Construir la paz requiere un mínimo debate: Instituto Colombo-Alemán para la Paz

El director del instituto, Stefan Peters, asegura que para pasar la página del conflicto se requiere abrir espacios de discusión pacífica entre bandos políticos opuestos o entre quienes se enfrentaron de manera violenta.

El director del Instituto Colombo-Alemán para la Paz (CAPAZ), Stefan Peters. / Mauricio Alvarado

El Acuerdo de Paz entre el Estado colombiano y la extinta guerrilla de las Farc está a pocas semanas de cumplir sus dos primeros años y los resultados parciales hasta el momento son objeto de discusión. Para abrir el debate, el Instituto Colombo-Alemán para la Paz (CAPAZ) y la Embajada de Alemania realizarán hoy y mañana, en la Universidad Externado de Bogotá, el primer congreso internacional “La construcción de paz: balance y perspectivas”. El director de CAPAZ, Stefan Peters, asegura que presentarán los resultados de una investigación sobre estos temas: justicia transicional, las desigualdades sociales, la paz ambiental y la memoria histórica, los cuales serán discutidos con un grupo de expertos. El objetivo: “Que se discuta sobre cómo va la paz; que se discuta pacíficamente. Que haya diferentes opiniones y un mínimo de debate”.

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¿Qué tipo de resultados han obtenido tras los estudios?

Hallazgos, por ejemplo, en los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación (ETCR), precisamente en la relación entre las comunidades civiles y los excombatientes de Farc. Encontramos que los problemas en los ETCR tienen mucho que ver con la parte productiva, con la comercialización de sus productos agrícolas. Pero también uno de los problemas es si se piensa en los ETCR de manera aislada.

¿Cómo así?

Hay que pensar en lo integral: tanto en las zonas rurales, tanto en los alrededores de los ETCR, como también en general. La paz en los territorios. Si pensamos en eso, debemos tener en cuenta el desarrollo rural en temas de salud, educación, posibilidades laborales y productivas ,así como de convivencia.

¿A qué desafíos se enfrentan los ETCR?

Uno de los grandes retos es justamente la parte productiva, pero también sobre qué pasará en el futuro: las perspectivas para los excombatientes. Ese es uno de los temas importantes. Si miramos hacia el suroccidente del país, sabemos que allí la economía de los cultivos ilícitos está en auge y sabemos que está la seducción del dinero fácil.

¿Qué tan altas son las posibilidades de rearme?

Sabiendo que en los ETCR hay gente que sabe manejar armas, si allí el proceso de la reincorporación no es exitoso, entonces vamos a correr el riesgo, lo que ya es muy grave y eso va a ser mucho más difícil. Aquí vemos claramente que ese tema debe ser de gran importancia para todos los gobiernos. Si ese tema no es exitoso, corremos el riesgo de tener nuevos conflictos.

¿Cómo evitar que los excombatientes vuelvan a las armas?

En primer lugar, proyectos productivos y la comercialización de esos productos. Pero también temas como infraestructura social. Creo que —insisto en eso— no deben pensarse estos espacios de manera aislada, sino conjuntamente con su entorno.

¿La presencia de actores armados en los alrededores de estos espacios amenaza el acuerdo?

Sí. Vimos en otro estudio que si bien es cierto que a escala nacional hay buenas noticias, en cuanto a la reducción en el número de víctimas, si nos fijamos en algunos territorios, eso no es tan así. En algunos territorios como Tumaco la comunidad no ha vivido en paz. Allí hay una paz bastante violenta si pensamos en las amenazas y los asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos. Vemos que en muchos de los lugares remotos están los grandes desafíos para llegar a una paz estable.

¿En qué lugares sí se empiezan a ver los resultados del Acuerdo?

En la mayoría de los territorios, si vemos las cifras, ha mejorado la situación. Sin embargo, hay que ver qué tan estable es eso y en qué sentido vamos a hacer un camino hacia la convivencia, a una sociedad mucho más pacífica y hacia, incluso, la reconciliación. Es un proceso que lleva muchos años. No solo lo vemos en Colombia, sino en comparación con otras experiencias a nivel internacional. Tanto el tema de la construcción de paz, pero también temas como la memoria, la justicia transicional y reincorporación es un proceso que lleva mucho tiempo. Es muchas veces un proceso doloroso y difícil para la sociedad. Ese es uno de los puntos que hay que enfatizar: el proceso de paz necesita un largo aliento. Y eso lo deben saber todos los involucrados.

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¿Qué implica ese largo aliento?

Seguir trabajando, pero a veces la política tiene horizontes muy inmediatos y sabemos que después de un proceso de conflicto tan largo como el colombiano es imposible pensar en que se puede ir más allá de la entrega de armas dentro de relativamente poco tiempo.

¿Cómo tranquilizar el ambiente alrededor del proceso?

