Por: Armando Montenegro

La herencia

HACE UN PAR DE AÑOS, UN BRILLANte equipo de profesores de la Universidad de los Andes, encabezado por Juan Carlos Echeverri y Jorge Acevedo, preparó un estupendo libro en el que, entre otras cosas, se señalaba una serie de vías principales, con buenas especificaciones, que Colombia debía construir antes de 2040.

Se pensaba que, con ese texto, el nuevo ministro de Transporte en 2010 tendría en sus manos un completo recetario de lo que debía hacer: contratar estudios detallados de las vías escogidas; preparar, por fin, unas concesiones modernas, de acuerdo con las mejores prácticas internacionales; crear las condiciones para que los proyectos recibieran inversiones privadas, de fondos nacionales e internacionales. De esta manera, Colombia podría hacer lo que antes hizo Chile y rompería uno de los cuellos de botella de su crecimiento.

Esto ya no es posible. La herencia que recibirá el nuevo ministro de Transporte lo impide. Las grandes vías ya están contratadas. Su manejo está comprometido por varias décadas. Y buena parte de la plata que les correspondería a las carreteras ya está gastada por medio de vigencias futuras. El nuevo funcionario, el resignado heredero, tendrá que manejar estas realidades.

El gobierno saliente ha hecho un esfuerzo enorme para contratar con premura y gastar con deleite la plata de su sucesor. En su mente, al parecer, contratos, anuncios y obras son todos sinónimos. Esto no es así (a veces es lo contrario). Muchos de los contratos que se anuncian no se convierten en kilómetros de buenas vías, sino en abigarrados otrosís de los mismos contratos. Hay concesiones que no se han terminado, después de cinco, diez o, incluso, quince años de iniciadas. Y la culminación no está a la vista. En cambio, los contratos se complican, se modifican, se amplían. Muchos de ellos, nacidos de concesiones apresuradas, mal concebidas, sin diseños suficientes, anidan pleitos, reclamaciones y penosas renegociaciones.

El nuevo ministro no podrá partir de cero, como pudo haberlo pensado cuando leyó el visionario libro de los investigadores de la Universidad de los Andes.

La visión pesimista del trabajo que le espera plantea que ese pobre hombre (o mujer) tendrá que limitarse a administrar una serie de complejos contratos a través de los cuales tratará, si es que puede, de tener un impacto en la construcción de las grandes vías que necesita el país. En el mejor de los casos, podrá manejar, con inteligencia, con zanahorias y garrotes, las decenas o centenas de cláusulas que constituyen la ley entre las partes. Aparte de esta penosa tarea, podrá promover algunas obras nuevas en el oriente del país.

La predicción optimista señala que en pocos casos, con mucho esfuerzo, el nuevo ministro podrá, de acuerdo con sus contratistas, consolidar y poner en marcha proyectos reestructurados, financiables por el sector privado, que resultarían de modificar las condiciones pactadas, con el fin de inyectarles más recursos y acelerar las obras en marcha.

Lo que recibirá el próximo gobierno definirá la naturaleza de la gente que debería manejar las instituciones del transporte. Se requieren abogados conocedores de las concesiones, duchos en complejas contrataciones; expertos curtidos en ingeniería y reingeniería financiera. Gente que conozca la letra menuda que agota los presupuestos públicos. Personas que manejen malas herencias.

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2010-06-12T19:52:00-05:00

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