La paz cotidiana, una apuesta para la convivencia en Cundinamarca

Roberto Moya, gerente de la Agencia para la Paz y el Posconflicto de Cundinamarca, hace un balance de la entidad creada hace tres años, justo el día en el que se firmó el primer acuerdo de paz con las Farc en Cartagena.

Roberto Moya, gerente de la Agencia para la Paz y el Posconflicto de Cundinamarca. Archivo Particular

Fue una promesa de campaña del entonces candidato Jorge Emilio Rey, así que apenas se posesionó como gobernador de Cundinamarca puso en marcha la creación de esta Agencia, convencido de que la nueva entidad podría articularse con la institucionalidad que se creaba en virtud del Acuerdo Final firmado entre el Estado y las Farc. Por el camino tuvieron que cambiarle el enfoque al trabajo y hasta se quedaron con ganas de cambiarle el nombre para quitar la palabra Posconflicto y dejarla así: Agencia para la Paz y la Convivencia.

Roberto Moya, quien lideró la agencia durante los tres años que lleva de creada hace su balance sobre lo que significó trabajar los conceptos de paz y posconflicto en un departamento que fue neurálgico durante el conflicto, por ser el territorio que alberga la capital del país y, por lo tanto, el paso obligado de los grupos armados ilegales que quisieron llegar a controlarla.

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En la década del 90, se conseolidó la presencia de las Farc en Cundinamarca con la decisión de esta guerrilla de llegar a Bogotá. En ese momento llegó a tener siete frentes, pero para el año 2000 alcanzó a subir a doce estructuras de esta guerrilla controlando buena parte del departamento. Por su parte, las autodefensas que se establecieron a finales de los 80 se consolidaron en lugares como Rionegro, Pacho, Yacopi y Villagómez. La lucha entre ambos grupos dejó más de 500 víctimas en un solo año (2002-2003). A mediados del año 2008, la acción del Estado desmanteló casi todas las estructuras de las Farc, mientras que la mayoría de los paramilitares se desmovilizaron (los que entraron al proceso se reagruparon en otras zonas como Casanare y Meta).

¿Cuáles son los principales logros de la Agencia?

Este es un departamento especial por tener en el centro a la capital de la República, este es un polo de desarrollo de 9 millones de habitantes y por eso empezamos a hablar de la paz cotidiana. Analizamos como se puede trabajar la paz en la familia, la escuela, en la vereda, en el parque, en la tienda, en las Juntas de Acción Comunal.

¿Qué acciones puntuales realizaron para desarrollar ese concepto?

Hicimos Foros Vive la Paz Cotidiana en todo el territorio; invitamos a las autoridades municipales a todos los empleados y contratistas, a las juntas de acción comunal a estudiantes de 10 y 11 de bachillerato y en cada foro les preguntamos qué era lo que les intranquilizaba, qué les quitaba la paz y empezaron a salir cosas maravillosas. Los estudiantes, por ejemplo, nos contaron que lo que les quitaba la paz era el matoneo, los desencuentros entre los padres de familia y los profesores, la falta de preparación de los profesores. En cada vereda, por ejemplo, analizamos cuáles eran los problemas de convivencia y desmenuzar las razones que alteraban la cotidianidad.

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¿Cómo recogieron esos testimonios?

Hicimos casi 8.000 video encuestas. Ahí descubrimos que los ciudadanos, en general, consideraban que el chisme era el principal factor que les quitaba la paz, después estaba la falta de solidaridad, la falta de tolerancia, la falta de respeto por los demás. Una de las actividades que hicimos por los barrios fue esta: repartimos kits de aseo a todos los habitantes del casco urbano, con trapero, escoba, cepillo y un balde y los invitamos a asear la calle, la cuadra, y les dejamos el mensaje de que limpiaran su calle, limpiaran su casa, limpiaran su corazón y se descargaran de broncas, odios, envidias y problemas; les dijimos que sacaran todo lo que les incomodaba. Luego presentábamos una obra de teatro para llamar la atención sobre cómo se debe hacer la convivencia entre vecinos y cómo actuar dejando atrás los odios.