Tranquilizar no es necesariamente la palabra. Que se discuta sobre cómo va la paz; que se discuta pacíficamente. Que haya diferentes opiniones y que haya ese mínimo de debate. Esa es una de las facetas importantes para construir la paz, para abrir los debates entre personas que a lo mejor se enfrentaron de manera violenta; entre diferentes bandos políticos, que a lo mejor no se van a poner de acuerdo. Van a seguir teniendo opiniones diferentes. Pero creo que también esa es una de las características de la democracia: tener pluralidad y tener conflicto. Se requiere abrir espacios de debate en el país.

¿Cuál es el papel de la educación en todo esto?

La educación no va a resolver ese problema, pero es clave. La educación para la paz (que en Alemania llamamos “educación ciudadana”) puede contribuir mucho, eso tiene que ver con formación política y jurídica.

¿Cómo acercar esa educación política?

Teniendo, por ejemplo, contenidos como la cátedra de la paz en los colegios y pensar cómo se relaciona la cotidianidad de los jóvenes con el proceso de paz. Eso debe estar en las zonas más remotas del país.

¿Qué logros y fracasos identifican del proceso con las Farc?

Primero, hay que saber que ese acuerdo, desde la diplomacia, es un éxito. Si nosotros miramos la política internacional en los últimos años, es un éxito diplomático. Esa es una de las razones por las cuales la comunidad internacional está mirando lo que pasa en Colombia. Hay mucho interés. Y si miramos los acuerdos, hay muchos temas interesantes para la academia: el modelo de justicia transicional, la reforma rural integral, los cultivos ilícitos. El logro más interesante es que las Farc cambiaron sus armas por votos.

¿Y los fracasos?

Hay un cierto desengaño en lo que es el proceso de paz. Si miramos los cultivos ilícitos, son uno de los grandes fracasos. También las amenazas y asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos.

¿Y retos?

Uno de los más grandes es el tema de las desigualdades sociales. Y uno podría preguntarse cuánta desigualdad puede aguantar la paz.

¿Cómo puede explicarse esa pregunta?

Colombia es uno de los países más desiguales de América Latina, como región más desigual del mundo junto con África subsahariana. Y hace poco la OCDE publicó un estudio con un tema relacionado: la movilidad social y allí lo que se ve es que este tema no existe. Se necesitarían once generaciones para ascender socialmente.

¿Cómo ven la puesta en marcha del sistema de justicia transicional?

En la JEP hay avances importantes. Entre ellos, el caso 002 es sobre Nariño, cuya violencia muchas veces no ha sido visible. Pero también hay temas que preocupan.

¿Cómo cuáles?

Ciertas ideas de cambiar la posibilidad de actuar por parte de la JEP y el acceso a información reservada. Uno de los temas que preocupan es la Unidad de Búsqueda de Desaparecidos, creo que hay que fortalecerla mucho, debe tener más respaldo. Acá parece que hay otros temas más importantes.

Hablaba del caso 002, ¿por qué es importante que la JEP haya priorizado lo que ocurrió en Nariño?

Los indígenas awá son una población que históricamente ha sido marginada y que ha sufrido mucha violencia durante el conflicto y la sigue sufriendo. Si pensamos en el líder awá Holmes Niscué, que fue asesinado hace unas semanas. Esa es una muestra de que la violencia está muy fuerte. Por eso, poner el caso de los awá en el foco de la atención es muy importante.

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Por otro lado, ¿qué relación hay entre los modelos extractivos y la construcción de la paz?

El modelo de desarrollo no se discutió en las negociaciones entre el Gobierno y las Farc. Eso tiene un problema porque lo que sabemos es que los modelos extractivos, a nivel macroeconómico, son propensos a las crisis económicas, que llevan consigo crisis sociales. Segundo, el impacto socioambiental; en muchos casos lleva consigo conflictos socioeconómicos en los territorios. Esos conflictos tienen una dinámica violenta.

¿Qué modelo económico sería afín a la construcción de paz?

La transición no va a ser fácil. Se requiere empleo productivo. Muchas veces el extractivismo no genera empleo productivo. Habría lo clásico de la industrialización, pero eso es un proceso muy difícil. Hay otros temas en discusión, como la economía naranja, pero es un concepto que puede ser para una parte de la sociedad, pero no sé si pueda dar posibilidades de empleo a grandes partes de la población.

¿Qué hay que hacer?

A mi juicio, repensar el modelo de desarrollo y buscar diferentes opciones: una mezcla que sea adecuada para Colombia. Eso no es posible si no se aumenta la productividad y se necesita más educación y menos desigualdad.

¿Qué tan fácil es lograrlo con otros actores armados, como el Eln, en los territorios?

Si queremos más justicia y democracia, no hay alternativa distinta a la paz. Creo que también hay que ver que la paz con las Farc es muy importante, pero todavía quedan otros temas por resolver. Hay que seguir trabajando en una salida negociada con el Eln.

 

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