Javier Porras, el cura que pacifica y construye memoria histórica en Caldono (Cauca)

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Con arte y resignificando lugares que impactó la guerra, este cura caucano le apuesta a la reconciliación. El muralismo y la adecuación de lugares, antes usados para fines del conflicto armado, son la clave para sus apuestas de construcción de paz.

El conflicto armado en el Cauca y la vocación de Javier Porras, un sacerdote caldoneño, lo han forjado como un autodidacta experto en resolución de conflictos, que utiliza los valores de la religión católica para ser mediador de problemas que la guerra dejó en Argelia y en su natal Caldono.

Hace poco más de 10 años salió del Seminario Mayor de San José de Popayán para trasegar por corregimientos y veredas caucanas que estaban siendo carcomidas por las armas y la desesperanza. Su primera gran parada, que duró cinco años y medio, fue en El Plateado, zona rural de Argelia. Allí vivió feroces combates entre las antiguas Farc, el Eln y residuos paramilitares, y revivió las sensaciones de lo que significa vivir con miedo a raíz de una guerra que se quiso llevar todo por delante.

“En El Plateado la situación en temas de seguridad nunca ha dejado de ser compleja. Es un sitio en el que no hay Policía y que tiene retirado al Ejército. Sin embargo, en medio de la complejidad, aprendí que aunque se esté en contextos tan difíciles, siempre habrá rutas para intentar armonizar y mostrarle a la gente que hay cosas mucho más fuertes que las armas y el terror que unos pocos quieren impartir”, comentó Porras.

Justamente, en ese corregimiento fue en el que el sacerdote vio los primeros pasos rudimentarios del proceso de paz entre el Estado y las extintas Farc. Fue testigo directo de cómo los guerrilleros dejaban las armas y se reincorporaban a la vida civil, ayudó a reencontrar familias e hizo campañas de integración para que los habitantes de esa zona de Argelia vieran que el perdón podía llegar a tocar más puertas que los rencores y las enemistades del conflicto armado.

Los días en El Plateado terminaron para Porras hace cuatro años, pero su rol como constructor de paz apenas estaba comenzando y desde Popayán decidieron que su próximo destino tenía que ser el pueblo que lo vio nacer, crecer y huir para sobrevivir en medio de las 244 tomas armadas que las Farc perpetraron en Caldono.

Según Porras, “más allá de la reparación en cuestiones materiales, Caldono necesitaba tener armonía espiritual para tratar traumas acumulados que difícilmente se podían superar. Allí, más que nunca, supe que mi oficio como sacerdote no se podía limitar a la eucaristía y los sacramentos, sino que debía trascender a lo social para reconstruir una alegría que se fue tanto con los muertos que dejaron las armas como con los cientos de caldoneños que huyeron para jamás volver”.

La memoria histórica fue para el padre Porras y su comunidad el primer paso ineludible para hacerle ver a la gente que Caldono estaba listo para cerrar la página del dolor y entrar en una etapa de reconciliación con ellos mismos y con todo aquel que en su momento les hizo un daño difícil de olvidar. Fue así como los esfuerzos se centraron en recuperar el cerro de Belén, el punto más alto del municipio, desde donde se aprecia una panorámica completa del pueblo., pero cuya historia la marcan más los malos recuerdos que los momentos de unión comunitaria.

“Este cerro, desde que el conflicto armado llegó a Caldono, ha sido escenario de muchas etapas. Hace unos 30 años era un lugar de reunión para familias y amigos que hacían fogatas. Posteriormente, con las tomas guerrilleras nadie volvió por allá y se convirtió en un punto estratégico de las Farc para lanzar pipas y tatucos con dirección a la estación de Policía. Por supuesto no lograban su objetivo y en vez de bombardear la estación, acabaron con el pueblo. En su momento el cerro de Belén también fue una base militar, pero cuando la guerrilla retomó el control dejaron toda la subida minada y a merced de nadie”, aseguró el padre Porras.

Esta dinámica cambió en 2017, año en el que los caldoneños, impulsados por el sacerdote, pidieron ayuda al Ejército para desminar la subida al cerro y transformarlo nuevamente en un espacio para el goce de las personas. Montaron un parque infantil, adecuaron un letrero que resalta en la montaña, que reza la frase “Yo amo a Caldono” y comenzaron una campaña para que los caldoneños que abandonaron su tierra por la violencia regresaran a sentar raíces.

Además de la limpieza de calles, de las varias remodelaciones a las fachadas de las casas para que no se vieran los tiros de metralleta que dejó la guerra y de los mensajes a los paisanos que decidieron irse, el padre Porras encabezó jornadas de muralismo por todo Caldono para utilizar al arte como instrumento de memoria colectiva, en clave de mostrar relatos de las lecciones y los dolores que les dejó el conflicto armado, pero a su vez, como mecanismo de resistencia ante las nuevas violencias que persisten.

