Por: María Elvira Samper

De la provincia a la aldea global

NO ACABABA JUAN MANUEL SANTOS de decir que sería “una gran noticia” que Chávez asistiera a su posesión, cuando el presidente Uribe se atravesó con unas odiosas y mezquinas declaraciones en el sentido de que no debería Colombia regresar a “diplomacias hipócritas, soluciones de cosmética, relaciones de apariencia…”. “¿Por qué no te callas?”, debió Santos mascullar entre dientes, pero muy diplomático se mordió la lengua.

Uribe no parece querer entender que en la diplomacia también cuentan las formas, no sólo el fondo, y que es con tacto y prudencia —y no con la bilis— como se enderezan las cargas. La posible asistencia de Chávez a la transmisión del mando presidencial, y la ya confirmada de Correa, no significan el pronto arreglo de los problemas —nadie es tan imbécil como para creerlo—, pero son señales de distensión para capitalizar.

Razón tiene Uribe cuando dice que su regreso a ser ciudadano del común podría ayudar a mejorar las relaciones exteriores: “Mi política exterior ha causado problemas”, reconoció hace unos días en la celebración de los 50 años de La Opinión de Cúcuta. Y sí que los ha causado, especialmente con Venezuela y Ecuador, y por varias razones.

En primer lugar, por su personalidad explosiva y dogmática, y su concepción estrecha de la política exterior, que lo llevaron a dejarse guiar por la mala química con los mandatarios de esos países y a supeditar las relaciones a su ideología y a los vaivenes de su agenda de gobierno y del conflicto interno.

En segundo lugar, porque haber establecido una alianza casi exclusiva y excluyente con los Estados Unidos sobre la base de la lucha contra el terrorismo, si bien dio algunos resultados positivos —no todos los esperados—, derivó en relaciones conflictivas con gobiernos de la región que tienen diferencias ideológicas y posiciones encontradas en seguridad, narcotráfico, tratados de libre comercio, integración regional y relaciones con Washington, y que se sienten amenazados, entre otras cosas, por el polémico acuerdo de las bases militares. Eso aisló a Colombia en la región y no permitió, por ejemplo, ampliar y fortalecer las relaciones con Brasil, que ha ganado gran protagonismo y ascendiente en la región.

En tercer lugar, porque convirtió la Cancillería en cuerpo de bomberos para apagar incendios y en bolsa de empleos para pagar favores políticos, en lugar de usarla como el instrumento privilegiado para tramitar y resolver los conflictos.

Menuda tarea tiene por delante el nuevo presidente si quiere superar el falso dilema de o mantener una relación privilegiada con Washington o tener una mejor relación con los países de la región, y poner al país en sintonía con las nuevas realidades económicas, políticas y comerciales de un mundo globalizado. De Santos se espera una rectificación del rumbo y un cambio de estilo y de chip, lo cual supone desmarcarse de su mentor, y desideologizar y hacer más pragmática y diversificada la política exterior. Es decir, mirar por el panorámico hacia un mundo más ancho y ajeno del que le cabe a Uribe en la cabeza.

El nombramiento en la Cancillería de una profesional de quilates como María Ángela Holguín, y la gira por Europa, tal vez la más ambiciosa que haya hecho un presidente antes de asumir el cargo, y de la que regresa con el compromiso del presidente de Francia de apoyar el ingreso de Colombia a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, y la política agraria, una de las locomotoras que propone Santos para generar empleo, son un buen comienzo. Significa salir de la provincia y entrar en la aldea global.

212692

2010-07-10T23:00:00-05:00

column

2013-07-25T18:46:48-05:00

ee-admin

none

De la provincia a la aldea global

33

3759

3792

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Elvira Samper

Más violencia no destraba el proceso de paz

¿Quién le teme a Vargas Lleras?

Un abismo entre obispos

Fiscal desbocado