El Mochuelo, un museo que da lecciones de memoria desde los Montes de María

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El Museo Itinerante de la Memoria y la Identidad de esta región del Caribe cumple un año de andar rodando por varios municipios de esa zona del país. Un esfuerzo que documentó 104 masacres y más de 1.800 víctimas mortales del conflicto armado, que se levanta a nivel local en medio de lo que algunos han llamado una disputa por la memoria.

Cuando se conoció a finales del año pasado que el director del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), Darío Acevedo, estaría haciendo cambios al guion del Museo de la Memoria que había dejado la dirección anterior, se supo que uno de los puntos que pretendía modificar eran los ejes planteados para ese museo: agua, tierra y cuerpo. En ese momento, el director dijo que “poner a hablar a un río” no podía ser el eje de un museo de memoria, que eso encajaba mejor en una obra literaria. Sin embargo, para cuando Acevedo pronunció esas palabras, en la región de los Montes de María ya llevaba unos meses rodando otro museo de memoria que lo contradecía profundamente. Uno que puso a hablar a un pájaro.

El 15 de marzo de 2019, en El Carmen de Bolívar se erguía por primera vez El Mochuelo, el Museo Itinerante de la Memoria y la Identidad de los Montes de María. Una monumental estructura en madera fina de 35 toneladas, de 18 metros de largo, por 12 de ancho y 5 de alto. La historia de una de las regiones que más sintió las atrocidades de la guerra (quizá la que más) concentrada en lo que recrea una casa antigua de esta región, enclavada entre Sucre y Bolívar. Pero lo que se inauguró ya hace un año era el resultado de un trabajo de más de una década de caminarse esas montañas documentando los horrores que les dejó el conflicto armado.

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Hacia 2008, el Colectivo de Comunicaciones Montes de María Línea 21, que ya se había ganado el Premio Nacional de Paz en 2003, andaba por los quince municipios de esta región tratando de que sus habitantes volvieran a encontrarse, luego de que a la zona la resquebrajara el paso de los frentes 35 y 37 de las Farc y el Bloque Montes de María de las AUC. “Haciendo todo ese trabajo cultural recopilamos mucha información y nos dimos cuenta de que había que devolverla al territorio, a las comunidades”, dice Julio García Montes, quien hace 16 años integra el colectivo y es el coordinador en terreno del Mochuelo.

“Empezamos a pensar qué hacer con toda la información que habíamos recopilado. Ya teníamos cine, ya teníamos exposiciones fotográficas, ya teníamos radio, y ahí fue cuando nos pensamos hacer el museo” explicó. Así, en este rincón del Caribe colombiano empezaban a hablar de memoria cuando en el país todavía no existía un centro nacional para ese fin. Pero aún más subversivo fue el hecho de que no decidieron construirlo en ninguno de los municipios de la zona, sino que decidieron que sería itinerante: andaría por todos los municipios montemarianos. Entonces, en medio de la planeación, a un campesino se le ocurrió que el museo fuera un pájaro que volara por la región y a otros que fuera un mochuelo, ave emblemática de la zona.

Desde entonces empezaron a recopilar y documentar juiciosamente casi un siglo de historia de los Montes de María, antes siquiera de que al territorio llegaran los actores armados. Se encontraron con que para la gente era sanador el solo hecho de contar lo que les había pasado. “Cuando llega el conflicto lo primero que hizo fue infundir el miedo y a la gente la hizo meter hacia adentro. A uno lo que le decían era no confíe en nadie, no hable, las paredes tienen oídos. Entonces el ‘no diga’, ‘no hable’, ‘no llore’ se le fue metiendo a la gente y comenzaron a guardárselo. Mucho de lo que nos contaron, nunca lo habían hablado con nadie”, cuenta Julio.

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Así, vereda por vereda, documentaron 104 masacres ocurridas en los Montes de María desde la década de 1990 y un total de 1.850 personas (civiles) que fueron asesinadas en medio de la violencia. En honor a estas últimas, en todo el centro del museo se levanta el árbol de la vida – o árbol de los ausentes – en cuyas hojas (actualmente tiene 750) está escrito el nombre de cada víctima con la fecha y el lugar en donde murió.

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Explore el museo a través de este recorrido en 360º:

Después de que El Mochuelo se instalara en El Carmen y durara allí unos dos meses, emprendió vuelo hacia Córdoba (Bolívar) y luego se fue a San Juan Nepomuceno. Allí acompañó la conmemoración de los 17 años de la masacre de los Guáimaros, donde fueron asesinados 15 campesinos, en agosto de 2002. Y de allí voló a San Jacinto, donde actualmente está instalado y donde permanecerá hasta la próxima semana, antes de partir para Morroa (Sucre). En cada municipio dura unos dos meses y medio, desde el momento en que empieza a armarse – que tarda unas dos o tres semanas – hasta que se desarma por completo.  A donde llega, el museo recluta sus propios ‘mochuelos cantores’, o guías, como se les llama en el lenguaje museográfico tradicional. Voluntarios – en su mayoría jóvenes – que luego de recibir la capacitación y conocer el museo, llevan a otros a través de él.

Durante este primer año han tenido experiencias que les han reafirmado el valor del museo. Durante los dos meses que estuvo en Córdoba, todos los días llegaba un joven, de unos 26 años, y se detenía frente al árbol de la vida. Allí se quedaba contemplándolo y en particular mirando siempre una misma hoja. Al cabo de unas semanas, a través de lenguaje de señas pues tenía discapacidad auditiva, dio a entender que quien aparecía allí reseñado era su papá, asesinado en la masacre de 2000 de Capaca (Bolívar). Él tenía el dolor guardado y ver ese nombre en el museo para él tenía una importancia monumental.

“Cada nombre que está en ese árbol es para el buen nombre de la persona que murió, que de pronto en algún momento fue estigmatizado o fue señalado de uno u otro bando, pero para los familiares verlo allí es de una dignidad enorme”, explica Soraya Bayuelo, directora del colectivo de comunicaciones.

Cuando se creó en el país el Centro Nacional de Memoria Histórica y llegó a su dirección Gonzálo Sánchez, esa entidad empezó a trabajar de la mano con el colectivo de comunicaciones Montes de María y fue a través de ese centro que se gestionaron los recursos de la embajada de Francia que hicieron posible la realización de El Mochuelo. Sin embargo, ya para su inauguración el CNMH estaba en cabeza de Darío Acevedo, quien asistió a ese evento en El Carmen de Bolívar y “lo que vino a decir aquí es que ya las historias de las víctimas están supremamente contadas y que en adelante le iba a dar más apoyo a las memorias de los militares”, cuenta Soraya.

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Desde entonces, la relación de El Mochuelo con el CNMH se rompió y no ha habido nuevos contactos. “En este momento histórico el CNMH niega la memoria, niega el conflicto, y nosotros estamos justamente diciendo lo contrario. Por eso ahora no contamos con ese centro para nada, ni tampoco queremos contar”, puntualiza.

Aún sin el apoyo del CNHM, el Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos (CIPDH), adscrito a la Unesco, incluyó al Mochuelo en su mapa interactivo sobre iniciativas que hacen memoria sobre graves violaciones de derechos humanos alrededor del mundo. Es la única iniciativa colombiana en ese mapa.

“Hoy, ante una negación del conflicto, una política de Gobierno dirigida a la negación de la memoria, nosotros estamos tratando de levantar este museo como un estandarte que dice que aquí hay otros relatos, más allá del relato oficial. Uno que sale desde las entrañas, desde el sentir, el duelo, el sufrimiento y la resistencia de las víctimas del conflicto armado”, sentencia Soraya Bayuelo.

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