Por: Reinaldo Spitaletta

Explosión bicentenaria

Las conmemoraciones del bicentenario de la independencia, utilizadas para todo, incluso para gastarse millonadas en pólvora, sirven, además, para el ejercicio de la reflexión y el ahondamiento en la historia.

Podría debatirse, por ejemplo, qué es ser colombiano (o paisa, o costeño, o llanero, etc.); si en realidad hoy somos independientes; si acaso este país de contrastes no ha sido dominado por un exclusivo club de privilegiados desde hace doscientos años, en fin.

El surgimiento de la nacionalidad, de los conceptos de patria (que tienen que ver en su origen con la educación y las mentalidades), del asunto de las libertades y la soberanía, son un complejo de variables que no se pueden reducir, digamos, de una manera tan frívola –y falaz- como la de que el Ejército colombiano tiene doscientos años, o a decir que por arte de magia el 20 de julio de 1810 nos convertimos en una nación independiente.
Aunque la fecha, y los procesos que hasta entonces se manifestaron en lo cultural, mental, educativo y otros ámbitos, sí dan para pensar que a partir de entonces hubo conciencia de no depender más de la Corona española, de reflexionar en un corte con el gobierno colonial. Y si bien la independencia bebió en la Ilustración, en las revoluciones francesa y norteamericana, en otros acontecimientos como la insurrección de los Comuneros, es a partir de julio de 1810 cuando se inicia un movimiento de larga duración que, más adelante, declarará la independencia de esta colonia. Se acaba el virreinato y nace la república.

Sin duda, a partir del 20 de julio de 1810 comienza una guerra independentista, aunque al principio la autoridad real y su conexión con la divinidad, no hizo parte de la ruptura. Una revolución no se da de un día para otro. A los alzamientos armados les siguen (también los anteceden) los levantamientos culturales. Y no se pueden desconocer los precedentes, como los realizados por Nariño y su declaración subversiva de los derechos del hombre, en 1795. Digamos que para el 20 de julio ya estaban maduras las condiciones para discutir y plantear la independencia.

Desde antes, e iluminados por la Expedición Botánica, por las nuevas ideas (muchas de las cuales iban en contra de las concepciones religiosas), comienzan los movimientos conspiradores en América y en particular en la Nueva Granada. Se estaba cocinando la insurrección contra la monarquía y sus modos de opresión, lo que desembocaría en la independencia. Ese grito, que se prolonga varios años, se expresa en lo ideológico, económico, social y político, entre otros factores.

Desde el poder y el oscurantismo, al Bicentenario lo quieren convertir en una fecha de anécdotas, mercantil y de mercachifles, sin fondo, para tapar los atentados contra la soberanía nacional y para ocultar que en este país jamás ha habido una democracia del pueblo y para el pueblo. Porque sus élites (o clases dominantes) jamás la han permitido.

Después del 20 de julio de 1810, la Corona aspiró a una reconquista de sus territorios y mandó a fusilar a los conspiradores, y a reprimir a los que se habían alzado contra la autoridad real y las formas de coloniaje. Sin embargo, ya era imposible dar al traste con la naciente mentalidad independentista y de soberanía.

Esta última ha sido horadada varias veces: una de ellas, con la escisión de Panamá en 1903, promovida por los Estados Unidos. Una más reciente: la entrega del territorio nacional para la instalación de bases norteamericanas. Estos y otros acontecimientos, han llevado a las reflexiones y debates sobre la necesidad de una segunda independencia.

Quizá por ello, en esa búsqueda por saber en qué consiste nuestra nacionalidad, es que pensadores como Fernando González llamaban la atención sobre aquellos tiempos que hoy son motivo de conmemoración. “Aquellos treinta años, de 1795 a 1825, son un punto luminoso en nuestra historia; el recuerdo y el estudio de las personalidades de aquellos hombres de entonces, es la única palanca que veo para sacar a Suramérica de la miseria en que vive”, decía en sus Cartas a Estanislao.

En todo caso, el bicentenario es más que desfiles militares y fuegos de artificio y discursitos sobre el envilecido término de patria. Es una ocasión histórica para profundizar en el estudio de nuestras raíces y para analizar de dónde provienen las venturas y desventuras de la nación colombiana.

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