Por: Reinaldo Spitaletta

Vuelven los vaqueros

Desde antes de ser elegido por primera vez presidente de la república, había una obsesión de Uribe: las Farc.

Y, como en el caso de Pastrana, fueron ellas las que lo eligieron. La seguridad democrática, bandera de su gobierno, se montó con ese criterio y por eso, además, se le dedica un poco más de la cuarta parte del presupuesto nacional.

Esa misma obsesión, a pocos días de terminar sus ocho años de gobierno, parece que no le dejara dormir: no ha podido derrotarlas. Al otro lado de los 2.219 kilómetros de frontera, está Chávez, que si bien tiene de vecino a un mesías tropical, él a su vez se cree la reencarnación de Bolívar. En estas jornadas de comunes bicentenarios independentistas, el pulverizado sueño de la Gran Colombia vuelve a hacerse añicos. Chávez, al asumir cual destino manifiesto la presunta defensa de América Latina frente a los Estados Unidos, no oculta sus ánimos de grandeza. Y, al mismo tiempo, Uribe, como peón adelantado de los gringos, no deja de lado sus ansias de “popularidad”.

Cada uno, con intereses distintos, no oculta su arribismo ni sus afectos por el culto a la personalidad. Y, mientras tanto, a ninguno de los dos parecen interesarles sus respectivos pueblos. De Uribe, como es fama, se conocen sus inclinaciones para gobernar en pro de banqueros y oligarcas, y por supuesto de transnacionales.

Volvamos al factor Farc. Si bien durante estos ocho años sufrieron bajas considerables, las Farc son una suerte de elemento común que sirven a uno y otro presidente para sus pataletas y enfrentamientos, y aun para sus objetivos de gobierno. Uribe, por ejemplo, las ha tenido como comodín. Cualquier acción, por extravagante que sea, se justifica si va en contra de esa guerrilla. El “todo vale” se esgrime en tratándose de “la Far”.

Qué importan los “falsos positivos”, o si el presidente le paga una suite lujosa a un secuestrador, o si en palacio se recibe la visita de un delincuente, o si por orden de Sarkosy se pone en libertad a un guerrillero, o si se pone como gestora de paz a una confesa asesina ex guerrillera… Todo es posible y válido si contribuye a mermar a las Farc. Los líos fronterizos con los vecinos, con los integrantes de la originaria Gran Colombia, hunden sus raíces en el asunto Farc.

Por su parte, Chávez, que a veces les dice a las Farc que renuncien a la lucha armada que ya los sesentas pasaron, aprovecha –como Uribe- el mismo factor para sus deseos megalómanos. Más o menos es lo que sucedió la semana pasada para declarar la ruptura de relaciones con Colombia. Y esta vez, con un ingrediente inesperado: la presencia de Maradona.

No faltan las versiones de los que advierten que siempre que se monta una trifulca verbal con Venezuela, en Colombia hay noticias grandes que pretenden ser ocultadas o minimizadas, como fue el caso de las revelaciones del ex director de Inteligencia del DAS, Fernando Tabares, acerca del complot contra la Corte Suprema de Justicia. O para eludir responsabilidades en la creciente inseguridad de ciudades como Medellín y Cali.

La ruptura de relaciones de Venezuela con Colombia estuvo atravesada por elementos tropicaloides. El embajador colombiano ante la OEA maltrató tanto el realismo mágico y en la novela Cien años de soledad, de García Márquez, que cuando le tocó el turno a su par venezolano, éste le dijo: “ahora cuéntame una de vaqueros”. Y después realizó una seguidilla en la que combinó al pulpo del Mundial con las curvas de la modelo paraguaya Larissa Riquelme. Sin embargo, no atinó a decir que en Venezuela no hay campamentos de la guerrilla.

Tal vez con este nuevo incidente, hubo algunos que recordaron al viejo Fernando González cuando decía que la Gran Colombia la habitaron unos animales parecidos al hombre, asunto que, al parecer, sigue vigente. El caso es que ya Chávez y su vocinglería poco le servirán a Uribe para efectos de “hecatombe” (con la que aspiraba a otra reelección).

Unos y otros querrán promover chauvinismos estúpidos, que harán memorar a aquel inglés que advirtió que el patriotismo es el último refugio de los canallas.

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