¿Y cuál fue el resultado de ese ejercicio?

Nos encontramos con situaciones como esta: en una cuadra había dos señoras que no se hablaban hacía más de un año porque un día sus hijos se pelearon mientras jugaban con el balón. Los muchachos al otro día volvían a jugar, pero las señoras seguían sin hablarse; entonces las convencimos para hacer actos de reconciliación delante de los vecinos de la cuadra. También promovimos el trabajo comunitario, que siempre ha existido en el campo, lo hacían antes los abuelos. Salían a rozar el pasto en los caminos vecinales, por ejemplo. Lo que hicimos fue dar recursos los invitamos a que ellos mismos convocaran las jornadas, se reunieran e hicieran el trabajo. Así se hicieron cientos de convites donde todo el mundo trabajaba.

¿Qué encontraron en esas zonas más afectadas por el conflicto?

Le cuento la experiencia de Viotá, un municipio donde históricamente hubo violencia, allá nacieron los curas rebeldes, todo el Concejo llegó a ser comunista, hubo muchos ataques muy violentos. Hicimos un proyecto piloto con cerca de 30 campesinos, líderes de JAC y exguerrilleros en proceso de reincorporación y los llevamos al Parque Panaca. Allá tuvieron una capacitación de un mes. Al comienzo parecían extraños, pero luego decidieron en qué proyectos podían trabajar juntos y definieron, por ejemplo, hacer senderos ecológicos en las montañas en las que los guerrilleros pasaban los secuestrados, ellos mismos hicieron el proyecto para llevar la gente a conocer esos lugares. Se adecuaron unas fincas para hacer turismo y allí se llevaron unos baristas y pusieron una empresa de degustación de café de la región. Y así se crearon varios proyectos apoyados por la secretaria de gobierno, la agencia para la paz, la secretaría de cooperación y el Instituto de Cultura y Turismo.

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¿Y para los otros municipios qué acciones emprendieron?

Creamos el túnel de la paz que es un habitáculo de 17 metros de largo, por cuatro metros de ancho, por 3,50 metros de alto, que tiene tres compartimientos. El primero es una casa campesina que fue víctima de una toma guerrillera, los habitantes de esa casa tuvieron que huir para salvar sus vidas; el segundo es una sala de espejos, allí se pueden oír y ver los testimonios de las víctimas en audio y video; en el tercero están cuatro mesas y un sonido envolvente para ser testigos de cómo la familia que había salido desplazada en el primer compartimento se estaba reconstruyendo, gracias a tener un proyecto productivo a que los hijos pudieron estudiar. Al final se le entregaba al visitante un papelito para que escribieran su impresión de la experiencia.

¿Y qué resultados obtuvieron?

Ese túnel lo construyó Maloka y ha estado itinerando en varios municipios. Lo reciben los alcaldes y van desde los estudiantes de las escuelas y colegios, hasta los comerciantes, los adultos mayores, las Juntas de Acción Comunal. Entran hasta 400 personas al día. Y las reacciones eran variadas, los niños decían ‘yo no he vivido la guerra, pero quisiera que nunca más sucediera’, la gente mayor se acordaba de lo que habían pasado y salían llorando. 

Por ejemplo, hablamos de la paz administrativa. Íbamos por las alcaldías hablando con los empleados y descubrimos el mal ambiente laboral. Gente que trabaja todos los días en el mismo espacio y no se saluda, ni se despide. Hicimos trabajo con ellos. Y les preguntamos a los más antiguos por las políticas buenas que habían tenido las administraciones anteriores; todos contestaron que había muchas y muy buenas, pero cuando les preguntamos si las habían continuado todos dijeron que no porque el actual alcalde no era de la misma cuerda política del anterior. Ahí nos falta mucho todavía. Vale la pena seguir trabajando para tener una política pública de paz cotidiana en el departamento, ese sería el ideal para que lo haga la siguiente administración.

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