Por: Catalina Ruiz-Navarro

Apoyar el Acuerdo de Paz: una responsabilidad ética

La semana pasada los colombianos nos levantamos con la noticia de que dos de los principales líderes de las Farc y negociadores en el proceso de paz, Iván Márquez y Jesús Santrich, regresaron a las armas. Si pudiéramos ver el proceso de paz de forma desapasionada no sería un video tan desesperanzador: unos pocos hombres viejos y cansados dando un discurso con descripciones bucólicas del paisaje que bien podrían ser los versos de un vallenato. Pero el impacto simbólico del video es muy fuerte, quienes hablan son exnegociadores, dicen que están en la frontera con Venezuela y sabemos que algunas de las disidencias de las Farc, que no entraron al proceso, se esconden en el país vecino, y el video dio pie para que los uribistas y enemigos del proceso de paz (básicamente la misma cosa) aprovecharan para decir que quienes apoyamos el Acuerdo somos ingenuas, que “esos bandoleros nunca van a cambiar”.

Pero pasada la angustia de la última semana, es importante poner las cosas en perspectiva. Según datos de la Fundación Ideas para la Paz, dos años y medio después de la firma del Acuerdo, de 13.049 guerrilleros desmovilizados se han rearmado 1.052, cifra que equivale apenas al 8 %. Según la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), la cifra de rearme es mucho menor: 4 %. También se presume que hay alrededor de 20 bandas disidentes de las Farc que nunca se desmovilizaron y suman unas 2.000 personas. Es decir, lo que queda de la guerrilla de las Farc es poco, pues como bien dice Adam Isacson en The New York Times: si tuvieran un ejército considerable lo mostrarían en el video.

No quiere decir que esto no represente un peligro. Según Ideas para la Paz, también se calcula que hay unas 12.000 personas que hacen parte de grupos armados y violentos en Colombia, entre paracos (de cuyo rearme nadie habla), bacrim y narcotraficantes. Existe la posibilidad, aunque remota, de que estos grupos se organicen. Por otro lado, hay fallas graves del Gobierno en la implementación del Acuerdo, y toda Colombia sabe que no es por trabas burocráticas, es por falta de voluntad. Para que el uribismo se perpetúe en el poder se necesita la guerra. Casi un 60 % de los proyectos de ley que se deben implementar para hacer realidad el Acuerdo ni siquiera han llegado al Congreso. Apenas un 25 % de los y las excombatientes han recibido los $8 millones prometidos para iniciativas productivas que faciliten su reincorporación en la sociedad. La Fuerza Pública no tiene control de los territorios que antes dominaban las Farc y, según la Fundación Paz y Reconciliación, los índices de violencia han aumentado ahora que son tierra de nadie. Lo que esto nos dice es que el Gobierno de Duque-Uribe no está gobernando para las y los desmovilizados, ya que no los considera como parte legítima de la ciudadanía. Y esto es grave, pues el mayor incentivo para volver a las armas no es el video de Márquez y Santrich, sino la desidia sistemática de un Gobierno que está buscando excusas para volver a la guerra.

Ante quienes dicen que el anuncio del rearme de unos cuantos excombatientes es una señal inequívoca del fracaso del Acuerdo hay una respuesta clara: la única postura ética que podemos tomar como ciudadanas y como feministas es apoyar el Acuerdo de Paz. Volver a la guerra no es una opción. No podemos vivir otros 60 años de muerte, con un conflicto interno que no nos ha permitido avanzar en las agendas internacionales de derechos humanos, y mientras en este país no se garanticen los derechos humanos, la gente más jodida seguirá teniendo motivos para unirse a la insurgencia. En esta medida, el apoyo de la ciudadanía no es menor, es necesario y urgente para equilibrar la desidia intencional del Gobierno, pues con el regreso a la guerra ganan un puñado de políticos y terratenientes (que no van a poner los muertos), pero pierde toda Colombia.

@Catalinapordios

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2019-09-05T00:00:20-05:00

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2019-09-05T11:19:41-05:00

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