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Martina Camargo, la voz de la paz en las orillas del río Magdalena

En la celebración de sus treinta años de carrera musical, la Sirena del Gran Magdalena hace un compilado de los retos que ha tenido que afrontar para cantarle a la paz y al medio ambiente como forma de resistencia ante el extractivismo y las balas en el centro y el sur de Bolívar.

En plataformas digitales de música, Martina Camargo tiene compilados más de 32 sencillos. / David Lara Ramos

San Martín de Loba era un pueblo agrícola y pesquero de bagre y bocachico por excelencia. Su cercanía al río Magdalena lo hacía un sitio ideal para sembrar maíz, papa y yuca, y posteriormente transportarlos de manera rápida, por vía fluvial, hacia subregiones aledañas como la Depresión Momposina o el Magdalena Medio. Sin embargo, esta tranquilidad la borró la familia Úsuga desde 2008, con una estructura criminal que hoy se conoce como Clan del Golfo. A su vez, desde esos años, con un pico en 2014, la Universidad de Cartagena reportó los daños que el mercurio usado en la minería dejaba en la zona.

Allí nació Martina Camargo, mujer que desde su niñez ya conocía su destino: ser cantadora de tambora ancestral. Su padre, Cayetano Camargo, llevaba ese ritmo en la sangre y se lo supo transmitir por medio de composiciones y cantos para preservar la tradición. Este hombre fue de los primeros, según ella, en cantarle al medioambiente en el Bolívar meridional.

En su infancia, junto con sus tíos y primos, creó la agrupación Aires de San Martín, con la que participó en los festivales de tambora de su municipio desde 1988. Ese fue el primer acercamiento a las letras que a lo largo de su carrera le iba a dedicar al río.

Sin embargo, no eran los aspectos coloridos de San Martín los que iban a definir su canto. Conforme pasaban los años y la minería acaparaba las miradas de grandes multinacionales, cientos de campesinos de las subregiones se marginaban de sus actividades para adaptarse a las nuevas necesidades que les imponía la industria. “La gente, además de abandonar la agricultura, permitió que el municipio comenzara a tener una contaminación social, en la que sujetos de otro lado llegaban y tenían otras costumbres que dañaron nuestra esencia”, le contó Camargo a El Espectador desde Cartagena.

A partir de entonces se dio cuenta de que las luchas por preservar las tradiciones, desde la economía hasta la construcción de tejido social mediante el arte, podrían ser el eje de una carrera musical que resistiera a los abusos que el hombre hace de los recursos naturales.

Un fragmento de su canción Paisaje en tambora evidencia lo que le preocupa de los efectos de la minería y la guerra sobre lo que más ama: “Oye, río Magdalena, aquí te canta la sirena. Eres paisaje divino, perfecta naturaleza. Yo te canto, no dejaré de cantarte, queremos recuperarte. Si tu desaparecieras, ¿qué podríamos comer? Quiero contarte mis penas porque eres muy discreto; en tus aguas tan profundas se guardan tantos secretos”.

Tales misterios del río no son producto de su imaginación. Camargo relata que haciendo un viaje en chalupa desde Barrancabermeja hasta San Martín de Loba encontró cuerpos flotando en el río y, a pesar de tener la intención de levantarlos, su guía se lo prohibió diciéndole que eso podría comprometerla con los grupos responsables de tales crímenes —presuntamente los gaitanistas—. Ella cree que esa imagen la acompañará el resto de su vida.

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Si bien el dolor y la nostalgia por ese tipo de sucesos han marcado su música, es la misma zozobra la que la ayuda todos los días a construir memoria histórica. La contaminación causada por las minas y el dolor que dejaron tanto paramilitares (Úsuga) como guerrilleros (frente 37 de las Farc) en su región le dieron una perspectiva del mundo en la cual la pedagogía y la paz deben ser las protagonistas para que esto no se repita en el futuro.

Sus más cercanos están convencidos de que ella ha llegado a lugares como la Opera House sin perder su esencia. Una filosofía de vida en la que no esconde inconformidades por cómo se entiende la música ancestral desde la política colombiana. “Quiero un país tranquilo, pero para ello el Gobierno se debe fijar más en las artes regionales. Falta mirarlas con más respeto y siento que nos falta mucha ayuda. La plata de las regalías no se ve en lo artístico ni en lo social, como en los campos de difusión”, afirma Camargo con preocupación.

Para que la tradición sea el reconocimiento de lo que identifica su región, Camargo considera de carácter obligatorio que otras voces se sumen a la suya. Si bien en San Martín de Loba siguen su tradición por medio de semilleros temáticos, “la Sirena no puede dar solo su voz, sino que necesita respaldo”, como ella misma cree, para que las balas no retumben y para que sus primeros treinta años de carrera sean la apertura de las expresiones de rebeldía, irreverencia e inconformidad ante los abusos que se presentan en las regiones.

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Camilo Pardo Quintero / [email protected]

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