Por: Julio César Londoño

Dios dijo: “Sea Poe” ¡Y fue la luz!

TODO EL MUNDO SABE QUE EDGAR Allan Poe tiene por los menos tres entradas importantes en los manuales de literatura, pero muy pocos saben que también figura en la historia de la ciencia.

Sus méritos literarios son conocidos: es uno de los padres del cuento moderno, junto con Hawthorne, Balzac y Merimée; inventó el cuento policiaco, esa geometría del crimen, y pulsó como nadie las notas de las partituras del cuento de horror. Pero hay dos aportes suyos enormes y casi secretos: Poe descubrió un elemento clave de la literatura, el lector, e inauguró el género más difícil, reciente y necesario, la crítica literaria.

Aunque parezca increíble, durante dos mil años los autores de poética y preceptiva ignoraron al lector. Hubo que esperar al borracho de Boston para que alguien escribiera que el poema no debería de tener más de cien versos con el fin de que pudiera ser leído de una sentada y no se perdiera la “unidad de efecto”. Es un precepto arbitrario, claro, pero lo importante es que quita el foco del ombligo del autor y lo pone sobre el lector. También dijo que la tensión era el elemento esencial del cuento y que todas las palabras, desde la primera frase, debían mirar en una misma y tensa dirección. Es decir, sin ripios, digresiones ni flojedades. Después de Poe fue claro que la literatura es una máquina de fascinar al otro, al lector.

La crítica literaria también comienza con él. Antes, la “crítica” se ocupaba de todo excepto de literatura: eran discusiones  éticas en Atenas, teológicas en los círculos del infierno, sobre historia en el alcázar del Cid, cotilleos en la corte de Weimar y monsergas morales en todas partes. Poe introdujo lo técnico y fue el primero en analizar las obras desde un punto de vista puramente literario.

Pero lo que pocos saben es que fue también un estudioso de la astronomía y el primero en resolver un viejo problema: ¿por qué es negra la noche? Bueno, en realidad la pregunta es nueva, se la planteó por primera vez Kepler (siglo XVI), quien fue también el primero en escribir que la noche es cónica, puesto que es la sombra de una esfera. ¿Cómo pueden las tinieblas de este conito borrar la luz de miles de estrellas?, se preguntó durante toda su vida el hombre que resolvió los más intrincados problemas de la mecánica celeste, pero murió con esa espina.

El problema lo abordó inmediatamente un tal Isaac Newton. El inglés se estrujó el magín durante mil y una noches y llegó a la conclusión de que el brillo de los innumerables soles se diluía en el espacio infinito, en la negrura del vacío y en la materia opaca. Su teoría rigió por más de dos siglos hasta que Einstein descubrió que el universo era curvo y finito, y sepultó las conjeturas de Newton.

El físico y astrónomo alemán Heinrich Olbers abordó el problema hacia 1820 y sugirió que el espacio sideral estaba lleno de nubes interestelares que interceptaban buena parte de la luz de las estrellas produciéndose así la oscuridad nocturna. Aunque parcialmente cierta, la explicación no es consistente porque entonces las nubes interestelares se calentarían hasta volverse incandescentes e iluminarían la noche como un billón de soles.

Entonces Dios dijo: “Sea Poe”, ¡y fue la luz! “Las últimas estrellas están tan lejos —escribió Poe— que sus rayos aún no han llegado hasta nosotros”. Esta es la explicación que aceptan hoy los textos de astronomía.

De alguna manera su genio intuyó que el universo no era infinitamente viejo, y que era su misma juventud la responsable de la oscuridad de la noche. Poe comprendió, en las noches de Baltimore y entre las nebulosas del alcohol, que lo que se ofrecía ante sus ojos era sólo una antiquísima foto del firmamento.

 

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