Por: Reinaldo Spitaletta

Propaganda negra…

No es extraño que un candidato de la oligarquía acuda a la propaganda negra. Ha sido, en la historia de este país de desamparos, una constante no sólo en tiempos de comicios, sino en otras circunstancias. Pasó, por ejemplo, con Gaitán, al que llamaron los de las clases altas el candidato de la chusma. Y asuntos parecidos.

Digamos que dentro de ese estilo burdo, de acudir a imitación de voces, a imposturas, a falsificaciones, es posible cualquier “guerra sucia”. Y estas tácticas no son nuevas en Colombia y menos en el uribismo. Hacen parte de un viejo modo de ser y actuar de las minorías que han tenido el poder desde hace años. Es soltar el rumor, volver al otro –con el cual no se quiere confrontar en debates- un inepto, o un peligroso enemigo del orden. Un terrorista. O alguien que está en contra de la “democracia”, o de Dios, o de los valores tradicionales, etc.

Así que la presencia del “rey de la propaganda negra” en la campaña del candidato oficial, no es para desgarrarse las vestiduras. Es inherente a un estilo de trabajo. Ante los abucheos, las silbatinas estudiantiles, la decadencia de un gobierno que poco a poco va entrando en el reino de las sombras, el candidato del Partido de la U acude, entonces, no sólo a un relanzamiento de su campaña, sino al juego turbio.

Hay, de otra parte, un fenómeno digno de análisis en estos días electorales. El régimen actual - antipopular por donde se le mire-, está padeciendo un hondo desgaste entre la población; sin embargo, su figura visible, el Presidente, no parece estar todavía quemándose en las llamas del juicio de la gente. Y todo ese cúmulo de atrocidades, como decir la reforma antiobrera, las medidas criminales en la salud, las privatizaciones, el espionaje y persecución a opositores, todo un extenso catálogo de horrores, no se le ha ido encima a su principal promotor, sino a su presunto sucesor.

La transferencia de rechazos está para aquel que, además, ha sido una suerte de veleta en la vida pública del paisito. Todo el horror de los “falsos positivos” o crímenes estatales, no se le atribuye al de más arriba, sino al que fue su ministro de Defensa. El supuesto mesías, el príncipe, parece quedar al margen. Uribe, desde hace rato, supo cómo quedar “limpio”: era como hacer un traslado a sus subordinados. Los imperfectos son ellos.

Así sucedió, por ejemplo, con la yidispolítica. Se visibilizaron más a sus “colaboradores”, como el ministro de Protección Social (?), al antiguo ministro del Interior, que a la cabeza de la serpiente. Pasó lo mismo en la parapolítica, en la cual hasta primos del Presidente están acusados, pero sin afectarlo a él en nada o casi nada. Y así en una serie de arbitrariedades y atropellos, como la privatización de Telecom, la puesta en libertad de un miembro de las Farc, la invasión a Ecuador, las visitas de delincuentes a la Casa de Nariño, en fin.

Como dicen en la calle, el Presidente pasa de agache en muchas cosas; en cambio, el desprestigio del régimen uribista ahora se le pega al candidato oficial, lo cual, por otra parte, lo tiene merecido. Entonces, ante el desbarajuste, ante la voz de alerta de las encuestas (que el uribismo siempre manejó a su antojo), el infante Juan Manuel tiene que apelar a los oficios de un venezolano para que intente salvarlo de la hecatombe electoral. Por lo visto, lo está hundiendo más.

De manera extraña, desapareció el “Estado de opinión” uribista (el Estado de Derecho hace rato duerme el sueño de los justos), también se esfumaron las famosas mayorías construidas con periódicos y noticiarios de televisión, y el infante candidato tiene que acudir a un experto en mentiras y chismes, a una especie de chapulín para aspirar a salir a flote en el naufragio.

Olvidaba decir que la otra parte del estilo perfeccionado en este gobierno ha sido el de la cultura mafiosa, el de “todo vale” y el de la corrupción rampante. Así que no es raro que en las campañas electorales se juegue sucio. Lo raro es que la cabeza de toda la podredumbre siga como si nada y con cara de “yo no fui”.

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