Por: Juan Gabriel Vásquez

Los pobres cuentos. ¿Los pobres cuentos? (II)

LA SEMANA PASADA TERMINÉ HAblando, o más bien sugiriendo, las diferencias monstruosas que hay entre la novela y el cuento, y el error mayúsculo que cometen quienes piensan que la cosa se reduce a un problema de tamaño. La verdad es que el malentendido tiene su justificación: una de las frases más repetidas en las academias de literatura, por lo menos según lo que he visto, es la que dice que el cuento es una novela depurada de ripios. Uno coge una novela, le quita todo lo que le sobra, y ya está: le queda un cuento.

Yo oigo esto y me acuerdo de lo que le dice Mozart al rey cuando el rey le sugiere cortarle algunas notas a una de sus óperas: “¿Cuáles notas tenía en mente, majestad?”.

Pues no. Ni un cuento es una novela sin grasa, ni una novela es un cuento puesto a engordar: quienes tienen esta concepción de los géneros suelen ignorar el siglo y medio de reflexiones que, precisamente para tratar de averiguar qué carajo están haciendo, han producido los propios cuentistas. Porque una de las cosas curiosas que tiene el cuento es esa compulsión de los cuentistas a teorizar sobre su arte. Poe fue el primero en tratar de definir las condiciones de ese nuevo aparato: debía leerse de una sentada, debía tener un cierto “efecto de unidad”. En las cartas de Chéjov hay todo un manual de instrucciones sobre cómo escribir cuentos, y lo mismo en las anécdotas sobre Isaac Babel. Joyce revolucionó la práctica del género cuando desarrolló, en Dublineses, la idea de epifanía: articular toda la historia alrededor de una pequeña revelación que tiene el personaje. Pocos años después, Horacio Quiroga escribió un Decálogo del perfecto cuentista, y tal vez no calculó que ese texto irónico fuera a ser tomado tan en serio.

En fin: lo que quiero decir es que los cuentistas modernos están muy conscientes de trabajar con herramientas e intenciones distintas de las de un novelista, y los lectores habituales de cuentos lo están también. Hagan ustedes su lista de grandes cuentos y compruébenlo. En la mía están Los asesinos, de Hemingway; Los muertos, de Joyce, y El infierno tan temido, de Onetti; y nadie en su sano juicio leería esos cuentos esperando una experiencia estética o humana igual a la que se tiene leyendo El astillero, de Onetti, Retrato del artista adolescente, de Joyce, o Adiós a las armas, de Hemingway. Esto parece evidente, pero no lo es: muchos lectores de novela siguen llegando al cuento esperando sentir lo mismo pero en menos páginas; cuando eso no sucede, se sienten decepcionados. A lo largo del siglo XX, esas decepciones han alejado al lector promedio de un género que es exigente, sí, pero cuyas satisfacciones, para quien sepa leerlo, son proporcionales a esa exigencia.

He estado pensando en esto últimamente porque, si el periodismo cultural tiene algo de lógica, durante el año que viene oiremos hablar mucho de cuentos y cuentistas. En 2009 se cumplirán 200 años del nacimiento de Poe, 100 del de Onetti y 25 años de la muerte de Cortázar, y ya se empiezan a programar varias de esas conmemoraciones que a veces son absurdas, pero a veces son el pretexto perfecto para volver a un autor. En este caso, espero yo, los lectores volverán (o llegarán por primera vez) a un género que, dada su riqueza, no debería ser tan minoritario como es. A ver si es así.

 

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