Por: Santiago Montenegro

Puntos de encuentro

EN UN ARTÍCULO DE EL PAÍS, DE MAdrid, he leído que las grandes librerías de los Estados Unidos, como Border’s y Barnes & Noble, están cerrando muchos puntos de venta por la competencia implacable de los nuevos dispositivos electrónicos y por la marea digital que permiten acceder a la lectura por una fracción de lo que cuesta el libro físico. Hasta hace unos diez años, las grandes superficies culturales, los supermercados de los libros y de los videos, como Blockbuster, parecían destinados a dominar el mundo, eliminando, de paso, a todos los demás intermediarios comerciales, como las pequeñas librerías de los barrios. Se creía que la distribución de libros, comercializados en la misma forma que los supermercados, con productos baratos, estimulantes y adictivos, llegaría a barrer el mercado. Hoy en día, el cuadro es diametralmente opuesto. Tanto Borders como Barnes & Noble están muy endeudados, cierran sucursales en forma acelerada y renacen las pequeñas librerías independientes y de trato personal.

¿Qué va a suceder en Colombia? No soy un experto en el mercado del libro en nuestro país, pero me atrevería a decir que las grandes superficies de libros jamás se llegaron a consolidar, entre otras razones porque los índices de lectura son bajísimos comparados con los de los Estados Unidos o Europa. Aquí, nuestras librerías siempre han sido pequeñas comparadas con las cadenas de libros de otros países o con las grandes superficies de los supermercados. Por esas razones, no creo que la revolución tecnológica tenga el impacto que está teniendo en los Estados Unidos. Después de todo, aun en las librerías más grandes de Bogotá, siempre he sentido tener un trato muy personalizado con sus empleados y aun con sus dueños. Durante la semana, después del almuerzo, voy con mucha frecuencia a Arteletra, la típica librería de barrio, pequeña, abarrotada de títulos en literatura, arte, filosofía, ensayo literario, historia, biografías. Como en sitios muy especiales de otras ciudades del mundo, al entrar en ella se siente un mundo aparte, retirado del movimiento y del ruido de fuera. Es muy fácil desconectarse de la realidad exterior y del tiempo mientras se ojean las obras, se charla con otro visitante o se escucha a Adriana Laganis, su dueña, comentar los últimos títulos que han llegado de España. En no pocas ocasiones le he mencionado a Adriana un libro interesante reseñado en un periódico español y a los ocho días recibo una llamada telefónica informándome que el libro ya ha llegado a Arteletra.

Durante los fines de semana la historia se repite, esta vez en la Librería Nacional, de Unicentro. Muchas veces, es el mismo Felipe Ossa quien me comenta sus últimas adquisiciones mientras tomamos un tinto o un agua aromática y terminamos hablando de nuestras últimas lecturas, cuando no del último libro de George Steiner, por quien los dos sentimos una gran reverencia. Pero cuando no está Felipe, puede ser cualquiera de sus empleados quien me guíe por las novedades de la librería. Por estas razones, me atrevo a decir que mientras nuestras librerías mantengan ese carácter personalizado y amable, creo que nada tendrán que temer a la revolución tecnológica que hace estremecer a los países más desarrollados y ya se hace sentir con fuerza entre nosotros. Porque, más allá de un servicio de venta, las verdaderas librerías son también un punto de encuentro, de charla, de afecto, de humanidad. Mientras mantengan ese carácter, no habrá revolución tecnológica que pueda acabarlas.

 

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