Un niño menos para las pandillas de Quibdó

Vení Jugá es una iniciativa deportiva que impulsa a los jóvenes desplazados por el conflicto armado a que encuentren otras posibilidades de salir de ambientes de violencia. También es un entorno protector para alejarlos de la delincuencia y el consumo de drogas.

El 7 de diciembre se hizo la clausura de Vení Jugá con un desfile. Quieren que sea una escuela deportiva. / Mauricio Alvarado

A sus 19 años, Laura Pino viajó por primera vez fuera del país. Se fue a Ginebra este 16 de diciembre, invitada por el Comité Olímpico Internacional para hablar en nombre de los niños y niñas que viven en Villa España, un barrio en la Comuna 1 de Quibdó (Chocó) construido para familias desplazadas por la violencia.

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Y hablará en nombre de estos chicos porque ella es el vivo ejemplo de que se puede encontrar una salida honesta y profesional mediante el deporte, a pesar de crecer en un ambiente de violencia.

Villa España, al igual que los barrios Casablanca, El Futuro y Villa Esperanza, por mencionar algunos, son territorios en disputa entre grupos de desmovilizados del paramilitarismo y pandillas juveniles. Se dedican al expendio de sustancias psicoactivas, al robo, las amenazas y el cobro de vacunas en los pocos negocios que estas personas en condición de pobreza pueden montar. Son los modelos a seguir para los niños, el futuro más cercano que creen tener por la seducción de la plata fácil y la vida sin “Dios ni ley”.

Esa, probablemente, iba a ser la opción de vida de Laura. Llegó a Villa España desplazada desde Bojayá con su mamá, más o menos en el 2005, en lo que alcanza a recordar. Se acostumbró a crecer sola, porque su mamá salía todo el día a buscar el sustento diario. Creció con sus amigos del barrio, sin darle importancia a lo que le dijeran sus abuelos o su madre. “Era una pelada de la calle, sin rumbo”, cuenta.

Laura Pino

Lo que la alejó de ese mundo fue conocer la Asociación de Jóvenes Desplazados Nueva Imagen en Unión (Ajodeniu), creada hace más de 15 años por adolescentes de Villa España que querían derribar el estereotipo de que los desplazados son delincuentes.

Por eso, esa Laura que está sentada en un sillón de su casa ya no se parece a la niña rebelde que nos mencionó. Es tranquila al hablar y risueña. Ahora está estudiando Educación Física en la Universidad Tecnológica del Chocó. Quiere ser futbolista profesional o entrenadora, porque dice que es su única pasión. Desde pequeña ha practicado este deporte como volante y delantera con el apoyo de Ajodeniu.

Para esta organización, el deporte es transformador. Empleando el fútbol, el voleibol y el básquetbol están trabajando con niños y niñas que están bajo el riesgo de ser reclutados por las pandillas, el trabajo infantil, el consumo de drogas, la delincuencia o la prostitución. “Un niño que esté en Vení Jugá es uno menos para las pandillas”, dice Jamilton Robledo, uno de los fundadores de Ajodeniu.

Vení Jugá es el nombre que le dieron a este proyecto cuando encontraron el respaldo del Comité Olímpico Internacional y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), quienes financiaron este proyecto, al igual que en Buenaventura, por tres años.

ACNUR los apoyó con el mejoramiento de la cancha en el Colegio Pedro Grau, con uniformes, balones, guayos y pendones. E hizo de puente para que algunos jóvenes de Villa España se capaciten en el SENA en formación deportiva.

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El programa alberga a 120 niños y niñas, afros e indígenas de 10 a 18 años para que elijan entre los tres deportes, semanalmente vayan a los entrenamientos y participen en competencias municipales y nacionales. El único requisito que deben cumplir para entrar es estar en el colegio y mantener un buen desempeño académico y disciplinario.

“Más allá de que sean grandes deportistas, queremos que sean gente de bien, que hagan su proyecto de vida y le aporten a la sociedad”, señala Richard Flórez, coordinador deportivo de Vení Jugá y otro de los fundadores de Ajodeniu.

Al tiempo de la formación deportiva, Richard, Jamilton y el resto del equipo realizan talleres con los padres y niños en mecanismos de autoprotección, educación sexual, valores y pautas de crianza con los padres. Les ayudan con refuerzos escolares y además les brindan acompañamiento psicológico.

Son niños y niñas que sufrieron abusos sexuales, violencia intrafamiliar; se enfrentan a la drogadicción, los embarazos adolescentes y la discriminación. Ellos tienen el respaldo de Yasiris Pérez, quien vive también en Villa España y que, tras estudiar Trabajo Social, decidió aportarle a Vení Jugá desde la parte psicosocial.

“Hacemos visitas domiciliarias para conocer el entorno familiar y social. Hemos hecho una red de protección para que los niños no se movilicen solos entre los barrios por las fronteras invisibles y así estén más seguros. Y acompañamos a los controles a las niñas que quedan en embarazo. Seguimos su estado de ánimo, pues se ven obligadas a abandonar el programa por cuidar a su hijo o hija”, resalta Yasiris.

Laura comenzó como participante y ahora es una de las instructoras que apoya a los entrenadores. Tras terminar su carrera quiere seguir apoyando el programa, “enseñarles a los chicos lo que yo viví y lo que cambié en mi vida” con el fútbol, dice ella. Su disciplina fue la que la llevó a Ginebra, donde estará hasta el 20 de diciembre contando cómo ha sido para ella esta experiencia.

La clausura del programa Vení Jugá se realizó el pasado 7 de diciembre. Los niños salieron con sus respectivos uniformes en una marcha desde Villa España hasta el Colegio Pedro Grau, donde hicieron demostraciones deportivas y culturales. Se acabó un ciclo, la financiación del Comité Olímpico se terminó, pero el programa no termina ahí.

Jamilton afirma que están trabajando para que Vení Jugá se convierta en una escuela deportiva y tenga el apoyo económico de la Alcaldía de Quibdó y la Gobernación de Chocó. También están analizando si los padres, con los cuales han construido lazos de confianza, puedan realizar un aporte muy pequeño más adelante para sostener el programa y los niños no se queden sin nada que hacer en su tiempo libre.

En esa lucha siguen. Sin embargo, ya han hecho bastante. Vení Jugá y Ajodeniu se han ganado el respeto de la comunidad y de las pandillas, que no interfieren en sus actividades. El programa ha logrado fortalecer vínculos familiares y comunitarios, crear en los jóvenes la posibilidad de salir de esos escenarios de violencia y, sobre todo, ser un mecanismo de protección efectivo para que estos niños no caigan en los riesgos y traumas que deja el conflicto armado.

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Carolina Ávila - @lacaroa08

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