Por: Arlene B. Tickner

Necesaria pero insuficiente

Desde la crisis financiera de 2008 cientos de millones de personas alrededor del globo han salido a las calles a protestar por diversos temas como la democracia, los derechos humanos, la violencia de género, la brutalidad policial, la discriminación sexual y racial, la desigualdad, la injusticia social, la corrupción y el deterioro ambiental. Si bien las revueltas ciudadanas que se han visto en tiempos recientes en Argelia, Bolivia, Cataluña, Chile, Colombia, Ecuador, Egipto, Francia, Haití, Hong Kong, Inglaterra, Irak y Líbano y Londres, son distintas en términos de sus orígenes puntuales, sus reclamos específicos, sus participantes y sus métodos tanto pacíficos como violentos, tienen en común la desilusión con el estado actual de las cosas, el desasosiego acerca del futuro, el rechazo de las elites, los gobiernos y la política tradicional, la importancia de las redes sociales para su organización y difusión, y la satanización por parte de quienes ocupan el poder y se aferran al status quo.

No toda protesta tiene vínculo con los agravios socioeconómicos, pero la creciente brecha en la distribución de la riqueza constituye un motor indiscutible de rabia colectiva. Para la muestra, la ONG Oxfam reporta que en 2018 la fortuna de los 26 individuos más ricos del planeta era equivalente a la del 50% más pobre de la población mundial. El desespero también tiene rostro joven. En los países del Norte y del Sur, las juventudes enfrentan decrecientes oportunidades y precariedad laboral, menor capacidad adquisitiva que la de sus padres y la perspectiva existencial de extinción planetaria provocada por el calentamiento global.

Ver más: Por la puerta de atrás

Pese a que el mundo no ha visto este volumen de movilizaciones sociales desde los años sesenta, estas se han quedado cortas a la hora de materializar la mayoría de los cambios que las personas reclamamos. De allí cabe la pregunta de por qué, al canalizar la indignación, la frustración y las ilusiones de tantas, no ha sido posible transformar el orden existente de manera significativa. Entre los autores que han asumido la tarea de analizar este dilema, Nick Srnicek y Alex Williams, Inventar el futuro: postcapitalismo y un mundo sin trabajo, y Michael Hardt y Antonio Negri, Asamblea ofrecen algunas pistas. Los primeros critican las formas de resistencia del siglo 21 por ser hábitos fugaces que ignoran el carácter sistémico de los problemas y fallan a la hora de proponer alternativas reales. En línea con esto, Hardt y Negri argumentan que quienes sueñan con un mundo más democrático, justo y sostenible no pueden eludir los retos del liderazgo, la formulación de estrategias concretas, la toma de decisiones y la construcción institucional que ocupan generalmente un lugar secundario dentro de los movimientos progresistas. En opinión de ellos, lograr un cambio radical en la economía política global, dominada actualmente por el capitalismo neoliberal, exige abandonar el modelo “clásico” de la protesta -- que corre el riesgo de la instrumentalización y la cooptación – y empoderar a las multitudes en búsqueda de soluciones creativas desde abajo que no se conformen con el simple reformismo.

Todo lo anterior permite concluir que la protesta social, ojalá pacífica, es necesaria más no suficiente para remediar las causas estructurales de la injusticia, desigualdad y violencia en el mundo, entre ellas el patriarcado, el capitalismo, el racismo y el estado-centrismo.

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