Por: Fernando Araújo Vélez

El amor confundido

Ser la novia de un aspirante a escritor que nunca sabía si lo era o no, si era digno de ese título o si lo sería algún día, fue uno de sus mayores tormentos, porque el tipo no estaba hecho para sus excesos de paranoia, para sus temores y sus celos, y menos, para que le regalaran la luna en noches de amor desmedido, pero ella no lo sabía. Jamás supo verlo, no se lo enseñaron a pesar de las horas y días y meses en los que su madre y sus hermanas, sus tías y demás le conversaban sobre El Amor. Y así se enamoró, o eso creía y decía.

Se enamoró porque creyó que el tipo pensaba en cosas importantes cuando miraba hacia el horizonte, las manos en la barbilla y un cigarrillo en la boca. Incluso, alguna vez se ilusionó con que estuviera pensando en ella. Y se ilusionó cuando descubrió, una tarde, que su nombre estaba escrito en un solitario papel: A Sofía. Entonces buscó, revolvió y desordenó, obsesiva, poseída, porque tenía que haber un verso para ella, por lo menos un verso, o una línea. Pasadas dos horas, por fin encontró algo, una hoja de cuaderno arrancada que decía Tú me das, yo te doy, el amor es un negocio aunque suene sucio. Mi oferta son tres besos, dos tardes de cine y una noche de fantasía al mes, una especie de poema si estoy de buenas, dos sonrisas forzadas para huir de tus reclamos y una plena, cinco llamadas a la semana, todos los pasajes de bus, la posibilidad de comprarme un Renault 4 y mi viejo abrigo en las noches de invierno.

A cambio demando tu mirada, tu belleza, tu sonrisa sin exageraciones, que ojalá pierdas esos tres o cuatro kilos que te sobran, que no me lleves adonde tu familia sino una vez cada dos meses, que sigas empeñada en enamorarme pero que no trates de impresionarme y que aparentes tu ingenuidad tan bien como sólo tú lo sabes hacer. Fue feliz hasta el final, cuando leyó Alejandra C. 

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