Por: Reinaldo Spitaletta

Jugar a la izquierda

Hay gente que juega a la revolución. Otras asumen en serio aquello de ser de izquierda. Se recuerda, por ejemplo, la célebre anécdota de la primera esposa del pensador Estanislao Zuleta, María del Rosario Ortiz Santos, de la rancia oligarquía bogotana.

La chica, en la década del cincuenta, hacía oposición desde El Tiempo, a la dictadura de Rojas Pinilla. “Yo era revolucionaria pero  dentro de los cánones de los Santos”,  le contó al biógrafo de Zuleta, Jorge Vallejo Morillo, en su texto La rebelión de un burgués.

La díscola muchacha estuvo un tiempo en la militancia de izquierda, porque seguro eso daba “caché” y, además, para ella era una aventura distinta a la de estar en clubes y lugares exclusivos y de pronto no estaba por demás untarse de pueblo. En la historia de la izquierda en Colombia ha habido de todo: desde aquellos que se apoyaron en el foquismo, en los discursos guerrilleristas hasta los que se convencieron de la necesidad de un partido, de luchar por las vías legales para algún  día establecer una sociedad distinta.
Así como hubo miembros de la burguesía que se filaron, como juego también, en partidos  de izquierda, y como aparecieron en los setentas, por ejemplo, los llamados “guerrilleros del Chicó”, asimismo, en los últimos años, se forjó la unidad entre diversas agrupaciones de la llamada “izquierda democrática” que devino en el Polo Democrático Alternativo.  Hubo, hace muchos años, antecedentes de unidad izquierdista en la célebre Unión Nacional de Oposición y en el Frente por la Unidad del Pueblo.

Cuando el Polo comenzó a aparecer en el país, no sólo como un partido moderno sino con unas directrices antioligárquicas y en la defensa de la soberanía nacional, se iniciaron los ataques, orquestados desde distintos balcones, entre ellos los del uribismo. Se sabe que para sectores del poder lo mejor es que haya una izquierda “señoritera”, que se encamine hacia el centro y de ahí incluso aterrice en la formación de partidos “ecológicos” y en banderías reformistas.

Precisamente, en los ocho años del gobierno Uribe se montó una red macartista, que desplegó por todo el país y a través de los medios de comunicación, la idea de que ser de izquierda era hacer parte de las filas del terrorismo, era estar de acuerdo con las guerrillas y ser enemigo de la presunta “profundización democrática” en Colombia. El discurso caló. A ello  se sumaron las patrañas del DAS y la cruzada de falsas imputaciones, diseñadas por el procurador Ordóñez, por agencias extranjeras y hasta por el “mago del rumor”, el señor J.J. Rendón.

En la elecciones presidenciales de 2006, el Polo dio un campanazo de alerta sobre su crecimiento y simpatía populares. Sacó dos millones setecientos mil sufragios, la votación más alta obtenida por partido de izquierda alguno en la tragicómica historia del país. “Hemos logrado una consolidación y un  crecimiento que nos ha puesto en la mira del establecimiento porque ve en el Polo Democrático Alternativo la única posibilidad de redención democrática frente a la cual el Establecimiento se estremece de pavor”, dijo Carlos Gaviria.

Después, aparte de las campañas oficiales contra ese partido, algunos, que como la señora del principio,  jugaban a ser izquierdistas y revolucionarios, se retiraron para hacer parte o del sistema o de movimientos de “centro”. Que así no ofenden a nadie y ni son señalados de seres peligrosos para el régimen. Es decir, no están contra el neoliberalismo, ni por la autodeterminación nacional, ni contra las inequidades e injusticias sociales. O sea, se suman al rebaño, que es lo que les gusta a las oligarquías. Lo que se manifiesta  ahora en algunos que posaban como de izquierda, como revolucionarios, es que quieren hacer oposición, formar sus toldas aparte, pero eso sí, otra vez como la ex esposa de Zuleta: dentro de los cánones de los Santos.

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