Comisión de la Verdad, con menos recursos para funcionar

El comisionado de la Verdad, Alfredo Molano, quien recorrió la región de la Orinoquia en lo que él llama “la preparación para el esclarecimiento”, cuenta que a la entidad le recortaron el 40% de su presupuesto, lo que dificulta su trabajo en el territorio.

La semana pasada, Alfredo Molano, comisionado de la Verdad, visitó el departamento del Meta. / Cortesía Comisión de la Verdad

El conflicto que pasó por la región de la Orinoquia y la Amazonia dejó al 35 % de su población como víctimas. Los distintos actores armados que combatieron en el Meta, Caquetá, Casanare, Vichada, Guaviare, Guainía, Vaupés y Amazonas infundieron terror, hasta el punto en que hay personas que todavía no quieren o no pueden hablar de lo que les sucedió, o el conflicto fue tan duro que invisibilizó hechos atroces con más barbarie. En esta, la macrorregión más grande en la división del territorio que hizo la Comisión de la Verdad, empezó el despliegue territorial de este organismo extrajudicial que debe averiguar qué, a quiénes, cómo y por qué pasó lo que pasó en la guerra. El comisionado Alfredo Molano, encargado de esta zona, explica que están tejiendo los puentes para recoger los testimonios de todos los sectores, especialmente los de las víctimas. Habla también de cómo y a qué apuntará la investigación de la Comisión en estos departamentos.

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¿Cuál es su balance de este recorrido?

Este es el segundo recorrido, porque el año pasado fuimos a Calamar, El Retorno, San José y Charras, en el Guaviare, a hacer un primer boceto de problemas, perspectivas y maneras de trabajar. En este segundo tenemos prácticamente la sede de la Comisión en Villavicencio. Conversamos sobre la estrategia de comunicaciones y alianzas con los principales medios locales; es decir, tratamos de comunicar quiénes somos y qué hacemos.

También se reunieron con víctimas, ¿qué encontraron?

Encontramos verdades ocultas. El miércoles hablamos con unas mujeres que nos dejaron muy impresionados, porque son víctimas de una masacre que hubo en Caño Jabón (o Puerto Alvira), que no ha sido reconocida por las estadísticas ni registrada en la prensa. Esa es una de las verdades que la masacre de Mapiripán ocultó sin proponérselo. También otras masacres, por ejemplo las de Caño Sibao, en el Meta, fueron ocultadas por el asesinato de una alcaldesa, que fue muy significativo, pero sin proponérselo cumplió esa función.

Recientemente en Colombia 2020 publicamos un artículo sobre la violencia que sufrieron las mujeres indígenas nukak por parte de actores armados y colonos blancos y nunca habían hablado de eso, ¿abordarán este tema?

Sí, la violencia de género tiene un papel protagónico, porque los grupos armados, queriendo tornarse oficiales, entran a una población “pisando fuerte” y eso es atropellando a homosexuales, prostitutas, lesbianas y mujeres en general. Las primeras víctimas son ellas, los niños y la población LGBTI, porque es una mirada superconservadora, superreacconaria y brutal. Pero también están las mujeres indígenas, que sufrieron en la colonización, con los actores armados, los colonos blancos, etc. El mestizaje que se ve mucho en estas comunidades es inclusive por el Ejército Nacional. Garantizaremos el enfoque de género; hay un grupo de personas nombradas para esto, que es transversal. Está atravesando cada una de las acciones que nosotros vamos a hacer.

¿Cómo harán su investigación?

Estamos comenzando con una metodología diferente. Normalmente cuando se dice “vamos a los territorios”, es a comunidades rurales; pero estamos cambiando esa lógica, iremos a barrios donde hay miles de desplazados para comenzar por ahí el trabajo, entender quiénes son, de dónde vienen, por qué fueron desplazados y después, con ese material, vamos a ir a las zonas de donde vienen y contrastaremos.

¿Cuáles son los principales temas por esclarecer en esta región?

Creo que hay dos crímenes importantísimos, porque son la condensación del terror: la masacre y la desaparición forzada o el castigo ejemplar. Nos contaban que había un personaje que arrastraba a la gente durante seis kilómetros, atada a un camión hasta que el cuerpo quedaba completamente destrozado y la llevaba a la plaza del pueblo. Se lo hacía a un raspachín, a alguien que nadie conoce ni reclama, pero que infunde el terror. Lo mismo que una masacre. En las masacres de Caño Sibao desplazaron a miles de personas: locales, campesinos, colonos, autoridades. Y la desaparición forzada, que es uno de los castigos ejemplarizantes de largo plazo. La mamá de un muchacho desaparecido lo espera toda la vida, todas las noches, en cada cosa que hace.

¿Y la gente ya ha empezado a hablar?

