Por: Alfredo Molano Bravo

Coto de ambientalistas

LOS CERROS ORIENTALES DE BOGOTÁ son una joya que se ha salvado de las fieras garras de los urbanizadores gracias a unos pocos alcaldes conscientes de su belleza y de su importancia.

La capital no tiene un parque que alivie la monotonía del cemento, la agresividad del ruido y la envenenada densidad del aire. El Parque Nacional es desproporcionadamente pequeño para el tamaño de la ciudad y el Bolívar queda en una zona marginal. Desde hace años se ha venido proponiendo que los cerros orientales se conviertan en un gran parque atravesado por senderos para caminar y gozar del paisaje, vigilado por ambientalistas que no sólo cuiden, sino contribuyan a conocer las ricas fauna y flora que obsesionaron al sabio Mutis. Se han salvado de la arborización con pinos y eucaliptos, pequeños bosques de encenillos, raques, chilcas, tunos rosados, cordoncillos, gaques. Tienen fauna endémica: caracol, lagarto minador, colibrí tijereto, colibrí orejirrojo. Por el sur y por el norte están amenazados por urbanizadores piratas, respaldados por políticos, que han estafado a la gente; por el oriente, en la hoya del río Teusacá, hay 250 solicitudes de conjuntos cerrados y urbanizaciones; por el occidente, la cota que traza la reserva forestal es sistemáticamente violada. En la avenida Circunvalar están siendo construidas enormes torres –unas todavía de cemento, otras blancas como hospitales y otras, las más feas, de vidrio oscuro– que tapan con desdeñosa violencia el perfil de los cerros.

  Hay un rincón particularmente bello: la hoya de la quebrada de El Chicó, al nororiente, vía La Calera. Es un bosque magnífico de arrayanes, manos de oso, aguacatillos, salvios, cornetos, y por aquí y por allá, curioseando, orquídeas lluvia de oro. Pero las más atractivas especies animales son un molusco endémico llamado para los entendidos Drymaeus chicoensis, y la serpiente sabanera. También y en peligro de desaparición, la ardilla bogotana, el conejo de páramo, el curí, la comadreja, la musaraña, el murciélago, el armadillo, el fara y el runcho. La quebrada tiene una de las aguas más puras de la zona. Es decir, un pequeño paraíso escondido donde se refugian una fauna y una flora excepcionales. Y se refugia también una docena de vivos que se brincan las normas ambientales o que obtienen licencias de construcción de manera irregular, o regular, que es más grave aun. El refugio se llama Tauro, tiene 160 hectáreas y fue sustraído en forma muy sospechosa por la CAR del Área de Reserva Forestal Protectora. Sospechosa pero explicable: ahí construye sus palacetes el conocido mercader del ambiente señor Jean Claude Bessudo. Él sabe, porque ni es bobo ni ciego, que está en una reserva forestal, pero dirá como dijo con los parques nacionales: como el Estado no los protege, yo sí. Un argumento conocido y siniestro. No es descabellado pensar que a su lado construirá su casa la flamante consejera de Medio Ambiente.  Vive también  otro gran ambientalista que colecciona cabezas de hipopótamo, rinoceronte, león, animales cazados con sus propias armas y que no sé si a estas horas sigue preso o anda fugitivo, el señor Pablo Ardila.

Es injustificable que el Distrito no haya intervenido la zona en beneficio de la ciudad, pero es explicable, dado el poder que tienen sus ocupantes y urbanizadores.

 

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