Por: Daniel García-Peña

¡Sorpresa!

ESTE DOMINGO CULMINA LA PENÚLtima etapa de la campaña presidencial más impredecible de la historia reciente.

Hace sólo unos meses, la mayoría daba por sentado que Uribe se haría reelegir como diera lugar. Pocos pensaban que la Corte tumbaría el referendo y mucho menos que el país la aplaudiría. Nadie daba un peso por Petro en la consulta del Polo. Quién se imaginaba que los quíntuples, luego reducidos a tres tenores, podrían revivir en Ola Verde, o que el favorito Fajardo podría pasar a ser fórmula de vice de quien obtuvo tan sólo 1,2% en las presidenciales de 2006. Jamás se pensó que el pastranismo le ganaría el duelo al uribismo por el control del Partido Conservador, o que el samperismo y el gavirismo podrían cogobernar al Partido Liberal. Todo esto, y mucho más, ya ha sucedido en este primer abrebocas de la Colombia posuribista.

Obviamente, no todo es nuevo. El tradicional clientelismo frentenacionalista no ha desaparecido, aunque en muchos casos haya cambiado de color. El maridaje criminal de la parapolítica aún no se ha desmontado y las mafias siguen incrustadas en el Estado. Ha habido una reducción significativa de la violencia política en relación con anteriores procesos electorales, pero no paran los asesinatos de dirigentes de la oposición. La muerte de nueve infantes de la Fuerza Naval del Sur, en la emboscada de las Farc de antier en Caquetá, nos recuerda que sí hay un conflicto armado interno aún no resuelto.

No obstante, es evidente que estamos inmersos en una contienda inédita. Si bien, muchos de los debates televisados se han centrado en la coyuntura y frivolidades más que en profundizar los programas, el elector colombiano nunca había tenido tanta posibilidad de escuchar a los candidatos y candidata. El cubrimiento de los medios es mejor que antes, gracias en gran parte a las nuevas tecnologías y las redes sociales. La nómina de aspirantes es amplia y de muy buen nivel, demostrando que Uribe no es para nada irreemplazable.

Pero quizá lo más significativo es que estamos en tránsito hacia un nuevo sistema de partidos. Luego de siglo y medio de bipartidismo excluyente, a partir de 1991 pasamos a la explosión de minifundios electorales que para 2002 se reflejaba en la existencia de 67 partidos con personería jurídica. Con las reformas políticas de los últimos años, ese número se redujo a menos de 10. Este año el electorado castigó a quienes optaron por recoger firmas y premió la conformación de partidos. Cabe anotar que los candidatos de los dos partidos históricos están en el fondo de las encuestas o en descenso, y que los dos punteros pertenecen a agrupaciones que en muchos países ni merecerían el calificativo de “partido”. Por lo tanto, además de sufragar por candidatos, estaremos eligiendo proyectos políticos.

Votaré con entusiasmo por Petro, por ser de lejos el mejor candidato y por representar la izquierda democrática, la única verdadera alternativa al régimen antidemocrático actual. Su evidente ascenso reciente, me hace pensar que en una campaña llena de novedades, la sorpresa más grande la veremos este domingo y no será verde sino amarilla.

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