Por: Patricia Lara Salive

El consejo que Enrique debe darle a Juan Manuel

EL PRESIDENTE SANTOS HA DICHO que nada ni nadie lo hará distanciarse del ex presidente Uribe.

Ojalá logre cumplir su leal propósito, sin aceptarle cambiar uno solo de los puntos neurálgicos de sus proyectos bandera, el de víctimas y el de tierras, y sin permitir que Uribe le meta el gol que planea: imponer, entre la bancada uribista que prevalezca su injusta tesis de que no pueden catalogarse como víctimas (y perdónenme la repetición), las víctimas de los agentes del Estado.

 (Es que si una persona desaparece porque la guerrilla la secuestra y luego la mata; o porque lo hacen los paramilitares; o porque las fuerzas del orden la capturan y, en un interrogatorio bajo tortura, muere y nunca vuelve a saberse de su paradero, ¿no es lo mismo, ex presidente Uribe?).

 Ojalá Santos se asesore bien de su hermano Enrique quien, como izquierdista que fue, debe saber de memoria que no puede confundirse la táctica con la estrategia, es decir, que en el caso de su hermano, éste debe lograr gobernar dándole, si así lo quiere, todo el contentillo a Uribe, aun cuando para hacerlo cometa errores no demasiado graves como nombrarle a su Uribito del alma Embajador en Roma; o llamar seudo intelectuales a los académicos respetables que firmaron la carta de protesta porque el ex presidente fue invitado a dictar cátedra en la Universidad de George Town; o, incluso, incurrir en la disparatada exageración de decir que Uribe es nuestro segundo Bolívar; o asignarles unos puestos no estratégicos a los uribistas que garanticen los votos necesarios para pasar las leyes de víctimas y de tierras en el Parlamento, pero, jamás, aceptar que, al final, las víctimas no sean resarcidas y reparadas por igual, y las tierras arrebatadas por las mafias no salgan de sus manos para que se beneficien con las mismas todos los despojados de parcelas.

 Sí, ojalá Santos, al final de su mandato, como lo dijo cuando personalmente presentó en el Congreso el proyecto de ley, pueda creer de corazón que haber sido Presidente de Colombia valió la pena, porque logró, por fin, hacerles justicia a tantas víctimas de esta atroz y estúpida guerra.

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   Es algo que usted no puede dejar de ver. Me refiero a la bella, conmovedora y sabia cinta sobre la maternidad y los vericuetos de la siquis femenina, Madre e Hija, del director colombiano y mexicano, Rodrigo García Barcha. Al igual que casi todo lo que hace en la vida —llámese tomar fotografías, filmar, dirigir películas, cocinar, educar a sus hijas, o mamar gallo—, esta película está enmarcada dentro del rigor y la exigencia de lograr la perfección. Como alguna vez me lo dijo, haber vivido junto a su padre, Gabriel García Márquez —quien no acepta que algo no le quede perfecto—, y haber crecido rodeado de gente similar (Álvaro Mutis, Carlos Fuentes, Alejandro Obregón, etc., todos obesionados con el anhelo de producir una obra de arte), Rodrigo adquirió desde niño el vicio de buscar la perfección. Por eso esta película es así: una obra de una increíble intensidad emocional, enmarcada dentro de una estructura perfecta. Y por eso, también, como lo afirmó en su positiva crítica sobre Madre e Hija el diario El País de Madrid, grandes actrices de Hollywood se emocionan cuando reciben una llamada suya: porque Rodrigo García es un gran director.

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Muy merecido es el Premio Nobel de Literatura de Mario Vargas Llosa. ¡Bien por el Perú y por América Latina!

 

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