Por: Esteban Carlos Mejía

¡Ay, quién tuviera 4 pesitos!

FRENTE AL PAREDÓN DE LA REVISTA Semana (3 de mayo de 2008), don Fabio Echeverri Correa le dijo a María Isabel Rueda que Colombia “es un país que ha acumulado excrementos, estiércol, podredumbre”. Por eso es bueno, agregó, que “lo metan a la regadera con una barra de jabón, con estropajo y con cepillo de alambre para que lo limpien” ya que “durante 40 ó 50 años no lo bañaron y echó costra”.

Y  a renglón seguido aseveró que antes de las presidencias de Álvaro Uribe Vélez, “aquí no se podía ir a las fincas, no se podía hacer agricultura y ganadería, ni turismo, ni salir (…) El que tenía cuatro pesos los invertía por fuera”.

Eso sí es hablar con propiedad. Fincas, ganados, viajes, inversiones. Pero ¿quién tiene fincas en este país? ¿Los campesinos de Carimagua? No creo. ¿Los sindicalistas de la CUT? Lo dudo: son pobres de cuna. ¿Los pasajeros que se apretujan mañana, tarde y noche en Transmilenio? ¿Los profesores de primaria? ¿Los paramédicos? ¿Los choferes de bus? ¿Los mototaxistas de Montería y Barrancabermeja? No charle pesado, maestro. Ni ellos ni los empleados de la rama jurisdiccional ni los venteros ambulantes ni los policías ni soldados de la Patria ni los millones de habitantes de esta bodega o ex bodega de excrementos llamada Colombia, tienen fincas. Las haciendas, obvio, son de los hacendados. En Córdoba, los Llanos Orientales, el César. La tierra no es de los campesinos que la trabajan, vana ilusión revanchista, la tierra es de los terratenientes. ¿Y quiénes son los principales terratenientes en este país? Pues, según parece, los mafiosos. Que ahora, según se deduce de lo dicho por don Fabio, ya pueden volver a sus haciendas a hacer lo que siempre han hecho.

¿Y quién tiene cuatro pesos? A ver, ¿quién? ¿Los trabajadores de Coltejer? Todavía no: tal vez más tarde, cuando sean propietarios de más del 60% de una empresa al borde de la quiebra, pues acá es costumbre socializar las pérdidas y privatizar las utilidades ¿Entonces? ¿Los emigrados en Nueva York y Miami que se matan trabajando para poder mandar exiguas remesas a sus casas en Cali o Medellín o Bogotá? ¿O los miles de creyentes en pirámides y ouijas? ¡Ay, ojalá me sobraran 4 pesitos! Los invertiría acá en la Patria, con más gusto que un diablo, y no los sacaría al exterior, como dice don Fabio que había que hacer antes cuando aún no nos habían empezado a restregar con estropajo y jabón de barra. ¡Cuatro pesitos! Tocará conseguirlos.

Porque “el ambiente es hoy de confianza nacional e internacional”. Lo jura y rejura don Fabio, caballero de industria y ex presidente de una de las asociaciones de empresarios más prepotentes de este país: gracias a Álvaro Uribe y su compañía de aseo, reciclaje y limpieza (regadera, jabón, estropajo y cepillo de alambre, ¡eso sí!), Colombia ya no es el albañal de antes, con la inmundicia a flote, sino un paraíso… el paraíso de los que tienen fincas, ganados y cuatro pesitos para invertir. Bendito sea mi Dios.

Rabito de paja: “¿Qué hay en un nombre?” se preguntaba con deleite, en estas misma páginas de opinión, hace ya algunos años, el buenazo de Antonio Panesso Robledo. Por ejemplo, ¿cómo se llama el presidente del Banco Santander de España, acusado por un fiscal de cometer un delito fiscal en la compra de Banesto, uno de sus principales competidores? Emilio Botín. Tal cual: botín, “beneficio que se obtiene de un robo, atraco o estafa” ¿Qué diablos hay en un nombre? Un rabito de paja.

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