Por: Álvaro Camacho Guizado

Más costos del prohibicionismo

LOS RECIENTES EPISODIOS OCURRIdos en la Dirección Nacional de Estupefacientes tienen varias dimensiones: en primer lugar, el simple hecho de la corrupción, abierta y descarada mediante la cual se han feriado recursos que, de varias maneras confiscados a narcotraficantes y narcoparamiltares, deberían ser severamente custodiados antes de ponerlos al servicio de las víctimas de las masacres, asesinatos, desplazamientos, saqueos y fraudes.

Pero se trata, como es obvio, sólo de los innumerables casos de corrupción que hoy día aparecen con más fuerza ante la opinión pública. Lo sorprendente sería que una entidad de ese tipo, que maneja gigantescos recursos, expresados en finca raíz, vehículos, joyas, obras de arte y simple dinero en efectivo, hiciera un ejercicio cristalino de control. Las tentaciones en casos como éste, máxime cuando la vigilancia es nula, son demasiado fuertes.

De modo que no es extraño que se haya destapado el festín corrupto, y que probablemente ningún funcionario importante de la DNE, actual o anterior, resulte culpable y condenado. También sería sorprendente que hubiera severos castigos.

Sin embargo, es preciso mirar el asunto desde una óptica diferente: estamos ante la evidencia de un nuevo costo de la llamada guerra contra las drogas. A los costos que ha representado la violencia asociada a esa guerra, y que incluye los millares de muertos, desplazados, arruinados, deben agregarse las ingentes sumas destinadas a fortalecer los aparatos militares y policiales que no han logrado los resultados postulados por los gobiernos, tanto el nacional como el estadounidense. Y a lo anterior hay que agregar la feria de la DNE.

Y otra mirada aún debe reconocer que ésta es una de las caras de la corrupción asociada la guerra contra las drogas, que se ha traducido en que lamentablemente funcionarios públicos y miembros de la Fuerza Pública han cedido a las tentaciones del dinero fácil que implica relacionarse con los traficantes y narcoparamilitares.

O sea que una sana lógica debería creer que ante tales costos, los resultados de la guerra debieran mostrar unos resultados menos magros que los que hoy se conocen.

En pocas palabras, el balance es muy negativo: Colombia sigue exportando más de doscientas toneladas de cocaína; se ha incrementado el número de consumidores de basuco, con sus secuelas negativas; se ha incrementado también el número de bandas de traficantes asesinas… ¿Qué tenemos de positivo para mostrar?

Dentro de unos años, cuando la marihuana sea legalizada en varios estados de Estados Unidos (no hay que dudar que ésta es una tendencia muy fuerte) y se inicien los debates sobre políticas menos prohibicionistas sobre la cocaína, nuestros acuciosos gobernantes que han llevado la guerra al paroxismo y han hecho que el país pague unos astronómicos costos de todo tipo, tendrán que reflexionar acerca de sus ejecutorias. Hoy son campeones del prohibicionismo y sacan pecho ante su actitud obediente a los dictados del amo. Esperemos que, entonces se hagan el examen de conciencia y reconozcan sus equivocaciones. O al menos en su fuero interno se arrepientan.

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2010-11-05T21:54:00-05:00

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