La identidad indígena de Caldono es la protagonista de esas expresiones de arte. Desde rostros que muestran el dolor por haber perdido lo que más amaron, hasta manifestaciones de tenacidad o fortaleza de los pueblos misak y nasa, las calles de Caldono hablan por sí solas y dan fe de que independientemente de los problemas que vengan, permanecerán unidos y sin temor.

Esto a pesar de que, por ejemplo, en el municipio persistan roces entre las leyes indígenas con las ordinarias. Si bien más del 70% de Caldono es perteneciente a un pueblo étnico (sea misak o nasa), ha habido encontronazos entre estos pobladores y campesinos locales por ajustar normas en el posconflicto, como lo relacionado al uso de tierras o la ejecución de proyectos productivos.

Aún así esto no ha desviado nunca la atención de la memoria histórica enfocada en los indígenas. Es de conocimiento público en Caldono que fueron ellos, desde sus cabildos hasta el centro del municipio, los que más resistieron los ataques de las antiguas Farc y las expresiones de arte que honran su memoria son muestra de ello.

Aquellos murales, con cientos de colores, que impulsó Javier Porras también han sido en los últimos años una excusa perfecta para que en el pueblo se reúnan durante fiestas patronales u otras actividades propuestas por la comunidad. Alrededor de ellos se han llevado desfiles, interpretaciones de bandas marciales locales y concursos de danza, en los que solo hay cabida para la diversión, que en su momento la arrebató la guerra o el rencor.

“Desde que comenzamos con estas campañas la gente se ha entusiasmado en volver y apelar a sus raíces. Vemos murales, y vamos a los cerros de Belén y el alto de Los Reyes. Todos se quieren unir con historias de vida y entre todos preparamos pequeco, un plato sencillísimo que es típico de Caldono, en el que mezclamos sardinas con arroz y nos reventamos de risa al lado de una olla. Eso es Caldono, justamente… gente sencilla, noble y que con muy poco aprende a vivir tranquila. Mi tarea de llegar al corazón de mis paisanos es sencilla porque tienen su corazón siempre listo para dar lo mejor de ellos y, sobre todas las cosas, a perdonar. Acá a nuestros encuentros han llegado exguerrilleros que en el pasado nos mataron e hirieron, pero que ahora quieren vivir con su gente. Muchos de ellos fueron compañeros míos de colegio y porque los conozco me da mucho orgullo su valentía de querer resarcirse”, relató Porras.

El desarme de las Farc significó en Caldono un desescalamiento de los hostigamientos y tomas que destruyeron al pueblo entre 1993 y 2014. Sin embargo, como pasa en más zonas del país, su espacio de influencia fue tomado por otros actores armados, como frentes de guerra del Eln y una guerra incesante entre las estructuras disidentes Dagoberto Ramos y Jaime Martínez.

Para el padre Javier Porras, esto se debe en gran medida a los incumplimientos que el Estado ha tenido con los procesos de reincorporación en esta zona del Cauca, alegando que “aquí existen genuinas voluntades de paz, pero por la falta de acompañamiento y de garantías de este Gobierno en particular hemos visto cómo hermanos nuestros han vuelto a la guerra y, consecuentemente, eso permita que la zozobra no se vaya de Caldono”.

Porras, líder indiscutible en su municipio sobre temas de memoria y reconciliación, insiste en que si no se le pone un especial cuidado a la violencia armada reciclada que se está cocinando en Caldono, los esfuerzos de paz podrían verse afectados, hasta tal punto que la gente pierda su confianza en ellos y vuelvan los días de dolor.

“Aunque ahora no suene un tatuco y se vea más unión, hay otras cosas que generan guerra y que nos resistimos a creer. Mis mensajes de paz van a continuar, pero también pido ayuda. No tenemos por qué cumplir con funciones estatales, porque se supone que por ley nos deben cobijar. Seguimos en la lucha y veremos cómo poco a poco la gente comenzará a ver que acá hay un ambiente diferente en el que manda la paz”, concluyó.

Entre los proyectos que se le avecinan al padre Porras está continuar con una alianza que forjó entre su parroquia, la Alcaldía, cabildos y colectivos de excombatientes para darle continuidad a jornadas de relatos de perdón y verdad; en los que se sueña con construir, pronto, un museo de memoria indígena y que muestre cómo el segundo municipio con más tomas armadas guerrilleras durante el conflicto logró sobrevivir para contar sus relatos.

Caldono sufrió y posteriormente resistió barricadas por parte del Ejército Nacional. Sus calles fueron testigo de más de 500 hostigamientos por parte de este antiguo grupo subversivo entre 1993 y 2014 y ahora, como saldo de personas dadas por desaparecidas, a la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas Por Desaparecidas (UBPD) le fue notificada por Omaira Guainás, líder indígena local, que allí hay al menos 20 personas en esta condición, cuyo paradero es la caja de pandora para descubrir nuevas verdades de la guerra en Caldono, instrumento clave para analizar más profundamente la guerra y seguir adelante comunitariamente.

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