Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Escalafones

UNA CARACTERÍSTICA DEL MUNDO contemporáneo es que hay escalafones para todo.

Las mejores quinientas universidades, las diez mujeres más glamorosas, los veinte jóvenes más prometedores, los cien intelectuales más influyentes. Una maravillosa página web, Rankopedia, permite votar sobre temas como quién es “el más grande sudamericano de todos los tiempos” (primero Bolívar, segundo Pelé) o cuál es el nombre más raro que se puede encontrar en una novela de Dickens (y sí, hay algunos realmente extraños, como para uno de nuestros futbolistas).

Como la situación colombiana es la que es, la semana pasada nuestros medios de comunicación se metieron de lleno en una sombría versión criolla del deporte de los escalafones: identificar la más terrible tragedia nacional de la historia o —los más cuidadosos— de las últimas décadas. Y, sin excepción que yo haya podido verificar, todo el mundo en la prensa y la televisión concluyó que ha sido la del Palacio de Justicia. El veredicto me parece apresurado. Claro, fue un evento realmente espantoso y destructivo. Pero incluso el lector más olvidadizo tendrá que convenir en que hay muchos otros posibles candidatos. ¿Se acuerdan de la masacre de Mapiripán, una rumba paramilitar de julio de 1997, en la que asesinaron de la manera más horrorosa a muchos, probablemente decenas, de colombianos? Fue un acto de vesania, que contó con la complicidad de nuestras autoridades. ¿O de la travesura de Machuca, del Eln, que terminó con más de ochenta personas quemadas vivas? ¿O del plan pistola de las Farc contra los concejales de los municipios colombianos? Este último probablemente suscitará poco interés, porque en la particular modalidad de catolicismo que predomina en Colombia matar políticos no es pecado.

Tampoco, aparentemente, es asesinar, violar, desmembrar y expropiar a campesinos. Y de pronto es aquí donde se pueda encontrar de verdad la peor tragedia nacional de las últimas décadas. Como pasa con muchos escalafones, si uno va a construir en serio el de las tragedias nacionales tiene que identificar diversos criterios de ordenamiento. Por ejemplo, número de afectados, intensidad de la violencia, implicaciones institucionales, daños indirectos al resto de la sociedad. Desde todos estos puntos de vista, el lance descabellado del Palacio de Justicia resulta abrumador. Aún así, no creo que sea ni de lejos comparable con el desplazamiento de millones de campesinos, sin que nuestro Estado hubiera movido un dedo para impedirlo (a propósito, también nos enteramos en días pasados de que Colombia no es el primer, sino el segundo desplazador del mundo: oh gloria inmarcesible…). Lo asombroso es que ahora “la caverna” —como afirmó el ministro Juan Camilo Restrepo, en una notable columna de prensa que no debería pasar desapercibida— no sólo quiere hacer de cuenta que eso nunca ocurrió, sino legitimar el despojo so capa de derechos adquiridos, y bajo la amenaza de que si no se hace habrá en el país una guerra civil.

Esta catástrofe —la primera en mi propio escalafón— me ha enseñado de la manera más gráfica posible el papel crucial que juegan los medios. Ellos tienen la capacidad de visibilizar o desaparecer a las víctimas. Y me parece que están en un tremendo déficit en términos de mostrarle a nuestra sociedad de manera gráfica, sostenida y veraz el horror que vivió en los últimos años el campo colombiano. Para tener audiencia, el ministro Restrepo necesita de medios que sean capaces de repensar el escalafón de nuestras tragedias.

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2010-11-11T21:57:00-05:00

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