Por: Patricia Lara Salive

Carta a Alfonso Cano

RECUERDO LA SEGUNDA Y ÚLTIMA vez que lo vi. Fue en el Caguán, en el 2000. Usted estaba en una casa de la cultura que las Farc había organizado como oficina.

Era la época de la zona de distensión. Yo me había citado ahí con una guerrillera que había quedado de ayudarme a conseguir una entrevista con Raúl Reyes, a quien necesitaba para elaborar un libro que después acabó siendo el de Las Mujeres en la Guerra, porque los hombres de las Farc se negaron a aparecer en un volumen donde también figuraran paramilitares.

– Siga que la esperan–, me dijo la muchacha.

No contaba con encontrármelo. Usted estaba solo, sentado en uno de los dos asientos que había en un salón vacío, vestido con su camuflado y armado hasta los dientes.

–¿Por qué vendió la revista Cambio?–, me preguntó a manera de saludo.

–Porque era muy difícil financiarla–, repuse.

Entonces me dijo que no estaba de acuerdo con algo que yo había escrito en un par de editoriales. Discutimos sobre política, siempre en términos cordiales, y nos despedimos.

La primera vez que lo había visto había sido en Casa Verde, a mediados de los 80, cuando fui con Germán Santamaría a entrevistar a Tirofijo. Usted estaba con él y con Jacobo Arenas. Así como a Marulanda lo percibí como un ser peligroso, capaz de cualquier cosa, desconfiado, distante, que no miraba a los ojos, con quien no sentí que tuviera algo en común, usted me pareció un hombre de ciudad, culto, de buenos modales, con quien era interesante discutir, hablar… Después de ese par de encuentros con usted siempre creí que, si un día llegaba a comandar las Farc, Colombia podría recorrer caminos mejores.

Hoy la muerte de Marulanda lo ha puesto en ese lugar de inmensa responsabilidad. En sus manos está, Alfonso, ayudar a lograr que Colombia ingrese al siglo XXI y transite el sendero que hoy caminan la inmensa mayoría de países de América del Sur, o hacer que sigamos en este mundo de guerra y de odios entrecruzados que sólo beneficia a los extremistas de derecha. En sus manos está, Alfonso, liberar a esos colombianos que llevan años encadenados en la selva y cuya imagen de humillación y sufrimiento le ha hecho a las Farc más daño que cualquier derrota militar, o continuar en ese absurdo punto muerto de insistir en un despeje que no va a producirse. En sus manos está, Alfonso, salir del aislamiento, oír al país e iniciar ya la etapa de la negociación (¿por qué no, por ejemplo, comenzarla con la liberación de los civiles?), o continuar por el camino de la guerra por la guerra y convertirse en el responsable último del desmoronamiento y del final de las Farc. En sus manos está, Alfonso, abrir las puertas para que en Colombia se instaure la paz y en América Latina se consolide un proyecto que beneficie a los pobres, o permitir que las Farc sigan generando dolor y muerte y su existencia les sirva de disculpa a quienes quieren que la izquierda no avance en el continente, para atizar las posibilidades de invasión y de guerra entre vecinos. Finalmente, Alfonso, a sus 59 años, en sus manos está escoger terminar sus días dándole sentido a su lucha y a su vida, o llegar a su hora final llevando a cuestas el doloroso balance de que todo el sufrimiento, la persecución y la muerte padecidos por usted y sus compañeros, y causados por ustedes a tantos colombianos, no sólo hubiera podido evitarse sino que fueron inútiles. En sus manos está, Alfonso...

NOTA: en defensa de la libertad de prensa, y porque conozco su integridad, me solidarizo con Alfredo Molano.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Patricia Lara Salive

Profecía autocumplida

Renuncie, señor fiscal

Así no se trata a un amigo, presidente Duque

Réplica

Preguntas para el presidente y el fiscal