se quedó esa gente, y empezó otro calvario para nosotros, empezó la zozobra, el miedo y hasta la vergüenza.

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El miedo de todo el mundo, de mí y de mi mamá igual, era que en el tiempo atrás siempre llegaba la guerrilla ahí, y es que en todos lados la guerrilla llegaba. En nuestra casita había unos palos de pomarroso y ellos llegaban a coger sombra, porque es que aquí siempre que no llueva hay un sol terrible. Ese era el miedo cuando llegaron los paramilitares, que de pronto nos iban a hacer algo por haber vivido ahí en medio de los del monte, de la guerrilla.

De esa reunión que hicieron ellos cuando llegaron, lo que a mí se me alcanzó a quedar grabado fue que dijeron que el que tenga sus problemas, sus cosas, sus enredos, que tenía tiempo pa’ hablar, pa’ confesar: les vamos a dar un tiempo, si quieren hablar vayan al Mar Azul. Todos andábamos con mucho susto por esos días y mi mamá llore y llore pensando que nos iban a hacer algo. Yo dije ¡ya! vamos al Mar Azul.

Se llegó el día y fuimos. Un estadero en La Hormiga era el Mar Azul. El que dejaba dentrar era uno de ellos que estaba de civil, nosotras dijimos a qué íbamos y nos dejó pasar. No fue sino cruzar ese portón y mi mamá se desmadejó llorando, yo no, yo iba con miedo, pero tenía que hacerme la guapa. Llegamos a una sala, ahí había tres de ellos sentados con esas armas.

–¿Y usted por qué llora madre?

–Lo que pasa es que ahí, en la casa donde vivimos nosotros, siempre llegaba la guerrilla, ellos iban a comprarle en veces gallina o cualquier cosita a mi mamá. Siempre han sabido llegar ellos allí. Inclusive, una vez ellos le echaron plomo al helicóptero del ejército desde ahí. Venimos es para

que luego no digan que somos colaboradoras de la guerrilla. Es que si ellos llegan nosotros tenemos que atenderlos, si ustedes llegan nosotros tenemos que atenderlos igual, ustedes van armados y ellos también, nosotros a nadie podemos decirle que no. Así les dije todo eso yo, y mi mamá aferrada de mi brazo llorando.

–Entonces yo quería saber si nos tocaba que irnos o si podemos quedarnos.

Ellos dijeron que no, que no teníamos ningún problema, que “tranquilas”. Sin embargo, yo me quedé con eso en la cabeza, que tal sea que nos digan así y después nos maten, eso decíamos nosotras en el camino de vuelta, pero gracias a Dios no, no nos hicieron nada. Sin embargo, uno no perdió nunca ese miedo que le hacía temblar todo el cuerpo.

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El Tigre era como un batallón, pero de paramilitares. Ellos salían al parque a hacer ejercicios y marchaban como si fueran el ejército. Uno era atemorizado por esa gente ahí. Ellos se montaban en esas motos y pasaban voladitos y nos les importaba pasar por donde estaban los niños jugando.

En esa época no podíamos salir del Tigre pa’ La Hormiga sin pedirle permiso a ellos, así estuviéramos enfermos de muerte. Otra regla, que era buena, por una parte, era que no había que tirar papelitos ni cascaritas en ninguna parte, todo limpio tocaba, porque si un niño botaba algo por ahí, le ponían a barrer todo el pueblo a la mamá o al niño.

A muchas no obligaban a hacer cosas, a cocinarles, a lavarles la ropa, a mí también me tocó, pero lo cierto es que ese señor me pagó unos pesos por la lavada... pero me pagó mal, porque me dañó. A mí me violaron.

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Tanta cosa había en esa época que uno no entendía, por ejemplo, uno tenía que aprenderse el número de la cédula, y siempre cargarla. Ellos decían que los únicos que no tienen cédula son los guerrilleros. A mí me costó lágrimas. Fue que mi Dios bendito me alumbró y me ayudó, ese día ellos me cogieron la cédula y me dijeron que si no me lo aprendía ahí mismo, me mataban. Yo me la aprendí a la fuerza, con ese temblor, con ese miedo. Otra vez, un sobrino mío, muchacho era, por ahí de catorce años, venía silbando.

–¡No silbés! que esos manes están aquí abajito.

Y claro, uno sabía, el muchacho se escondió y ahí me llegaron:

–¿Quién era que silbaba?

–No, yo no miré a nadie.

Bravísimos estaban. Yo no sé un silbo qué sería pa’ ellos, a lo mejor pensaban que era una señal, pa’ llamar a los guerrilleros, no sé, porque cantar tampoco podíamos si ellos no querían. Y de la gente que murió por unas botas también me acuerdo. Porque es que gente campesina que llegaba con botas de caucho, era guerro... solo por usar las botas que son tan útiles por allá en el campo, los acusaban de guerrilleros. Los cogían y si no tenían un amigo que hablara por ellos, pues los mataban. Pero si tenía algún amigo o conocido en el pueblo, de pronto lo soltaban de allá donde lo tenían.

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Cuando se apropiaron del Tigre se volvió bien feo esto. Allá abajo donde nosotros vivíamos era más peligroso, porque cuando ellos llegaron ahí al Tigre la guerrilla se ahuyentó un poco, mas sin embargo ahí estaban: la guerrilla pa’ un lado, los paracos pa’l otro, así era que estaban, y no era sino que se encontraran y empezaba la balacera. Como mi ranchito era pequeñito y así como escuálido, eso dentraban esas balas por todos lados.

Yo creo que de los nervios fue que duré dos años sin dormir. Yo me acostaba en medio de todos mis chiquitos que tenía, pero no dormía: yo ponía una vela acá, otra allá, otra más allá y, toda la noche llore y llore y llore.

–¿Mija por qué llora? ¿Está triste?

–No, yo lo que tengo es miedo.

Mi marido veía que yo medio cerraba los ojos y él apagaba las velas, pero yo miraba oscuro otra vez y me levantaba a llorar.

–¡Prenda, prenda las velas!

–Pero mija, no ve que con luz es más peligroso.

Ya era como loca que estaba, yo me sentía como que no era yo. Puro llorar, ni siquiera hablaba. Ahí me acabé la vida y ya me enfermé, ahorita siquiera hablo.

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*Texto compuesto por Ana Karina Delgado con las voces de las mujeres de El Tigre pertenecientes a la Asociación Violetas de Paz.

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