“Pongo la vida en esta causa”: Francisco de Roux

El sacerdote jesuita que preside la Comisión de la Verdad explica por qué es tan difícil buscar la verdad de lo sucedido en el conflicto colombiano y anima a todo el país a seguir adelante, a pesar del dolor que causarán esas verdades.

Comisionados de la verdad, quienes se posesionaron en sus cargos a finales de noviembre pasado./Archivo.

No quise presentarme a la convocatoria que se abrió para la Comisión. Me presentaron amigos de Bogotá y de Medellín. Yo me resistía. No por los rechazos y las críticas inevitables en un país polarizado como Colombia. No por los riesgos de seguridad, sino porque sabía que la misión era muy difícil y todavía me pregunto si vamos a ser capaces de responder a tantas expectativas. Sin embargo, consciente de que se trata de una entrega por la verdad y la dignificación de las víctimas y la invitación a aceptar responsabilidades y buscar caminos de no repetición, hoy en día pongo la vida en esta causa.

Al ser elegido para integrar la Comisión, tuve que dejar el Centro de Fe y Culturas de Medellín, donde tenía una verdadera comunidad de hombres y mujeres extraordinarios. Y tuve que dejar también a mis compañeros de la parroquia de la Divina Pastora, en la Comuna 13 de la misma ciudad, donde vivía, celebraba la Eucaristía con la gente y compartía todos los días el primer metro de la mañana con los que iban a trabajar a las zonas industriales de Bello e Itagüí.

Pero creo que todavía los costos grandes no han llegado. Nosotros tenemos la memoria de lo que nos pasó en la guerra en los textos del Centro Nacional de Memoria Histórica, y tenemos que pasar a explicar por qué pasó. ¿Por qué llegamos a 8 millones de sobrevivientes entre centenares de miles de muertos, secuestrados, seres humanos rotos por minas antipersonales y más de 82 mil desaparecidos? Y esto es imposible hacerlo sin develar verdades dolorosas e incómodas. Queremos lograr un relato serio y claro que nos ayude a comprendernos como sociedad. Un relato que lejos de acrecentar los odios y los señalamientos nos mueva a construir juntos un futuro compartido desde las diferencias. Pero inevitablemente vamos a ser un signo de contradicción para muchos en un país polarizado y culturalmente traumatizado por la magnitud de la victimización.

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He procurado ser fiel a una vocación humana y cristiana vivida al lado de los pobres en las ciudades y con los campesinos. Es una tarea por la paz y la superación de la exclusión. Fue igualmente la misión que recibí como jesuita. En las circunstancias actuales de Colombia siento que no tengo alternativa si he de ser consistente con este deber de conciencia.

Mi tarea actual es la continuación de un camino largo, de varias décadas, que me ha ido llevando a desafíos cada vez más grandes y complejos. Para mí es claro que los colombianos tenemos que enfrentar serenamente nuestra propia verdad a partir de las víctimas, para poder avanzar hacia la justicia, la equidad y la democracia.

Para mí es parte central de una experiencia interna del misterio de Dios en el silencio y del seguimiento de Jesús, que entregó la vida en solidaridad radical ante nuestro drama personal y social.

Es difícil buscar la verdad en Colombia porque nos penetra un trauma cultural que pasa a través de los discursos políticos excluyentes y los mensajes de la televisión, la radio, los periódicos, a través de Facebook, Whatsapp y Twitter. Vivimos en un mundo simbólico cargado de indignación, rechazos y señalamientos, que tiene su origen en la magnitud de las afectaciones que nos dejó el conflicto armado interno en todos los estratos de la sociedad. En ese contexto es muy difícil ser objetivos, porque solo se recibe lo que está acorde con los sentimientos que embargan a cada uno.

El papa Francisco pasó cuatro días entre nosotros, en 2016. Nos dejó en sus palabras orientaciones para superar este trauma. Pero lo más elocuente de su mensaje lo dio al dedicar un día entero a las víctimas en Villavicencio. Para invitarnos a liberarnos de las disputas cargadas de odios y ponernos al lado de las víctimas de todos los lados para superar el trauma que nos despedaza.

En esta fase de alistamiento de la Comisión nos hemos encontrado con algo muy impactante: el contraste entre miles de personas y centenares de organizaciones que quieren participar en el proceso de verdad, reconocimiento, reconciliación y no repetición. Y, del otro lado, la ignorancia, la indiferencia, los señalamientos y las mentiras contra la Comisión.

Lo primero nos llena de entusiasmo y esperanzas. Lo segundo nos muestra las dificultades y el desafío para conseguir confianza. Las dos cosas son parte de la realidad del país.

El reto más importante que tenemos por delante es la tarea pedagógica, comunicativa y participativa, en la que nos unimos con el esfuerzo de muchas organizaciones y entidades para que la sociedad se apropie de la tarea del esclarecimiento de nosotros mismos como nación y pueblo, después de estar sumergido en tantas décadas de violencia. Y para contribuir a que crezca una pasión por rescatarnos como seres humanos en la verdad, la sinceridad y la determinación de construir desde las diferencias, el país que se merecen las generaciones futuras.

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Terminamos el año haciendo un proceso de consulta con nuestros hermanos indígenas y afrocolombianos que tienen un papel central en nuestra tarea, no solo por la gravedad de las afectaciones que sufrieron durante el conflicto armado interno, sino también porque ha llegado el momento de que el país reciba y comparta su verdad que retrata una exclusión de siglos.

La Comisión pondrá en marcha en el mes de enero el sistema de recepción y protección de información y documentos, y continuará acogiendo el acumulado de conocimiento que sobre el conflicto se tiene en el país.

Hemos empezado el trabajo en las regiones y con los colombianos en el exilio, de nuevo al lado de muchas organizaciones. Se trata del diálogo directo con las víctimas, las casas de la verdad y los equipos móviles, los encuentros de la verdad de diferentes modalidades, las iniciativas de transformación cultural y reconciliación en los territorios entre las personas y con la naturaleza destruida en el conflicto, y la búsqueda de caminos de no repetición.

Un reto particular se nos plantea por el asesinato de líderes de derechos humanos y recuperación de tierras, sobre todo campesinos, indígenas y afrocolombianos. De manera que la tarea de las propuestas de no repetición encuentra esta dimensión espantosa de la violencia que continúa repitiéndose.

Estos meses fueron un tiempo de preparación que nos permitió conocernos (entre los comisionados), clarificar la gravedad de la tarea y nuestras responsabilidades, y unirnos. Cada vez estoy más convencido del acierto que tuvo el Comité de Escogencia con este grupo. Hombres y mujeres generosos que llegaron de andar el país trabajando por los derechos humanos desde distintas instancias. Independientes de intereses políticos, de dinero o de prestigio, conscientes de los riesgos que asumen, que procuran crecer cada día en libertad para buscar la verdad, que no aceptan argumentos de autoridad de ningún lado, que no están en contra de nadie, pero están en contra de la mentira, el miedo y el silencio. Apasionados por el rescate de la dignidad humana entre nosotros.

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