Por: Arlene B. Tickner

Cien días de política exterior

Desde el mismo día de su posesión, el presidente Juan Manuel Santos le dio un giro retórico significativo a la política exterior colombiana, que durante tan sólo cien días de gobierno se ha traducido en hechos concretos importantes.

El cambio en el discurso oficial ha girado en torno a cuatro ejes básicos: la construcción de una diplomacia “moderna”, el reestablecimiento de las relaciones con Venezuela y Ecuador; el compromiso con la defensa de los Derechos Humanos; y el ejercicio de un papel protagónico en distintos escenarios mundiales.

Sin lugar a dudas, los mayores resultados se han producido en el tema de los vecinos. En el caso de Venezuela el tiempo ha rendido para dos encuentros entre Santos y Hugo Chávez, la creación y puesta en marcha de cinco comisiones de trabajo, y el inicio de negociaciones para un acuerdo de libre comercio y otro de cooperación antidrogas. Además, la afirmación de los dos mandatarios de que nada ni nadie van a “descarrillar” el proceso ha sido refrendada por una prudencia notable de Santos, frente a la presencia de las Farc en Venezuela y el acuerdo nuclear con Rusia, y de Chávez frente al rol de Estados Unidos en Colombia.

Los logros con Ecuador no han sido menores. A pesar de la decisión de la CIDH de admitir la demanda ecuatoriana por la muerte de un ciudadano suyo durante el bombardeo de Angostura, la reanudación de relaciones diplomáticas ya es un hecho. En buena medida ello ha sido posible por la flexibilización en la posición colombiana frente a “temas sensibles” como la corresponsabilidad frente a los 50.000 refugiados que se encuentran en territorio vecino y la entrega de información concerniente a la ‘Operación Fénix’.

Colombia todavía no reúne credenciales para considerarse líder, aunque es indiscutible que su ingreso al Consejo de Seguridad de la ONU, así como la conducción reciente de su relación con Estados Unidos reflejan un nivel inusual de autoconfianza frente al mundo. Hasta qué punto esta nueva imagen del país se traduzca en mayor relevancia internacional depende, entre otros, de la identificación de objetivos específicos y del desarrollo de estrategias proactivas. Además de definir para qué se quiere estar en el Consejo de Seguridad, debe preverse cómo reaccionar en caso de que asuntos sensibles como los niños soldados y la violencia sexual en los conflictos lleguen a discutirse.

En cuanto a Estados Unidos, la diplomática hibernación del acuerdo sobre las bases ha cumplido el doble propósito de apaciguar el malestar suramericano y replantear los términos de la relación bilateral. Pese a ello, la posición del gobierno Santos sobre temas neurálgicos es ambigua. ¿Es creíble, por ejemplo, exportar el know-how colombiano sobre el narcotráfico a otros países y al mismo tiempo plantear la necesidad de un debate sobre la (no) efectividad de la “guerra contra las drogas”?  En Derechos Humanos se observa una tensión similar, entre avances significativos en la transparencia gubernamental, la restitución de tierras y la reparación a las víctimas, y relativa inercia frente a los “falsos positivos” y crímenes contra activistas y líderes comunitarios.

Queda por verse hasta qué punto la retórica de promover una política exterior moderna —de la cual depende todo lo demás— se convierta en realidad. Por ahora sus primeros 100 días no pintan nada mal.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arlene B. Tickner

Todavía no

Odio, arte y catarsis

Más que una guerra comercial

Frutos sin paz

Silencio cómplice