Por: Daniel García-Peña

Dos vueltas son mejor que una

“PETRO ES EL MEJOR, PERO PARA DErrotar a Santos hay que votar por Mockus”. Así se lo he escuchado a varios.

Todos le reconocen a Petro su inteligencia, la solidez de su programa, la seriedad de sus propuestas, que gana todos los debates. Sin embargo, las encuestas producen el mal llamado “voto útil”. Mis amigos cercanos a Vargas Lleras me cuentan que les dicen lo mismo de su candidato, pero desde la otra orilla.

Hay encuestas casi diarias, cada una con resultados distintos. Pero lo único en lo cual coinciden hasta ahora absolutamente todas es que nadie gana en primera vuelta. Cada vez es menos probable que alguno de los hoy punteros pueda remontar los 15 puntos que les faltan. Es decir, habrá segunda vuelta.

A Peñalosa le escuché el argumento chimbo de que es preferible ahorrarnos los recursos de una segunda vuelta para construir no sé cuántos colegios, me imagino para luego entregarlos en concesión.

La verdad es que la doble vuelta es un instrumento democrático que existe en 13 países latinoamericanos y que le sirve a Colombia. Aunque fue introducido en la Constitución de 1991, prácticamente no ha sido estrenado a plenitud.

Fue creada por los franceses —la llaman ballotage— hace más de siglo y medio. Tiene la doble virtud de fomentar el multipartidismo, permitiendo la existencia de una gama diversa de alternativas para la libre escogencia de los electores y, a la vez, de propiciar las coaliciones que garantizan el respaldo y legitimidad necesarios para gobernar con eficiencia, a partir de compromisos claros.

En 2007, por ejemplo, participaron 12 candidatos en la primera vuelta. Los dos con mayor votación, Sarkozy y Royal, recibieron 31 y 26%, respectivamente. El 43% restante optó por los otros diez. Ya para la segunda vuelta se conformaron dos grandes bloques, tradicionalmente uno de derechas y otro de izquierdas, lo que obligaba a que los partidos establecieran alianzas sobre acuerdos programáticos.

Por ello, se equivoca Mockus al equiparar las coaliciones con la “vieja política”. Decir que sólo hace alianzas con la ciudadanía es demagogia peligrosa y desconoce que en las democracias modernas los acuerdos se hacen con partidos, de manera transparente, sobre la base de programas.

Un buen ejemplo lo estamos viendo, en otro contexto, hoy en el Reino Unido. Los demócratas liberales les están planteando de frente a los conservadores y laboristas, y de cara al país, su disposición de conformar un gobierno de coalición con el partido que se comprometa de manera más clara con su propuesta central de reforma electoral.

Nuestra historia reciente nos demuestra que en las primeras vueltas no se elige un presidente, sino que se corona un monarca. No necesitamos salir de un mesías para erigir uno nuevo. Colombia tiene el lujo de contar con un amplio abanico de excelentes candidatos y candidata, como para que unas encuestas le reduzcan la opción al elector, de manera prematura, a dos.

Para quienes estén pensando en el “voto útil”, les sugiero que apliquen un dicho de los franceses: en la primera vuelta, vote por el mejor y, en la segunda, contra  el  peor.

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