Por: Reinaldo Spitaletta

Los santos inocentes

El gran perdedor en estas elecciones fue el pueblo colombiano. Parece un pueblo acostumbrado a las penas y a las derrotas, con cierto aire manifiesto de sadomasoquismo.

Dicen que cada pueblo elige el gobierno que se merece, pero no hay que olvidar que en los comicios –que dan la apariencia de democracia- hay en juego intereses suprapopulares, los de quienes ejercen el poder.

Ahora que estamos en efemérides bicentenarias, lo que se nota en nuestra historia de desgracias es el dominio secular de unas castas, de unos exclusivos –y excluyentes- clanes que han mantenido o incrementado su cuota de poder. Nada nuevo bajo el bíblico sol. El pueblo, o el rebaño, será siempre utilizado como carne de cañón, como elector de sus verdugos, o como “idiota útil”, expresión otra vez en boga a propósito de la resurrección del caso del grupo paramilitar los Doce apóstoles y el hermano del Presidente.

Por ahí dicen que perdieron las encuestas. Qué va. Cumplieron con su papel idiotizador, con sus fines de mercadeo, su intención de espectáculo y visceralidad. Insisto, perdió la mayoría, que son casi todos, tanto los que votaron como los que se abstuvieron, porque serán las víctimas propiciatorias de los próximos cuatro años, de un gobierno que, igual, favorecerá, como el de hoy, a los banqueros, a las transnacionales, a una élite privilegiada, que para eso son los dueños del país.

Se dirá, claro, que todavía falta la segunda vuelta. Ya todo está cocinado. Y consumado. El candidato oficial del régimen no perderá. El aparataje está diseñado para la continuidad. Todos (o casi todos) vieron la descarada injerencia presidencial en la campaña, los llamados, subliminales o no, a votar por Santos. Ah, las que también perdieron fueron las famosas redes sociales de internet. Alguien decía que una candidatura –como la del desteñido partido Verde- no se puede soportar en “culicagados”.

También se rumoraba en conversaciones de cafetín que no hay “nada más equivocado que el gusto de las mayorías”, una frase que pudo haber sido pronunciada por Wilde, o por el escritor Mario Escobar Velásquez, al cual alguien se la atribuyó en algún palique. Y ese “gusto”, auspiciado por mecanismos mediáticos y de otros poderes, se inclinó otra vez por una propuesta que volverá a castigar a los desposeídos.

Volverán entonces las oscuras maniobras de la corrupción y la politiquería, tan campantes en estos últimos ocho años. La vigencia del “todo vale”, de la cultura mafiosa, del amparo a la ilegitimidad y del irrespeto por la diferencia, será de nuevo el pan amargo de cada día. Para eso está diseñado el país. Y para eso se domestican las mayorías. No hay misterio.

Así que preparémonos para asistir al perfeccionamiento de los terroríficos “falsos positivos”, contra cuya impunidad continúan luchando, entre otros, las madres de Soacha. Este es un país en el cual lo anormal (y lo ilegal) se ha vuelto normal. Se prolongará, por ejemplo, el estado de miseria de más de veinte millones de colombianos, si no es que la cifra se tornará mayor. Crecerá –por qué no- el desplazamiento forzado, que ha sido vieja táctica del paramilitarismo y otros terratenientes, para quedarse con las mejores tierras, muchas de ellas dedicadas hoy al cultivo de palma africana. Seguiremos siendo el país latinoamericano con mayor índice de desempleo y hasta se ampliará la presencia de las bases militares estadounidenses.

Continuará el imperio de las “chuzadas”, de la degradación del sindicalismo, del negocio de la salud por encima de la salud de los colombianos, del negocio de la guerra, de los agroingresos seguros, en fin, que el catálogo siniestro es amplio. También se puede hacer una lectura de que hubo un “voto de confianza” a la parapolítica, la yidispolítica, al aumento de la inseguridad urbana, al enriquecimiento ilícito, etc. Pero, por otra parte, el candidato del gobierno, con todo el apoyo de la maquinaria oficial, no pudo ganar en primera vuelta, lo cual puede ser un aliciente para las “minorías” que votaron en su contra. Así que de hoy al 20 de junio, como diría don Perogrullo, cualquier cosa puede pasar.

 

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