Ya han empezado a contarme muchos de los hechos que recuerdan y lo hacen con un color y con un realismo sorprendente, con detalle, el color preciso, la hora, el sitio. Nos contaban que en esas veredas de al lado de Caño Sibao, en el año 89 y 93, después de las masacres, hubo 350 muertes, en dos o tres veredas, que estaban en la margen izquierda del río Ariari. Hay una paradoja: en la margen derecha del Ariari estaba la guerrilla y en la izquierda, los paramilitares, quienes resolvieron limpiar su zona para acomodarse ahí. Por eso existen las masacres de Caño Sibao y las matanzas sistemáticas de campesinos y colonos en la margen izquierda. Se ha hablado mucho, pero no se ha explicado nada, ese es un reto.

Ser Comisión de la Verdad en un territorio donde todavía hay conflicto es un desafío grandísimo, ¿cómo lo afrontarán?

En esta zona he andado mucho desde los años 80, salvo los años de exilio, me he movido por acá frecuentemente. Para mí lo único que cambia es que ahora soy comisionado de la Verdad y llevo una responsabilidad moral muy grande. Le digo francamente: no me acostumbro a ser funcionario público, me siento en otro vestido. Veo que la gente nos cree porque sabe que no mentimos. Estamos en la fase de preparación para el esclarecimiento; es decir, no hemos recolectado testimonios. Lo haremos cuando la gente tenga confianza.

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¿Y la seguridad?

No me preocupo mucho por eso, pero sé que seremos depositarios de hechos confidenciales, de señalamientos concretos, de confesiones, pues vamos volviéndonos un objetivo destacado. Un peligro. Tendremos cuidado. Esperamos que la gente vaya a las Casas de la Verdad, pero si no lo hace, nosotros salimos a buscarla; esto no se hace desde el escritorio, esperando que nos lleguen a contar sus verdades y sus dolores, no le tenemos miedo al caballo ni a la lancha ni a la flota ni a la trocha.

¿Hay gente que tiene miedo de hablar?

Sí, hay mucha gente que tiene miedo de hablar. Hubo una primavera en 2016 y 2017 en la que la gente pensó: bueno, ya se acabó esto; aquí no hay paramilitares, la guerrilla dejó las armas, es posible respirar y andar. Pero cuando empezaron a cambiar de pensamiento, aparecieron los grupos de disidencia que vienen moviéndose. Eso contribuye a que renazca el miedo y a que la gente vuelva a su silencio.

¿Cómo va a ser la participación de la comunidad?

Tenemos varios puntos. Uno, la comunidad nos tiene que abrir las puertas para poder entrar y las llaves las tienen las Juntas de Acción Comunales y las mesas de víctimas. El primer contacto será con ellos. Segundo, viene la participación con su testimonio. También queremos adelantar trabajo con encuentros por la verdad, actividades y entrevistas colectivas donde ellos se organicen para defender sus verdades y obstruirle el paso a la repetición de la guerra. Vamos a ser muy cuidadosos, porque debemos asegurar el pluralismo, pero evitar la utilización electoral y política de los Encuentros por la Verdad.

¿Cuándo empezarán a funcionar las tres Casas de la Verdad de esta región?

La casa de San José del Guaviare se abre en ocho días, la de Villavicencio ya está abierta y la de Florencia, máximo en un mes estará funcionando.

¿Es cierto que a la Comisión de la Verdad le quitaron el 40 % de su presupuesto?

Sí.

¿Esto cómo afecta su trabajo en la región?

En un 40 %. Imagínese usted lo que significa un viaje, un desplazamiento en una zona en la que el valor del transporte es altísimo. Además, se tiene que comer, pagar hotel a unos funcionarios. Afecta también el número de funcionarios. Teníamos programados 15, pues ahora solo tendremos siete u ocho por región. Las matemáticas no fallan. Para poder funcionar vamos a planificar de una manera más efectiva, reduciendo al mínimo las salidas; los desplazamientos deben ser específicos. También necesitaremos apoyarnos en la comunidad internacional, en oenegés, en universidades, para que nos apoyen con la información que tienen o con el personal que pueda recoger información. Tenemos que echar mano de lo que se pueda.

¿Cuál es el próximo recorrido?

La próxima salida será al Caquetá en unos diez días. En un mes debemos tener funcionando todo: ¡es que no tenemos sino tres años!

¿Cómo han sido los acercamientos con los empresarios?

“Hemos tenido conversaciones con algunos sectores empresariales. Comenzamos por los ganaderos del Meta, que es un sector poderosísimo. Teníamos mucho miedo de hablar con ellos. Comenzó una reunión tensa que por alguna virtud de la conversación se fue aflojando y se fueron abriendo espacios. Ellos pusieron sus quejas de secuestros, de extorsión, de asesinato de ganaderos, y nosotros fuimos construyendo, sobre esas verdades, otras verdades, hasta que el campo fue despejado. Los prejuicios influyen en las relaciones: ‘Ah, estos ganaderos son superreaccionarios, peligrosísimos, etc.’. Pero al estar frente a frente se nota que las cosas no son tan duras como se ven. Ellos pudieron ver que nosotros no andamos armados, que no somos guerrilleros, que no somos comunistas, sino ciudadanos interesados en la verdad”.