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hace 6 horas
Por: Juan Gabriel Vásquez

Los pobres cuentos. ¿Los pobres cuentos? (I)

HACE UNAS SEMANAS COMENTÉ un libro de cuentos de la escritora mexicana Guadalupe Nettel, y en la columna me negaba a hacer lo que se hace tanto (y otras veces he hecho yo mismo) al hablar del cuento: quejarse.

Quejarse de que a los editores no les gusta publicar cuentos porque no se venden; quejarse de que los lectores no leen cuentos porque no se publican; quejarse de que el mundo es injusto con los buenos cuentistas, que muy rara vez tendrán el aprecio numeroso que tiene un novelista de su misma estatura. Luego algunos medios colombianos han puesto el libro de Nettel entre los más destacables del año, y lo han acompañado, con frecuencia, de El viento agitando las cortinas, tres cuentos de Juan Carlos Rodríguez. Así que en algún momento me pareció inevitable preguntar: ¿tienen sentido las quejas?

Sí. No. Qué importa. El cuento como género ha vivido toda su vida en una serie de grandes malentendidos, y lo único cierto, por lo menos desde donde yo veo el tema, es que lamentarse de que no sea un género de masas es como lamentarse de que más gente vaya a cine que a las galerías de fotografía. ¿No es por lo menos paradójico, se preguntan los espíritus preocupados, que tanta gente se queje de que no hay tiempo para leer, y sin embargo las historias de diez o veinte páginas sean menos populares que esos mamotretos de seiscientas, llenos de intrigas pseudocultas y pseudohistóricas? Siendo que los cuentos nacen casi con el ser humano, y en cambio la novela es un producto que apenas tiene unos cuatro o cinco siglos, ¿no deberíamos sentir frente a los primeros una atracción intuitiva?

Lo que decía: una serie de malentendidos. Una cosa son esos cuentos primitivos, que identificamos más con la vieja figura del narrador junto al fuego, que casi siempre tenían temas sobrenaturales y  se acercaban tanto a la fábula o a la leyenda; y otra cosa es el cuento moderno, que nace en algún momento del siglo XIX con Poe, con Hawthorne, con Maupassant, y que comienza, tímidamente, a eliminar la moraleja infantil y la fantasía gratuita, a tener la conciencia de ser un género literario con reglas propias y con valor artístico. En lengua inglesa, lo primero se llama “tale” y lo segundo, “short story”. En español sólo tenemos una palabra: cuento. Y por eso, en parte, la confusión. Alguna vez le dije a una amiga, lectora más bien mala, que estaba escribiendo un libro de cuentos. “Qué lindo”, me dijo. “No sabía que te gustaran tanto los niños”. Pues eso.

El segundo malentendido está en creer que los cuentos y las novelas sólo se distinguen por cuestiones de tamaño, así que quien disfruta una novela de seiscientas páginas debería disfrutar cien cuentos de seis páginas. Nada más falso, claro: el cuento moderno, el que viene de Chéjov o de Kafka (por hablar de las dos grandes familias), es tan distinto de la novela como la poesía de la épica. Es más: uno lee un cuento de Chéjov, digamos “La dama del perrito”, y siente que hay mucha más afinidad con un buen poema de Pushkin que con una novela de Tolstoi. El cuento quiere producir esa sensación de densidad y de precisión que tiene un poema; la novela procede por acumulación, y necesita escenas superfluas y una cierta relajación general para llegar adonde quiere. ¿Cómo leer los dos géneros con las mismas expectativas?

 

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