Por: Reinaldo Spitaletta

De terroristas y lambones

EL CONFLICTO INTERNO ARMADO de Colombia, con más de cincuenta años, y que ha sufrido toda clase de degeneraciones, sólo puede tener una salida política negociada.

En estos días de liberaciones de secuestrados, de declaraciones contradictorias del Gobierno, de debates acerca de si las Farc le sirven a Uribe y de si el Presidente le saca partido a la existencia de éstas (que él llama “la Far”), de si unas y otro se necesitan, en fin, quedó en evidencia una serie de riesgos que tiene el periodismo en este país de desgracias sin cuento.

Digamos que, desde la perspectiva del poder, se requiere un periodismo que sea dócil, que no cuestione, que no incluya entre sus facultades el arte de sospechar. Se supo, pese a una suma de encubrimientos, que las liberaciones de los secuestrados estuvieron en peligro. ¿Por qué si existía un pacto para que no hubiese sobrevuelo de aviones militares en el área de la liberación, se incumplió? ¿Por qué los negó el Comisionado? ¿Por qué Mindefensa los reconoció a regañadientes? ¿Por qué el general Padilla dijo que eran “vuelos humanitarios”?

¿Qué hubiera pasado, por ejemplo, si el periodista Jorge Botero, no suelta la información acerca de los sobrevuelos? ¿De cuándo acá las misiones humanitarias son monitoreadas por los militares? El proceso de liberación de la semana pasada mostró una serie de contradicciones dentro del Gobierno, pero a su vez, una sucesión de puntadas (¿sin dedal?) del presidente Uribe, que después de hacer su espectáculo con los tres policías y el soldado liberados, desautorizó a Piedad Córdoba y sus acompañantes para continuar como facilitadores.

Más adelante, reculó. Pero ya había emitido un sartal de juicios temerarios contra los periodistas Jorge Botero y Hollman Morris, a los que llamó, sin pruebas y sin haber sido publicados sus reportajes, “publicistas del terrorismo” y de estar haciendo una “fiesta terrorista”. Mientras tanto, el Comisionado decía que no se iban a permitir periodistas en el aeropuerto de Villavicencio en la llegada de Alan Jara. Parece que para el Gobierno, informar era caer en el “espectáculo periodístico”.

Las acusaciones contra los dos comunicadores, que, en general, no recibieron cuestionamientos de otros periodistas cuando el presidente las anunciaba, son de extrema gravedad, en un país en el cual, por menos, se han tenido que volar periodistas, cuando no es que han caído bajo el fuego de la barbarie. Es fácil para un mandatario colgarles lápidas a sus oponentes, cuando ya está instalada la cultura de que nadie puede contradecir, porque es sospechoso de terrorismo, de ser apátrida o guerrillero de civil.

Después, el Presidente lanzó misiles contra “aquellos que defienden a las Farc hablando de paz”, al advertir que hay “un bloque de intelectuales de las Farc”, en una actitud que, además de peligrosa para los que hablen de paz o estén contra la guerra, abona la intransigencia. Vuelve y juega el macartismo. No se admite la disidencia. Todo el que esté contra él —o a favor del acuerdo humanitario o de la búsqueda de la paz— puede ser de “la Far”. A propósito: esa guerrilla ya debería saber que sus métodos abominables, como el secuestro, son, además de un crimen, un fracaso.

Volvamos al tema del periodismo. Se sabe que al Presidente le encantan aquellos periodistas (y medios) lambones, los que se hincan ante su majestad, los que le sirven a su “show mediático”, los que jamás hacen una pregunta incómoda, los que han trocado su independencia y dignidad por un plato de lentejas, por una embajada, por algún oropel. Por un espejismo. Le fascinan aquellos que, traicionando al periodismo, se tornaron en sus propagandistas. Los demás —¡cuidado!— son publicistas del terrorismo.

El poder sabe que a aquellos que no puede cooptar, entonces vale la pena intimidarlos. O injuriarlos.

 

 

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