Por: Mauricio García Villegas

¿Naturaleza inclemente?

CUANDO GOZAMOS DE BUENA SALUD creemos que nuestro cuerpo es invencible; pero cuando padecemos una enfermedad o tenemos un accidente, comprendemos que todo lo que somos depende del funcionamiento de unos cuantos órganos, válvulas y huesos que nos mantienen en pie.

Algo parecido sucede con la relación entre las sociedades y la madre naturaleza. Sólo en situaciones de catástrofe, como la que hoy vive Colombia a causa del invierno, somos conscientes de que la naturaleza existe, de lo frágil que es y de que nuestra supervivencia como sociedad depende de ella.

El menosprecio de los colombianos por la naturaleza viene de la Colonia. Para los españoles el éxito de la conquista dependía de su capacidad para someter a las poblaciones aborígenes y para vencer a la naturaleza. Cuando llegó la idea de progreso, en el siglo XIX, lo primordial era doblegar el monte con sus fieras. El hacha, dice el himno antioqueño, es la herencia que nos dejaron los mayores. En Colombia la colonización ha sido más una empresa informal (por no decir ilegal) y desordenada de destrucción de la naturaleza, que una construcción de país y sociedad.

Siempre he creído que lo más valioso de este país es su naturaleza. Por eso, el menosprecio que tenemos los colombianos por ella no tiene justificación. En el campo, justamente allí donde están los colombianos más pobres (los mismos que viven en la tierra que pertenece a los ricos de las ciudades) están nuestras mayores riquezas. Colombia es el sexto país con mayor biodiversidad en el mundo. Es el primero en variedad de pájaros y el segundo en plantas y flores. Si comparamos eso con los méritos que hemos alcanzado como sociedad el contraste es palpable: la democracia colombiana nunca clasifica entre las 70 primeras del mundo; algo parecido sucede con la lucha contra la corrupción; nunca estamos entre los 60 primeros y como si esto fuera poco, nos disputamos los primeros lugares en el ranking de países con mayor tasa de homicidios y con mayor desigualdad social. Así pues, los colombianos no tenemos una sociedad, ni un sistema político, ni una historia particularmente atractiva para el resto del mundo (es más bien lo contrario); pero sí tenemos páramos, ríos, bosques nativos y una fauna que muchos países del mundo quisieran tener. Lo triste es que esto, más allá de despertar un orgullo efímero de publicidad patriotera, no nos importa realmente.

Pero lo paradójico es que nuestro menosprecio por la naturaleza está de alguna manera relacionado con nuestra falta de méritos sociales y políticos. El narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo son fenómenos rurales, alimentados por un Estado que se caracteriza por abandonar su periferia geográfica. En Colombia las instituciones se van desvaneciendo a medida que se alejan de las ciudades y van siendo reemplazadas por actores armados o por intereses privados que nadie controla. Si en las ciudades tenemos una democracia incipiente, en el campo tenemos feudos, tiranías y anarquías consolidadas.

Durante demasiado tiempo hemos dejado lo más valioso de nuestra naturaleza (los páramos, los ríos, los mares, las selvas) en manos de grupos ilegales o de actores sociales legales que nadie controla, entre otras cosas porque están ubicados allí donde el Estado no existe o, si existe, está capturado por los intereses privados.

Así las cosas, no es que hoy la sociedad colombiana esté siendo víctima de una naturaleza inclemente; es todo lo contrario.

 

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