Por: Alvaro Forero Tascón

La nueva estrategia de política exterior

CADA AÑO, SÓLO UNOS POCOS DIScursos de los presidentes ante la Asamblea General de Naciones Unidas reciben verdadera atención. La mayoría de mandatarios leen su discurso ante un salón semivacío, dirigiéndose realmente a la audiencia televisiva de sus respectivos países en busca de aparecer “relevantes” internacionalmente.

El de Juan Manuel Santos era uno de los discursos esperados, al menos en la región suramericana y del Caribe, porque había expectativa sobre si Santos mantendría la política de su antecesor que había generado tanta turbulencia en el continente, o si replicaría a nivel internacional el sorpresivo reformismo exhibido en lo interno. El discurso llenó las expectativas. Primero, porque mostró un tono y un lenguaje apropiados para el escenario multilateral, distinto al de los discursos parroquiales del pasado. Segundo, porque dejó claro que Colombia cambiaba de una diplomacia restringida, centrada en seguridad y los Estados Unidos, a otra más diversa y enfocada en la región. Redefinió la agenda reemplazando la retórica de país problema obsesionado defensivamente con su rol de víctima de las drogas ilícitas, por propuestas en materia de comercio, cooperación y biodiversidad, entre otras.

Pero el discurso tuvo un segundo enfoque, dirigido a buscar un papel de liderazgo regional con base en las “nuevas” condiciones de Colombia y una visión optimista sobre las posibilidades de la región de asumir un papel internacional más relevante que l que ha tenido en el pasado. Santos presentó su visión de que “¡esta es la década de América Latina!” y es necesario “pensar en grande”. Seguida de que Colombia es un caso de éxito en materia de drogas y lucha contra el terrorismo, al punto que el narcotráfico se está trasladando a otros países, y que por lo tanto debe representar a la región en el Consejo de Seguridad.

La pregunta que surge es si la apuesta por el liderazgo regional es realista, especialmente por fuera del tema de las drogas ilícitas que es el ámbito natural del liderazgo colombiano, pues Santos hizo esfuerzos por no circunscribir su rol a este tema. Y si solamente con visión es capaz de afianzar su liderazgo frente a competidores fuertes como Brasil, cuando Colombia no es realmente un ejemplo en materia económica, ni social y mucho menos internacional, y para tener éxito el líder debe encarnar en su pensamiento y en sus hechos la visión que predica.

Más cuando no modificó la postura de Uribe de ser el adalid de una política antidrogas desprestigiada en el mundo y que está causando estragos en Latinoamérica. Porque aunque Santos se unió al llamado del presidente de República Dominicana de “acordar una política global única” contra las drogas ilícitas, también dijo que ve con preocupación que países que “exigen una lucha frontal contra el narcotráfico… legalizan el consumo”. Es decir, descalificó los esfuerzos por buscar soluciones al fracaso del paradigma prohibicionista, alineándose férreamente con la política norteamericana, lo que puede producir el rechazo tanto de países productores como Bolivia, de afectados por el tráfico como México, Argentina o Brasil, y de todos los gobiernos que abogan por mejorar la estrategia mundial contra las drogas, en lugar de recorrer el “heroico” camino colombiano.

 

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