Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El oportunista

DESDE SU REGRESO, EL EX SENADOR Rodrigo Rivera ha dado la sensación de estar caminando en puntillas, como para no perder el equilibrio, pero fracasó en el intento.

Hace unos meses Rivera declaró que por estar recién llegado no se pronunciaría sobre nada, mientras no viera claras las cosas, pero desde entonces se le sintió un tufillo palaciego. Sus primeras declaraciones se parecían a las que recientemente concedió una pintoresca reina de belleza, cuando al ser preguntada sobre si la mujer era complemento del hombre, salió con un risible chorro de babas que divierte a los internautas.

Pues bien, si Rivera honró su promesa de no declarar nada sino cuando todo lo tuviera claro, hay que concluir que con su última salida en la que no tuvo inconveniente en prohijar la segunda reelección del actual mandatario, peló el cobre de su ambición. Y su postura tuvo sabor de respuesta al editorial de El Tiempo, que propuso enterrar la aspiración reeleccionista, coincidencia malhadada que bajó a Rivera del pedestal de líder de un partido a precario mensajero presidencial.

En efecto, según Rivera, quienes están contando los días que faltan para que termine este Gobierno, son enemigos de Colombia. ¡Qué atrevimiento! El curso intensivo de intolerancia con José Obdulio, no sólo le hizo dar una voltereta indigna, sino agredir a muchas personas de bien que no pensamos como él. Qué clase de liberalismo profesa este pereirano conspicuo al calificarnos como enemigos a quienes pensamos que no debe haber otra reelección, menos después de haber presenciado la penosa y vulgar sesión de la Cámara de Representantes en la que se aprobó el tramposo referendo reeleccionista.

Además de insólita es contradictoria la postura calculada de Rivera. Hace apenas dos años, no sólo se opuso a reelegir a Uribe, sino que se sometió a una consulta interna de su partido, que de haberla ganado, le habría disputado al mandatario su aspiración de perpetuarse por otro período en el poder, y por ende a conducir la seguridad democrática. Raro que entonces Rivera no se considerara enemigo de Colombia por enfrentarse a la aspiración reeleccionista del presidente de turno, pero ahora que lo han aquerenciado en la “Casa de Nari” use el lenguaje insultante que allá manejan contra quienes ven el mundo de manera distinta.

Desilusiona que Rivera, otrora profesor de derecho público, se aventure a prohijar una segunda reelección, con el liviano argumento de que la política de seguridad democrática sólo la encarna un hombre providencial. No reflexionó sobre el desequilibrio institucional que esta embustera solución reeleccionista implica para la menoscabada independencia de las altas Cortes, del Banco de la República, de la Comisión de Televisión y del Congreso.

A Rivera dejó de importarle el derecho constitucional y su trascendencia en la estabilidad democrática. Algo malo tiene que estar pasando con nuestros dirigentes, para que a uno de los más destacados, se le ocurra que para sostener la política de seguridad democrática, que puede conducirla otro colombiano, no importe ultrajar la Carta Política, a la cual nos debemos los demócratas.

Mal paso el de Rivera. Lo peor es que los liberales no dejarán de acusarlo de haberse volteado, mientras que los gobiernistas pura sangre, incluido su siniestro contertulio José Obdulio, lo mirarán con la desconfianza que suscitan los traidores.

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Adenda. Que por orden presidencial una comisión de funcionarios se arrodille en la celda donde está David Murcia Guzmán, es una bofetada a la decencia. ¿Por qué le temen o qué es lo que les sabe?

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