Por: Miguel Ángel Bastenier

La 'Guerra Fría' de América Latina

La UE y América Latina y el Caribe han estado de cumbre en Madrid los pasados días 17 y 18, y, como no podía ser menos, se anuncian excelentes resultados, en especial por la reanudación de conversaciones entre Europa y Mercosur para establecer un acuerdo de libre comercio.

 Así debe de ser, pero a condición de hacer las acotaciones pertinentes, algunas de talla extra larga. Se ha dicho que la UE -de la que España ejerce la presidencia semestral- y América Latina no saben lo que quieren la una de la otra, a lo que habría que añadir que la ‘una’ padece de una existencia institucional insuficiente o falta de unidad de propósito, y la ‘otra’ está todavía por pensar. Lo que hay, por ello, entre el Viejo Continente y el Nuevo Mundo, es solo un haz de relaciones bilaterales en niveles muy diferentes que aprovechan las cumbres como momentos de diálogo, pero raramente comprometen a la Unión en su conjunto, y jamás a una América Latina que aún se está buscando el alma.

Como dijo Ernesto Samper en un reciente encuentro euro-americano en Comillas (España), “América Latina pasa por una Guerra Fría de baja intensidad”. Y ese conflicto se desarrolla en capas concéntricas y sucesivas. En la superestructura se libra una pugna por la hegemonía política. Los presidentes Inacio Lula da Silva de Brasil y Hugo Chávez de Venezuela se postulan a la dirección del mundo iberoamericano, de forma blanda en el caso de Brasilia, y con una glotonería izquierdizante en el de Caracas. La presidencia brasileña se conformaría con que América Latina mostrara una faz minímamente unificada ante el exterior, que actuara como un bloque bajo su propia coordinación, y la venezolana que por la vía de su ‘cruda’ generosidad se produjera un progresivo alineamiento en las posiciones de la izquierda bolivariana. Es el juego que salió mal con el golpe de Honduras, pero la partida diplomática no ha concluido, como muestra el exitoso veto del chavismo a la presencia del presidente hondureño Porfirio Lobo en la cumbre española.

De manera más difusa, camino del sial de esta Guerra Fría, se halla el forcejeo entre Iglesias. La penetración neo-pentecostalista en México y América Central y de ahí hasta el cono sur, se opone con su acción despolitizadora de los estratos de población más humildes a toda hegemonía, tácita o expresa de quien sea, en la medida en que favorece un statu quo que, pese a las distracciones de Washington en Asia central, solo puede acabar por ser pro-norteamericano. Es la que se ha llamado la ‘revancha de Dios’ como castigo y mortificación por las posiciones ultra-conservadoras que ha adoptado el Vaticano en las últimas décadas, en parte como reacción contra la Teología de la Liberación.  

En México, esa guerra duda incluso de mantenerse en la baja intensidad o aspira a mayores estragos,  embarrada como está en la ofensiva contra el narco-tráfico, y, pese a los esfuerzos del presidente Calderón por no perderle la cara a sus países hermanos, aleja inevitablemente a la primera potencia de lengua española de su concierto natural, en el que podría legitimar pero también limitar el sobrevuelo brasileño de Iberoamérica. 

Y en el centro mismo aparece la revolución boliviana, que debe decidir si el país indígena e hispánico va a seguir o no formando parte de Occidente. El ex presidente boliviano Carlos Mesa ha escrito en la nueva publicación latinoamericana ‘Escenarios’ –dirigida por Ernesto Samper- que es urgente “una relectura de la palabra mestizaje”, no solo de etnias, sino también de civilizaciones, con lo que se enfrenta a la síntesis que propugna el líder de La Paz, Evo Morales. Mesa identifica en la nueva constitución del Estado plurinacional de Bolivia el centro geométrico de ese esfuerzo: “Hay una doble línea, la primera de negación de valores universales como si fueran imposiciones de la cultura occidental, y –contradictoriamente- la segunda que intenta ensamblar visiones propias del pasado indígena pre-hispánico con elementos que se reconocen ya como parte integral del acervo de la humanidad”; a lo que añade que la distinción como fundamento de la ciudadanía que hace la Carta entre “pueblos originarios” y “no originarios” -habida cuenta de que solo Adán y Eva pudieron ser originarios- desequilibra en favor del indigenato cualquier pretensión de refundación democrática del país.

Esas son algunas líneas de fractura de esa Guerra Fría que hace tan prolija y difusa la relación con Europa. Y por ahí cabe explicar también la ausencia de Chávez que no ha querido ‘vestir’ una cumbre en la que no tenía nada que ganar porque lo único que le interesa a Venezuela es la vía bilateral, y de la que solo podía beneficiarse su rival brasileño, si va adelante el acuerdo UE-Mercosur. El 60% del electorado latinoamericano tiene hoy entre 18 y 25 años y por eso el futuro de esta parte del mundo se tendrá que decidir democráticamente en la próxima década, cuando millones de ciudadanos, originarios o por originar, que en gran número no habían votado nunca anteriormente, determinen qué es lo que quieren ser de mayores.

 

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