Por: María Elvira Samper

Sólo los sobrevivientes pueden recordar

VEINTE AÑOS LE TOMÓ A LA PERIOdista María Jimena Duzán hacer el duelo y reflexionar sobre el significado de la muerte de su hermana Sylvia, asesinada en 1990 por paramilitares del Magdalena Medio con la complicidad de miembros del Ejército.

Veinte años en que el miedo fue más fuerte que la necesidad de saber la verdad. Veinte años en que decidió guardar silencio para sobrevivir, para protegerse y proteger a su familia. Veinte años en que vio, como vimos todos, cómo crecía el paramilitarismo y avanzaba su proyecto de “refundar la patria” con el apoyo de unos y la indiferencia y la pasividad de la mayoría. Veinte años en que Colombia, tal vez como nunca antes, se convirtió en un país de víctimas, de víctimas invisibles atenazadas por el miedo.

Si eso le pasó a María Jimena, sin duda privilegiada por la posibilidad de acceder a los medios, a la Justicia, a la protección, qué no les habrá pasado y les seguirá pasando a miles y miles más vulnerables que ella, que vieron asesinar a familiares o desconocen su destino, que fueron arrojados de sus tierras y despojados de sus bienes.

A María Jimena le llegó la hora de la memoria y por eso escribió Mi viaje al infierno (Editorial Norma), un libro sobre esa muerte que tanto le duele. Un libro que es el resultado de una reflexión sobre la necesidad de alzar la voz frente a la impunidad y de dar testimonio sobre lo que sucedió. Porque sólo los sobrevivientes de las víctimas —ellos también víctimas— pueden recordar. Los muertos no tienen memoria. Recordar es liberarse del dolor, reclamar por el daño y la injusticia cometidos, negarse a aceptar que por la amnesia funcional de los verdugos y la reticencia de la sociedad a revisar el pasado, triunfe la causa de los violentos y sus cómplices.

Es la hora de la memoria, de las víctimas que, poco a poco, han dejado de ser actores de reparto de esa tragedia nacional en la cual los verdugos han sido protagonistas. Los sobrevivientes comienzan a mostrar la cara, a pronunciar sus nombres, pero se vuelven incómodos porque reclaman sus derechos, porque exigen verdad, justicia, reparación, porque no quieren que la barbarie se repita. Eso explica los intentos de poner palos en las ruedas de las leyes de víctimas y de tierras, con el argumento de que las cuentas no dan. El problema es fiscal, dicen. Pero no, el problema es la memoria, que es peligrosa para quienes han construido su poder sobre el silencio y el miedo de las víctimas, y la indiferencia de la sociedad. La memoria es peligrosa para quienes sostienen que para avanzar es necesario echar tierra al pasado, no abrir heridas. La historia demuestra lo contrario. La propia y la ajena.

Porque no hemos querido enfrentar muestro pasado violento y reconocer el sufrimiento de las víctimas, no importa el bando, nuestra historia es una sucesión de violencias en que las víctimas de ayer son los verdugos de mañana. No es posible avanzar sobre el olvido y la negación de los caídos. Y si bien es cierto que la memoria abre heridas, es un primer paso necesario hacia la reconciliación, un camino que deben recorrer no sólo victimarios y víctimas, sino la sociedad entera que con su actitud pasiva de alguna manera ha consentido la violencia. “No sólo somos responsables de nuestros actos y de sus consecuencias, sino también de los actos que no hemos cometido pero cuyas consecuencia heredamos”, dice el filósofo español Manuel Reyes Mate, cuyo pensamiento se ha centrado en la memoria y el reconocimiento de las víctimas, y cuyos libros deberían ser de lectura obligada para aquellos que creen que “mejor dejar así”. Es necesario tener presente el pasado para evitar que se repita. De eso se trata, por ejemplo, la memoria del holocausto judío.

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