Por: Diana Castro Benetti

Despertando

Hay diosas que viven y cuentan sus deseos desde regiones inasibles. Vienen desperezándose de sus encierros y silencios para renovar leyendas y tareas. El ADN silencioso de una humanidad que pierde su memoria sobre lo que le conviene y olvida conocimientos y sabidurías sin mayor excusa que perseguir las guerras.

Ese principio femenino que circula invisible, sin esfuerzo, sin exigencias ni reconocimientos, muestra las pistas de nuevas rutas para un café, un nuevo amor o la complejidad de una vida veloz. Un principio femenino que ha recibido sus apodos y ha mantenido sus secretos, que pasa de la risa a la dureza y que habla sobre las maravillas de nuestra creación como de esos miedos a la existencia. Una fuerza que se nos insinúa en las noches sin luna, en los tejidos y cocidos, en el fondo de vasijas enterradas en cuevas ocultas. Con fuego, vida y acción intuitiva, las diosas han bailado siempre para dar fe de su sabiduría.

Y las serpientes son esa representación simbólica y parcial de un principio femenino que actúa y pica. Despertando fascinación milenaria, andan envueltas en sus propias pieles mutantes y llenas de píldoras de deseos para peregrinar por todos los mundos con venenos indoloros. Se les teme como demonios y se les venera como fuentes de agua y de tierra. Serpientes que circulan en los desiertos y que al levantar sus cabezas enfocan su atención para la caza voraz; sacerdotisas cargadas de trigos en lunas tan llenas como equinocciales. Energía que no sólo les pertenece a ellas sino también a los aquellos que se atreven a indagar en su propia configuración. La serpiente de cada cual vive en la base de una morada, propia, íntima y sus recorridos son el segundo de un éxtasis más allá de un cuerpo y una anhelada ruta de seda.

Es juguetona y peligrosa; madre de realidades superiores y custodia de los oráculos. Principio de tierra y reducto de las entrañas del simbolismo onírico, la serpiente se viste de diosa para hacer sentir su sinuosidad entre vértebra y vértebra y entre círculo y círculo. Sin justificaciones, recuerda que los males también se inventan y que de las perfidias sólo quedan los dolores. Invita a celebrar lo sagrado en una vida que muda su piel, una vida que canta y una vida que se recrea. Conciencia claman las diosas para, así, derramar sus bálsamos y truenos sobre los circuitos de los ires y venires cíclicos y cotidianos. Y aunque sus enseñanzas parecen siempre jeringonzas o palabras en lenguas extrañas, su fuerza telúrica sólo clama la simpleza de celebrar lo que tenemos: la vida, la única, ésta hermosa choza de aprendizaje, de gozo y de conciencia.

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