Por: Juan Gabriel Vásquez

Por una oposición que se oponga

NO SE HABÍAN TERMINADO DE CONtar los votos el 30 de mayo pasado, no se habían emitido los informes completos de la Registraduría, cuando ya los uribistas (perdón: los santistas) empezaban a decir que para qué otra vuelta, que esa plata era plata perdida, que cómo se le iba a cobrar todo eso al país para hacer unas elecciones cuyo resultado estaba cantado.

Yo no sé qué idea tenían estos uribistas (perdón, perdón: santistas) del canto, pero no debían entender mucho de democracia, o acaso seguían viendo la democracia como el simple reinado de la mayoría. Es muy difícil explicarles que no, que el asunto es mucho más complejo. Por más que se resista a ver lo demás, el candidato de la mayoría tiene, desde que es elegido, un serio problema: qué hacer con la minoría. Claro, la minoría también tiene ese problema: qué hacer con ella misma.

Por eso fue un acto de frivolidad irresponsable o de irresponsabilidad frívola sugerir siquiera que las elecciones de este domingo no deberían celebrarse. Pues, si todo sale como dicen las falibles encuestas y Santos es elegido presidente, todavía quedará el tema de cómo perdió Mockus: qué calidades, qué detalles tuvo su derrota, cuánta gente fue derrotada. No es lo mismo perder con tres millones de votos que perder con cuatro, o cinco, o los que sean. Me refiero a que los votantes verdes tienen en sus manos algo tan serio como la posibilidad de ganar las elecciones, y es la posibilidad de fundar un partido de oposición. Hasta ahora, los verdes han sido un contendor en un proceso electoral, y su desempeño ha estado lleno de sorpresas (varias), de desencantos (varios) y de francos errores (varios también). Pero el domingo, dependiendo de cuánta gente salga a votar por ellos, pueden pasar tres cosas: primero, que ganen (improbable); segundo, que pierdan por la resignación, el aburrimiento o la entrega de sus votantes; y tercero, que al perder anuncien la llegada de una fuerza política de oposición con autoridad para oponerse y con el mandato popular de hacerlo. Una oposición que se oponga.

Es lo que ha tratado de hacer mucha gente durante estos ocho años, pero parece evidente que la cosa no les ha ido bien. Entre los problemas de comunicación del Polo y sus divisiones internas —sin las cuales no serían un partido de izquierda: la tradición es la tradición—, entre el aislamiento de los liberales más interesantes o menos transigentes y el juego sucio de un gobierno que ha convertido el Congreso en un muladar, no es mucho lo que ha logrado hacer la oposición colombiana para abrirse un espacio en la opinión pública, que es, al fin y al cabo, como se acaba haciendo oposición. Y si Santos gana el domingo, Colombia será un país urgido de una oposición visible y dotada, además, de la autoridad moral que Mockus y Fajardo se han ganado a pulso.

Así que en estas elecciones juega también un asunto que, aunque no sea cuantificable en curules —esas elecciones ya pasaron—, no es menos importante. En el uribismo (perdón: en el santismo) ha calado la idea de que la oposición es un capricho de periodistas despistados que no tiene ningún arraigo en la realidad colombiana. Los votos del domingo tendrán que dejar en claro lo contrario. O bien estoy profunda, gravemente equivocado, y el pensamiento único ha llegado para quedarse.

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2010-06-17T23:31:37-05:00

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2013-07-25T11:25:19-05:00

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