Por: Ricardo Bada

Don Baldomero Sanín Cano

Don Baldomero fue tal vez una de las personas mejor dotadas para la crítica constructiva, y no sólo en el terreno literario; hay en él un afán de comprender al otro, al que no piensa como él, que resulta muy refrescante en estos tiempos de dogmatismos excluyentes y hasta homicidas.

En el magnífico léxico alemán de autores latinoamericanos, del profesor Dieter Reichardt, hablando del gran polígrafo paisa, de Rionegro, se dice lo siguiente: “Característica (de su obra) es la mirada comedida, diferenciada, que no acepta ninguna clase de exclusiones. Hay que destacar la sencilla elegancia de su estilo, donde se puede reconocer que, por razones de edad, perteneció al modernismo. Esta elegancia, sin embargo, no es sino la envoltura de una precisión y una concentrada plétora de ideas, que como dijo (el escritor argentino) Enrique Anderson Imbert en El humanismo y el progreso del hombre, conducen a una prosa ‘habitada y no sólo visitada por el epigrama’ ”.

Entre mis descubrimientos leyendo a Sanín Cano se cuenta el que cuando se refiere a los habitantes del gran vecino del Norte siempre los llama saxoamericanos, y una cosa que me hizo estallar en risas es que fue precursor de Julio Camba. De la misma manera como el humorista gallego, cuando hablaba de los Estados Unidos, solía puntualizar que son los del Norte de América entre el Canadá y los Estados Unidos Mexicanos, así mismo ironiza Sanín Cano que “existe una república, tan conocida en el orbe que es superfluo designarla por un nombre del que carece”.

Pero a decir verdad, creo que su reflexión más luminosa es la que hace sobre la mortandad masiva de indígenas americanos a consecuencia de la llegada de los conquistadores. Una reflexión tan sencilla como aguda: los indígenas eran gente muy limpia y aseada, mientras que los españoles no conocían la higiene y hedían y atufaban de un modo criminalmente pestífero, de modo y manera que masacraron a los aborígenes por la nariz.

Debo darle la razón a don Baldomero y además reforzar su argumento con lo que explicaba el humorista Enrique Pinti acerca de la promesa que hizo Isabel la Católica de no cambiarse la camisa hasta que capitulase el reino de Granada. Según Pinti, cuando la reina llegó por fin a Santa Fe de Granada y tuvo a la vista la Alhambra, abrió los brazos... y ay dios de mi vida, ese fue el comienzo de la primera guerra bacteriológica de la historia.

Me queda la duda de si Pinti no habrá leído ese ensayo de don Baldomero, quien publicó durante años en el Río de la Plata. Es más: la primera edición de Tipos Obras Ideas se imprimió en Buenos Aires. Pero ¿cómo dice el lema de la orden de la Jarretera? Honni soit qui mal y pense!

 

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