Por: María Elvira Samper

La suerte está echada

MAÑANA HABREMOS ELEGIDO AL nuevo presidente y todo indica que será Juan Manuel Santos. Llegará al cargo con una propuesta de “unidad nacional” y el apoyo de los conservadores, Cambio Radical, más del 85% de los liberales y los “caletos” del PIN.

Ya anunció 10 puntos de convergencia, muy generales, dicen todo y no dicen nada, y por eso, y pese a que tendrá las mayorías en el Congreso, a la hora de la verdad no podrá dar por descontado el consenso. Y no por razones de fondo, sino por las de siempre, las clientelistas: le pasarán cuenta de cobro por su respaldo. A los políticos en general les gustan más los puestos que las ideas. Si no, ¿por qué la adhesión de los liberales —con sólo pocas y honrosas excepciones—, que le hicieron oposición al gobierno que hereda? Santos tendrá que hacer malabares para gobernar, porque sus aliados aspiran a aumentar, mantener, recuperar o ganar una tajada del ponqué burocrático. Será la prueba ácida para demostrar que es diferente a Uribe y que su promesa de no contraprestaciones burocráticas no sólo fue una bandera de campaña para sumar votos.

Otra forma de saber si Santos es distinto será su comportamiento con la oposición. Su propuesta de gobierno de unidad suena conciliadora, contraria al estilo camorrero y polarizador de su mentor, pero también podría servir para que la clase política tradicional —con todo y los herederos de la parapolítica— se atrinchere y arrincone a la oposición. El unanimismo que se respira, y del que ya he hemos tenido sobredosis, es inconveniente y conspira contra la creación de un clima más democrático, abierto al debate, respetuoso de la crítica. Con todos los factores de poder a su favor —mayorías parlamentarias, cacaos, medios de comunicación como El Tiempo, del cual su familia es accionista…—, Santos podría caer en la tentación de avanzar como una aplanadora y desconocer a sus contradictores. Al mejor estilo uribista.

Pero ha dicho lo políticamente correcto: que respetará y tendrá en cuenta a la oposición. Me asaltan dudas. Como editora de la revista Cambio —propiedad de El Tiempo— fui víctima de sus garras de halcón. “Idiotas útiles” nos llamó por un artículo que señalaba algunos lunares de la política de seguridad democrática. Curiosa coincidencia, poco después la revista fue suspendida y su director Rodrigo Pardo y yo botados como perros.

Aun así, habrá que darle un compás de espera. Satisfecha su ambición de llegar a la Presidencia, Santos querrá ahora superar a su antecesor. Tiene el cómo y la oportunidad, pero implica marcar distancias con el gobierno que hereda, autoritario y clientelista, aliado de aliados de los paramilitares, tolerante con la corrupción e intolerante con la crítica, y que si bien muestra grandes éxitos en seguridad, recuperación de confianza y creación de un clima favorable a la inversión, se raja en muchas materias —empleo, infraestructura, salud, derechos humanos...— y deja como herencia un grave enfrentamiento con la Corte Suprema, un serio deterioro institucional, un abultado déficit fiscal, millones de desplazados, un aparato estatal cooptado por intereses privados y escándalos como los de Agro Ingreso Seguro, los falsos positivos y las ‘chuzadas’ del DAS.

Santos puede rectificar el rumbo, es su gran reto. Como dice el ex presidente Gaviria en su carta de adhesión: “Ojalá recoja el sentimiento de la ola verde a propósito de la transparencia, lucha contra la corrupción, depuración de las costumbres políticas y respeto por nuestro ordenamiento jurídico”. Así sea.

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2010-06-19T21:00:00-05:00

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